
“La simulación ante la constituyente” por Jorge Mañach en la Revista Bohemia de enero 1940. El día que se escriba desapasionadamente la historia de estos últimos años de provisionalidad que en Cuba hemos venido viviendo, es probable que los historiadores convengan en que el signo característico de esta época, el rasgo que más visiblemente la defina en lo oficial es precisamente el menos definido de todos: el equívoco, la mixtificación.
Esta última palabra no existe todavía en el diccionario de la lengua, y yo no sé de ningún otro vocablo que pudiera emplearse propiamente en igual sentido: en su sentido de embrollo y engaño. Es una palabra hija de nuestro tiempo. No del tiempo cubano, que es muy poquita cosa para acuñar expresiones internacionales, sino de todo el tiempo que universalmente se ha estado viviendo desde la Gran Guerra para acá.
La Gran Guerra lo confundió todo, lo falseó todo. Se hizo en nombre de la democracia y dió de sí el abuso plutocrático y el delirio totalitario. Dijo aspirar a la libre determinación de los pueblos, y nunca estuvieron pueblos y naciones más cohibidos o secuestrados que ahora. Quiso borrar del haz de la tierra el germen de nuevos conflictos, y todo el mundo ha sido un conflicto desde entonces.
Aquellas palabras, aquellos conceptos que tenían para el Siglo XIX un sentido claro, definido, emanado de ciertos principios universales, palabras tales como “libertad”, “justicia”, “derecho”, “voluntad popular”, etc., después de la guerra se han venido empleando con tantos y tan arbitrarios intentos que es ya usual el que dos hombres de nuestro tiempo estén hablando el mismo lenguaje y queriendo decir, sin embargo, cosas diametralmente distintas.
Lo de menos sería, empero, que tuviésemos sólo trastrocadas las palabras. Lo grave es que andan ya confundidas también las intenciones, los valores y modos de conducta pública. Hoy día se pretende iluminar pueblos encegueciéndolos. Se habla de ennoblecer la vida humana destruyendo vidas con frialdad metódica. Se finge liberar naciones destrozándolas desde el aire. Se firman tratados para que conste lo que no se ha de cumplir.
Se hacen guerras sin declararlas. Los principios se traicionan en nombre de las tácticas, es decir, de los medios mismos por los cuales se pretende realizarlos. El idealismo compadrea con la vil codicia, y se le da al mundo gobernantes que blasonan de democracia y se llaman a sí mismos servidores del pueblo, mientras el pueblo queda reducido a rebaño y servido con todo género de abusos y violencias.
Esta es la gran mixtificación de toda la época. Recuerdo haberle oído decir al gran Varona poco ántes de morir: “El mundo ya no se entiende”.
Si nuestro sabio hubiera vivido un poco más y hubiera podido contemplar el espectáculo de su propia isla, se habría quedado aún más desconcertado. No había razón alguna porque en Cuba nos salvásemos de ese vasto confusionismo que la gran mentira de la Guerra desató por el mundo; pero cabía tal vez esperar que nosotros, pueblo pequeño y sin mayores problemas, no hiciéramos la gracia de extremarlo, llevando el equívoco, como lo hemos llevado, a un límite inconcebible.
Esta gracia se inició en Cuba con el barajamiento de lo militar y de lo civil. Desde entonces, todo anda en Cuba no propiamente subvertido, sino más bien confundido, revuelto, desbarajustado.
Si hubiera tiempo para ello intentaría pormenorizar esto; pero sé que no es necesario. Lo que importa notar es que este “rebumbio”, para decirlo en criollo, que ha sido toda la vida pública cubana en los últimos años, no obedece, como se quisiera hacer creer, al desquiciamiento y mudanzas inevitables que todo proceso revolucionario trae consigo, sino precisamente a todo lo contrario: al propósito de ahogar la revolución sin aparentarlo.
Se debe principalmente el confusionismo a un proceso deliberado de simulación: al hecho de que, frustrado tempranamente el intento revolucionario, se ha persistido en ostentar jefaturas de una revolución difunta, se ha seguido hablando desde el poder el lenguaje de la revolución, se ha continuado haciendo los gestos y tomando las actitudes que sólo una genuina voluntad revolucionaria hubiera podido autorizar.
Pero mientras se mantenían los ademanes y la retórica de la revolución, lo que en rigor se ha hecho en Cuba en los últimos años es restablecer todo aquello que la revolución intentó suprimir, e impedir por todas las vías todo lo que la revolución hubiera querido hacer.
