
El caballo blanco sin cabeza una leyenda Villaclareña de Manuel García Garófalo Mesa. Cerca de media noche era cuando la vibrante voz del centinela daba el alto, que el eco repetía, rompiendo con su violencia la solemnidad de la noche: tras el alto, sonó un disparo y la alarma cundió en el cuartel y en toda la barriada. El jefe de puesto encontró en el suelo al centinela.
Cerca de media noche era, cuando en vertiginosa carrera acercábase al cuartel un caballo blanco, sin cabeza y sin jinete, que corría iluminado con el fuego que brotaba al chocar sus cascos con las piedras de la calle.
Aquella visión era el caballo blanco de Cristóbal, que le cortó la cabeza un jueves santo y, que, salía todos los jueves, por la noche, del viejo cuartel de Lepanto, recorriendo varias calles, desapareciendo frente al templo Parroquial, al contemplar la Cruz, que desde lo alto del campanario quiere escalar el cielo.
Era Cristóbal un pobre labrador a quien las decepciones de la vida, la falta de fé para creer y amar a Dios, le hicieron pecar gravemente el Jueves santo, y entonces concibió la idea macabra de cortarle a su hermoso caballo blanco la cabeza, para obtener el perdón de sus pecados, según pudo concebir su mente loca. Era un sacrificio el privar de vida al animal, al cual quería y del cual beneficiábase para el trabajo.
Tras larga duda, sin más testigos que la soledad de la noche y el rielar de las estrellas, sobre un manso riachuelo que circunda la ciudad, ejecutó su obra, consumó el sacrificio tras una hondonada que existe próxima al cuartel de Lepanto, e inmoló para pagar sus culpas, a su pobre bestia, que en el instante de recibir sobre su cabeza el golpe fatal del hacha, corrió, rompiendo ligaduras y en acelerador galope, dirigióse a la ciudad, produciendo infernal ruido, mientras que el cuerpo de Cristóbal yacía sin vida…
Y, desde entonces, el caballo blanco sin cabeza, es el terror de los que esperan acobardados la media noche del jueves, para oírlo pasar, con el ruido sobrehumano que producen sus cascos al chocar las piedras de las calles y que el eco repite, como himno de dolor.
Tal es la vieja leyenda del caballo blanco sin cabeza, que las noches del jueves, recorre derramando fuego y sembrando miedo, las calles de la tranquila ciudad del Bélico, inspirando terror en aquellas almas pobres, pecadoras, faltas de fe para caer y de amor para adorar á Dios sobre todas las cosas.
Manuel García Garófalo Mesa.
La anterior leyenda que titulaba simplemente “Leyenda Villaclareña” se publicó en un número del Diario de la Marina correspondiente a diciembre de 1912. Una versión posterior que es “El caballo blanco sin cabeza” se dará a conocer en el libro “Leyendas y tradiciones villaclareñas” de 1925. En ambas ocasiones firma el señor García Garófalo Mesa (N. del E.).
El Caballo Blanco sin Cabeza una leyenda Villaclareña
Era una tarde, en que la brisa embriagaba el éter con sus efluvios, y el río corría bordando en su giro, mullido lecho esmeraldino y las olas deshacíanse contra las viejas piedras… La tarde era preciosa. El sol ocultábase lentamente tras las lomas color bermejo, en la sierra lejana con un adiós purpúreo…
Aquel silencio solemne y grave, aquel místico arrobamiento de una intensa quietud, fué interrumpido por el toque enérgico de una corneta anunciadora del relevo de las guardias en el cuartel. Los soldados marchaban, desde el patio, hasta el Cuerpo de la Guardia, relevándose los centinelas. El Sargento Mayor, pasó la lista de ordenanza y otro toque de la corneta, anunciando la salida y sobre la ciudad echóse un numeroso contingente de soldados, de paseo.
