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José Manuel Poveda y Calderín un artista malogrado

17/01/2026 Por Almar Deja un comentario

José Manuel Poveda y Calderín. Un artista malogrado desde El Fígaro por Ducazcal.
José Manuel Poveda y Calderín. Un artista malogrado desde El Fígaro por Ducazcal.

Un artista malogrado. José Manuel Poveda y Calderín por Ducazcal para El Fígaro. A título de hermano mayor, por la edad, en la gran familia literaria, y de sincero amigo y admirador suyo, sin falaces incondicionalismos, vengo a dejar, en las páginas consagradoras de El Fígaro, la ofrenda de mis pensamientos más puros a la memoria de José Manuel Poveda.

Muerto, en la ciudad de Manzanillo, el día 3 del corriente mes de enero 1926, en los albores de este año en que él iba a cumplir la edad de treintiséis, de ser exacta la noticia que tengo, y que supone que fué el 23 de febrero de 1890 cuando nació, en la ciudad de Santiago de Cuba, el eximio artista de las letras que acaba de fenecer, víctima de una afección de esa noble víscera vascular que en los seres de intensos afectos y de altos ideales funciona y se fatiga infinitamente más que en los bípedos de “pedregosa condición interna”, según la frase de Clarín; en esos tipos de rudimentaria sensibilidad espiritual, lentos, pesados y fríos como paquidermos o dromedarios.

Conocí y aprecié literariamente a Poveda desde que empezó a destacarse su excepcional personalidad de escritor, en plena infancia todavía, cuando aun era un chiquillo de pantalones cortos, de poco más de diez años de edad.

Entonces, él y su camarada inseparable de aquella época, Marco Antonio Dolz, publicaban una revistilla, de sabor estudiantil, titulada El Estímulo, y la cual era impresa en los talleres de El Cubano Libre, de Santiago de Cuba, el glorioso periódico, órgano de la Revolución libertadora de nuestra patria; y en aquella casa — donde yo laboré cerca de un cuarto de siglo, — veía frecuentemente entonces, allá por el año 1900, al incipiente escritor, que ya revelaba su fervoroso amor a las letras y la pulcritud de su gusto, también reflejada en la compostura de todo su personal aspecto, que siempre fué el de una persona fina, selecta, aristocrática por el espíritu y por la figura.

Y realmente, Poveda llegó a ser un príncipe de las bellas letras, de la poesía, del arte, del ensueño; pero se malogró rápidamente — aun vivo y en plena juventud — por varias causas contrarias y hostiles, propias, unas, del ambiente que aquí predomina, e imputables, otras, a defectos o errores de su propia personalidad.

Después de 1900 y hasta hace unos cinco años, Poveda continuó manifestando su talento literario en otras publicaciones, como las revistas El Pensil, Renacimiento y Oriente Literario, de Santiago de Cuba; Orto, de Manzanillo, y El Fígaro, de la Habana, y en varios diarios de esta capital y de provincias, entre éstas últimas, El Cubano Libre, en cuyos memorables Domingos dejó preciosas muestras de su rica imaginación poética y de su clarividente penetración de crítico revolucionario.

También lo fué en política, y creo que sus estridencias de panfletario y sus actitudes de exaltado radical, en algunos periódicos liberales, tuvieron que afectar y resquebrajar profundamente la integridad de su exquisito temperamento de artista, forjado para la vida apacible de la meditación creadora y para la contemplación mística de la belleza, y no para el tumulto de los mítins subversivos y las repugnantes vulgaridades de la política logrera, sin un destello de ideal patriótico.

Su libro Versos Precursores, publicado, en Manzanillo, en 1917, —único libro que dió a la estampa quien pudo haber dado varios, con sólo recopilar, en volúmenes, su fértil labor periodística, ya conocida, y algunas obras inéditas — contiene la cristalización de la mente artística de Poveda, que había concebido y cultivaba un arte raro, desconcertante, personalísimo, con algo del simbolismo de Mallarmé1, de las perversidades sensuales de Baudelaire y Lorrain y de los refinamientos plásticos y musicales de los parnasianos franceses y de otros poetas de más reciente florecimiento, tales como Henri de Regnier, Albert Samain y Paul Fort.

Su poesía fué más cerebral que emotiva, más ideológica que sentimental; especie de música de cámara, sólo adecuada para el gusto de la minoría iniciada en su comprensión, o de culto religioso hermética, propio de una capilla, vedada a la muchedumbre. Por tanto, su arte alambicado, exquisito, demasiado sutil, no fué arte para la multitud, como el de los grandes artistas emotivos, que vibran al unísono con los grandes ideales humanos, sino flor de aristocracia, cultivada en el jardín cerrado del pensamiento íntimo y egolátrico.

Y ciertamente, Poveda proclamó su egolatría estética, y aspiró a vivir aislado en su torre de marfil, y hasta llegó, en un gesto de su orgullo, expresado en forma de voluntad testamentaria, a escribir:

“No quiere mi soberbia sin medida
que exalte las virtudes de mi vida
ningún otro epitafio que mí nombre;
parécele a mi orgullo innecesario
que escude de mis restos el sagrario
ningún otro epitafio que mi nombre.”