Lo que la revolución quiso con más vehemencia, pudiéramos decir lo único que fundamentalmente quiso, fué renovar las condiciones básicas de vida del país. Éramos una república desmedrada por la falta de una economía propia, por la ausencia consiguiente de una ciudadanía altiva y creadora, por la carencia, también derivada, de un personal político honesto y por la inexistencia o ineficacia de instituciones públicas que obligaran al Estado y a sus agentes políticos a servir a la Nación, y no a vivir de ella.
Quiso la revolución remediar todo eso, que se traducía cotidianamente en hambre, injusticia, descoco y angustia del pueblo cubano. Quiso remediarlo, y comprendió que, para hacerlo de un modo autorizado, estable, era menester convenir democráticamente en un orden constitucional nuevo, en un nuevo sistema de derechos y de deberes públicos que estuvieran por encima de la voluntad de cualquier cubano o grupo de cubanos.
No pretensión, que percibiera —a despecho de la intimidación y de la mordaza— el clamor popular por una Asamblea Constituyente, para que se dispusiese a escucharlo y a satisfacerlo siquiera con la promesa. Pero aún entonces se continuaba hablando del Plan Trienal;
Y la gente se preguntaba cómo sería posible atar aquellas dos moscas por el rabo: cómo se podía creer en la promesa de una Constitución cuando al mismo tiempo se hablaba de crear ejecutivamente (que a tanto equivalía el control absoluto del Congreso), instituciones y condiciones públicas propias del fuero constitucional.
Lo que en realidad sucedía es que se estaba fingiendo un propósito constituyentista inexistente. Lo que de veras se quería era un continuismo personal, no una continuidad jurídica. Lo que en suma se buscaba era ganarle favor popular al continuismo, halagando con una obra de creación social, el anhelo renovador del pueblo. En todo se pensaba menos en la Constitución. Si se pensaba en ella era para aplazar más y más la celebración de la Asamblea.
La Constitución era una amenaza, porque significaba la despersonalización del régimen, significaba la subordinación a la ley, significaba el poner la autoridad en su lugar, significaba que la renovación se la diese a si mismo el pueblo, y no un representante arbitrario de él.
Por lo mismo, sin embargo, el pueblo la quería cada vez con mas ahinco. Al revolucionarismo improvisado y personalista, el pueblo contestaba incansable pidiendo una Asamblea Constituyente. No había, pues, sino dos alternativas: O denegar la Constitución de un modo categórico o definitivo, o tratar de dominar la hechura de ella.
Batista no se atrevió a lo primero. Optó por hacerse una Constitución a su gusto y medida, es decir, una Constitución que, de alguna milagrosa manera, satisfaciese la demanda popular de renovación, pero asegurando el continuismo de Batista.
Y entonces vino el viraje hacia la democracia; vino el enamoramiento de los partidos tradicionales, vino la rehabilitación del machadismo disperso, vino el reconocimiento del comunismo y su exaltación al primer plano de la vida pública. (El comunismo era un solterón desesperado, que quería casarse de todos modos con la Legitimidad, por fea que fuese).
Lo demás está todo muy fresco. Por un exceso, más que de pureza, de fe en el triunfo fácil y de apatía en las filas hacia puestos efímeros, Batista y sus compadres perdieron las elecciones a la Constituyente. La posibilidad de un continuismo por vía constitucional se vió así inesperadamente frustrada.
¿Qué hacer? Ahogar de nuevo la esperanza constituyentista, reforzada en unos comicios accidentalmente puros, era imposible. Renunciar al continuismo Sería demasiada abnegación patriótica. No quedaba sino una solución intermedia: poner a Batista a salvo, siquiera por cuatro años, de la constitución inevitable.
Y a esta solución se fué por un proceso de tres momentos:
- El Coronel renuncia al Ejército y se viste de paisano, aunque siga utilizando la Reserva Militar
- Se hacen las elecciones antes de que la Constitución nueva pueda condicionarlas, para lo cual venia muy bien el estrecho margen que un Congreso servicial habia venido dejando entre uno y otro proceso.
- Si es necesario, sin embargo, se apelaría a todos los recursos para demorar aun más la constitución de la Asamblea.
Como se ve, un proceso típico, un proceso equivoco en todos sus momentos.
Este programa se ha venido cumpliendo al pie de la letra. Contra él se han levantado los partidos de la Oposición, es decir, de la Mayoría. Estos partidos, de tan varios antecedentes, se han juntado en nombre de una sola cosa: la juridicidad; y frente a una sola cosa: la prórroga del provisionalismo. Quieren la renovación de la vida pública cubana, pero insisten en que el poder para ello nazca constitucionalmente.