Reinó silencio. El cuartel quedó solitario, y solo las guardias discurrían y cruzaban, como sombras por los amplios corredores, cambiándose el alerta de ritual. La luna, desde lo alto derramaba su luz blanca y mística, sobre la ciudad, y las estrellas brillaban en el sin fin de los cielos…
“El Cuartel de Lepanto” álzase sobre la cumbre de una meseta, dominando un valle, cerca del Capiro, y casi junto al río que lame con sus aguas cristalinas, sus fosos. Es un edificio de dos pisos, construido de piedra y ladrillo, con el frente al Oeste y con los pabellones dentro de sus muros. Altos ventanales que miran a la ciudad y al campo, destacándose su mole amarilla y blanca, en la penumbra de la noche…
En alta noche, cuando la ciudad toda entrégase al sueño y al reposo, y las horas monótonas sucédense con ritmos de tristeza y las campanadas del reloj de la vieja Iglesia sonaban a lo lejos con una claridad dulcísima, y las estrellas y la luna vagaban errantes por el cielo y el canto lánguido del sereno anunciaba las horas, cruza por las desiertas calles de la ciudad, un caballo blanco sin cabeza, centauro que corría al galope, cuyos cascos veloces resonaban sobre el pavimento y el eco repetía quejumbrosamente…
“El caballo blanco sin cabeza”, hermoso y gentil, de larga cola, que bajo sus cascos hacía estremecer de miedo a los vecinos de toda una barriada, que cerraban sus casas, y las mujeres y algunos hombres creyentes rezaban y la oración fervorosa se elevaba al cielo.
“El caballo blanco sin cabeza” salía todos los viernes, haciendo su recorrido que año tras año viene haciendo, y una noche, sin luna, en que el viento silbaba lúgubremente, y apagaba el mechero de gas, que ardía débilmente, en la farola de la esquina, un centinela del “Cuartel de la Guardia Civil”, situado en la calle de Cuba, le dió el alto, creyendo fuera un jinete, el caballo se aproximaba y al ver el soldado que no respondía nadie, disparó su arma.
“El caballo blanco sin cabeza” siguió su marcha y el centinela fué recogido del suelo en estado febril y espantado contaba lo que había visto…
Fué una vez, que un pobre labrador, cuya estancia, situada tras del “Cuartel de Lepanto” sufrió el ultraje del adulterio y dió muerte a los dos culpables, en el mismo y propio lecho de su deshonra…
Condenado que fué a la horca, pagó con su vida el crimen de la honra, у desde entonces, años hace, en las noches de todos los viernes, después de las doce, un “caballo blanco sin cabeza” sale desde el fondo del “Cuartel de Lepanto”, y en veloz carrera , recorre las calles, de Colón, Caridad y Cuba, aterrorizando a los vecinos y llevando el miedo a todos los hogares, hasta llegar frente a la » Puerta del Perdón» de la Iglesia Parroquial, donde desaparece, como una visión…!
Incrédulos vecinos han aguardado la hora en que pasa el “caballo blanco sin cabeza”, para convencerse de si es cierto o es una ficción, y el sueño más profundo los ha rendido, despertándose cuando el ruido de los cascos del “caballo blanco sin cabeza” resuenan, en el silencio grave y solemne de la noche tranquila…!
Han pasado algunos años. Era yo un niño y escuchaba atónito y asustado, al calor del regazo materno, la narración que de este hecho tradicional, hacía mi padre, y, hoy un hombre con algunas canas entre mis cabellos, con un poco de tristeza en el alma, cuento a mis lectores la leyenda del “Caballo blanco sin cabeza”
Bibliografía y notas
- García Garófalo Mesa, Manuel. “Leyenda Villaclareña”. Diario de La Marina. Año LXXIII, núm. 309, 29 de diciembre 1912, p. 16
- García Garófalo Mesa, Manuel. Leyendas y tradiciones villaclareñas. Librería La Nacional, 1925, pp. 19-23.
- Historias y leyendas de Cuba
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