
En la conjunción de las céntricas calles de Santa Cruz y Santa Isabel, se alzó el edificio cómodo y amplio donde radicaba una de las más populares instituciones de la ciudad de Cienfuegos: la Droguería y Farmacia “La Purísima”, fundada hacia 1869, por el doctor Juan Fermín Figueroa.
Esta casa fue sin duda, una de las de más arraigo y crédito en la población, no tan sólo por su antigüedad—signo de auge— sino por su instalación, su excelencia, su inmensa reputación que la colocaban, no tan sólo como entidad mercantil, sino como un centro científico, a la cabeza de los establecimientos de su género, rivalizando con las principales de Cuba, inclusive las mejores de la capital, a las que nada tenía que envidiar.
La casa “Taquechel” de la Habana, adquirió la propiedad de “La Purísima”, cedida por el doctor Figueroa y hermano, convencida la popular droguería capitalina que hacía un buen negocio, como los hechos, con irrefutable elocuencia, lo demostraron.
Naturalmente que “La Purísima” fué, entonces, transformada, recibiendo el concurso poderoso de la casa del doctor Taquechel, con lo cual adquirió las proporciones colosales que disfrutaba en 1919.
Un magnífico Laboratorio, montado a gran altura, se hallaba anexo a la droguería y farmacia, servido por escogido personal, cuya aptitud es notoria para los trabajos químicos, haciéndose allí toda clase de análisis y preparaciones, bajo la dirección del ilustrado doctor Guillermo Pérez Peña, jefe facultativo de la gran casa.
Con acierto insuperable, su gerencia fue confiada a una personalidad muy distinguida y estimada en Cienfuegos: el señor Federico Castellanos, a quien hay que señalar como uno de esos hombres nacidos
especialmente para dirigir vastas empresas económicas.

Federico Castellanos era hombre de inteligencia clarísima, experiencia profunda, carácter firme, enérgico pero, a la vez, amable y bondadoso, siendo, en una palabra, la piedra angular sobre la cual descansaba el edificio inmenso de la afamada droguería y farmacia predilecta de la población cienfueguera, y de las de los alrededores.
Era natural que una entidad como esta no limitase sus actividades, sino por el contrario ensanchase su campo de acción, extendiéndose por las demás villas.
Deseosos de ofrecer unas notas informativas acerca de “La Purísima”, se visitó en 1919, uno por uno, sus diversos departamentos, inclusive el magnífico laboratorio, siendo muy grato admirar el funcionamiento de la casa, al cual no puede hacerse el menor reparo…
Era en este negocio propósito severo de la administración que los empleados cumpliesen sus deberes con celo escrupuloso en sus respectivos cargos y prestasen constante y esmerada atención al público, cuyas exigencias debían servir y complacer.
Una farmacia como la fundada por el doctor Figueroa, honró a una ciudad, aún a una ciudad importante como Cienfuegos, poniéndole una nota alta, expresiva, de riqueza, de prosperidad, a la vez que satisfacía hondas necesidades sociales.
Naturalmente que una obra, como esta magnífica droguería y farmacia, no se logró elevar a la altura en que estuvo sino con un esfuerzo tesonero y capaz, realizado sin descanso durante muchos años de labor abnegada y batalladora.

Gran parte, pues, de este resultado brillante debe, en justicia, atribuirse a los anteriores dueños, los doctores Figueroa, quienes pusieron las primeras piedras, las bases, los cimientos de la empresa, organizando su casa desde un principio, bajo las normas más inflexibles y austeras de rectitud y seriedad, dándole un sello de honradez para alcanzar altos prestigios e inmensa popularidad.
Después el sucesor, que como dicho fue la importante casa habanera de la calle de Obispo propiedad del doctor Taquechel, continuó las mismas rutas y contando con más elementos económicos, la propulsó aún más lejos.
La prosperidad se acompañaba de espléndido surtido y gozaba de una numerosa clientela, no solamente en Cienfuegos sino también en los pueblos aledaños, muchas de cuyas boticas adquirían sus productos farmacéuticos en la afamada droguería.
Los médicos más notables de Cienfuegos recomendaban que las recetas se adquiriesen en esta farmacia por el crédito sólido de la casa, la competencia bien probada de sus empleados, la rectitud y probidad de su administrador gerente señor Castellanos, siendo para ellos garantía absoluta el saber que sus prescripciones serían cumplidas con toda severidad, escrúpulo y eficiencia.
Años de vida honorable, dieron a La Purísima derecho a disfrutar de esta reputación, llave y fuente de los éxitos mercantiles de la casa que rivalizaba en importancia con las mejores de Cuba.
Reciban un saludo al esfuerzo el gerente Federico Castellanos y el culto doctor Guillermo Pérez Peña, a quienes en justicia debe atribuirse, en gran parte, al menos, los éxitos francos de “La Purísima” en su empeño lógico de ser una excelente institución científica.
Hermes
Bibliografía y notas
- Hermes. “La Purísima. Droguería y Farmacia”. Revista El Fígaro. Año XXXVI, 1919, p. 532
- Personalidades y negocios de las Villas
Deja una respuesta