No tienen predisposición alguna contra nadie ni nada en particular, como no sea contra esa ausencia de normas objetivas y estables en que hemos venido viviendo.
La presidencia de Batista como resultado de unas elecciones regidas por la Constitución, les parece una perspectiva equívoca, y por tanto ingrata, pero siquiera legítima. El intento contrario de superponer las nuevas normas a las magistraturas ya provistas, lo denuncian como ilógico, insensato y probablemente inhacedero, porque las nuevas normas pueden estar en conflicto con las tradicionales en que las elecciones se hubieran basado. Por eso los partidos de la Oposición piden: Constituyente primero, elecciones después.
Frente a esa demanda, asistida de la lógica más elemental, la Coalición arguye que el no celebrar elecciones de inmediato obligaría a proveer provisionalmente los mandatos que se vencen en abril. Contesta la Oposición que esos mandatos se pueden extender hasta un discreto momento constitucional futuro, en que todos los mandatos se den a la vez por terminados.
Surgen aquí las protestas de los congresistas de período largo, que se oponen a que se les mutile su disfrute. Y toda la resistencia de la Coalición se resume en dos invectivas: se tacha a la Oposición de prorroguista por un lado, y de conculcadora del derecho de representación por otro. El equívoco hasta en la recriminación.
Lo cierto es que no hay prórroga vituperable más que la antidemocrática. Cuando los delegados debidamente electos del pueblo, a fin de viabilizar un período interconstitucional, extienden mandatos representativos, están ejerciendo un poder constituyente que el pueblo les dió. Esa prórroga es un estado de derecho.
¿Qué escrúpulos sinceros pueden tener frente a ella los partidos que durante años han estado tolerando con tanto beneplácito la provisionalidad de todos los poderes y que ahora mismo abogan por unas elecciones sin Constitución?
Ni se conculca el derecho de representación al acortar los otros mandatos. Con posterioridad a la delegación legislativa, el pueblo ha hecho una delegación constituyente. Si la función de legislar está subordinada a la Constitución, el mandato para legislar lo está al mandato para constituir. Al elegir delegados a una Asamblea Constituyente, el pueblo de hecho ha revocado de un modo implícito todo lo que se oponga a la vigencia de la Constitución desde el momento en que ésta se halle promulgada.
Todo esto es claro como la luz del día; pero lo oscurecen los apetitos; lo oscurece el ambiente de simulación en que vivimos. La prensa que forma parte de este simulacro se deshace en pucheros y jeremiadas ante “la grave crisis política”, pero no se le ocurre poner en claro los términos del problema; antes al contrario: hace todo lo posible por confundirlo, atribuyéndole a la Oposición precisamente todos aquellos pecados de prorroguismo, de falseamiento democrático, de manipulación constituyentista y de codicia electoral que más abruman la conciencia contraria.
Se habla de nuestra terquedad: pero hay que distinguir entre terquedad e intransigencia, como se distingue entre apetitos e ideales. Hay ciertos intereses públicos sobre los cuales no es lícito transigir cuando anda de por medio la fatiga, la zozobra, el dolor histórico y la esperanza anhelante de todo un pueblo.
Al pueblo no le importa mucho tal vez que el futuro presidente de la República sea éste o aquél. Lo que sí le importa es que acabe de haber de nuevo en Cuba un régimen estable; que ese régimen comprenda las normas para una acción política fecunda y para una responsabilización de los gobernantes: y que los mandatarios elegidos en los próximos comicios, sean quienes sean, sepan previamente a qué normas han de atenerse, qué deberes de gobernantes han de cumplir, a qué aspiraciones nacionales tienen que responder.
El pueblo cubano quiere que se renueven sus condiciones de vida, pero no quiere otorgar a nadie, en comicios sin Constitución, el arbitrio para renovar a su gusto, sino sujetar toda renovación futura a la pauta constitucional previamente aceptada por las aspirantes al poder. El pueblo quiere suscribir un contrato, no un cheque en blanco.
Ante este conflicto entre la terquedad continuista y la intransigencia innovadora, si el más alto representante oficial de la Nación no lo decide, el pueblo mismo tendrá que decidirlo. Y el pueblo constituyó ya su vocero el 15 de noviembre. La Asamblea es la voz del pueblo. La Asamblea decidirá.
Bibliografía
- Mañach, Jorge. “La simulación ante la constituyente.” En Revista Bohemia. Año 32, núm. 4, La Habana: 28 de enero de 1940, pp. 21, 68, 69, 71.
- Mañach Robato, J. (1924, feb.) Los Minoristas Sabáticos escuchan al gran Titta. Revista Social, pp. 23, 47, 77.
Deja una respuesta