Acaso por este modo suyo de comprender la vida se hizo incomprensible para la mayoría de sus contemporáneos, y chocó ruda y dolosamente contra la realidad granítica del medio ambiente social de nuestro país, donde todavía no hay bastante oxígeno respirable para espíritus tan sutiles y fantásticos como el de Poveda, hijo mental de Jean Lorrain y artista alucinado por la visión de los paraísos artificiales, a cuyo tentador influjo se abandonó el joven poeta cubano, para caer, al fin, en el marasmo, en la abulia, en todo ese infierno patológico a cuyo fondo se precipitan, a pesar de la clarividencia de su talento, algunos seres superiores, victimas de la morfina, la heroína, el alcohol y otros venenos del organismo y de la mente.

En París, por ejemplo, aunque hubiese también frecuentado semejantes paraísos artificiales y hubiese muerto tan joven como acaba de morir aquí, su personalidad artística habría alcanzado mayor desenvolvimiento y relieve que en nuestra patria, cuyo más amplio centro de población y cultura — la Habana — todavía no brinda ambiente propicio a espíritus de la calidad selecta de Julián del Casal, más y mejor comprendido y admirado después de muerto que mientras vivió, suspirante y casi aislado, en esta capital;

De Augusto de Armas, malogrado, por una enfermedad, a la edad de veinticuatro años, en París, pero después de haber logrado, por virtud de su libro Rimes Byzantines2, el reconocimiento de su personalidad artística y hasta la admiración de varios de los maestros de las letras francesas, y de José Manuel Poveda, arrebatado de la vida, en plena juventud, sin haber podido realizar sus ideales supremos de artista exquisito, inadaptable a la realidad del medio ambiente en que se vió condenado a vivir, o a sufrir, mejor dicho.

Dominó con igual maestría la rima y la prosa, y si alguna vez pudo incurrir en artificio, al repujar sus versos, siempre su prosa fluyó caudalosa, irisada y tersa, y tuvo nobles sonoridades musicales y contornos de mármol esculpido.

¿Pudo ser feliz Poveda, a pesar de las circunstancias en que le tocó vivir? Quizá lo pudo ser, aunque siempre dentro de la relatividad de las cosas humanas, si hubiese pactado con ciertas realidades imperiosas del ambiente, para llegar a ser un poco burgués, pulsar su lira sin olvido de su toga de abogado y de los provechos de su bufete, y contrarrestar con un poco de energía sabia y salvadora las tentaciones de los funestos paraísos artificiales, verdaderos infiernos para la salud del cuerpo y del espíritu.

Pero malogrado o no, José Manuel Poveda llegó a conquistar, en pugna con varias adversidades, el título glorioso de escritor insigne, de cincelador de la prosa y del verso, de príncipe del arte literario, y lo que le fué dable realizar, en la primavera de su vida, es bastante para que la posteridad le otorgue el renombre perdurable que merecen los grandes y desinteresados cultivadores de la belleza pura, luz que alumbra las fealdades caóticas de nuestra vida terrenal.

Y más cordial y enternecida debe ser la ofrenda de nuestra admiración a la memoria de Poveda, por haber muerto tan joven, aunque esto acaso signifique algo venturoso para el poeta cubano, si es verdad el concepto de aquel verso del griego Menandro3:

“Joven sucumbe el amado de los Dioses.”

Yo, creyente en la inmortalidad de los seres, pido a Dios, para el espíritu selecto de Poveda, la felicidad, toda la felicidad que merezca, en una nueva vida de paz, de luz y de amor.

Joaquín Navarro Riera (Ducazcal).

Enero de 1926.

Bibliografía y notas

  • Ducazcal. “Un artista malogrado. José Manuel Poveda y Calderín”. Revista El Fígaro. Año XLIII, núm. 2, 10 de enero de 1926.
  • Poveda, José Manuel. “Los Juegos Florales en Oriente”. Revista El Fígaro. Año XXX, Núm. 20, 17 de mayo 1914, p. 236.
  • “José Manuel Poveda. Por Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro”. Revista Social. Marzo 1926, p. 47.
  • Escritores y poetas de Cuba y del Mundo
  1. Stéphane Mallarmé (París, 18 de marzo de 1842-Valvins, 9 de septiembre de 1898) fue un poeta y crítico francés, uno de los grandes del siglo XIX, que representa la culminación y al mismo tiempo la superación del simbolismo francés. https://es.wikipedia.org/wiki/Stéphane_Mallarmé ↩︎
  2. Armas, Augusto de. Rimes byzantines. París, Bibliothèque de la Europa y América. 1891. ↩︎
  3. Menandro (Atenas, ca. 342 a. C. – Atenas, ca. 292 a. C.) fue un comediógrafo griego: el máximo exponente de la llamada comedia nueva. https://es.wikipedia.org/wiki/Menandro ↩︎

Publicado en: Escritores y Poetas Etiquetado como: Manzanillo: Personalidades, Oriente: Personalidades

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