
En las tradiciones y leyendas de Cienfuegos publicó Adrián del Valle una bella historia, la que sencillamente tituló “Díaz”. Se descubre desde sus letras el amor del castellano Díaz por Anagueia su esposa aborigen y la construcción de un alcázar en la zona de Punta Gorda, dando a aquel lugar que le acogió el de “Amparo”. Curiosamente, siglos después Acisclo del Valle y su esposa Amparo construyeron allí su hermoso palacio.
Tiene la tradición el encanto de lo lejano. La distancia embellece los hechos, porque los presenta imprecisos, vagorosos, esfumados. Los años cubren con polvo de oro las negruras y las irisa y tornasola bañándolas con las suaves tintas del nacer de los siglos.
El pasado, al través de los ahumados lentes de la tradición, adquiere rara tonalidad, suave coloración que nos lo hace poético y atractivo.
La leyenda es adorablemente embustera, inventora deliciosa de cosas estupendas y sucedidos inverosímiles; a pesar de eso es muchas veces preferible a la historia, que con ínfulas de “maestra de la vida” resulta a menudo que miente más que la tradición, con la agravante de tener menos gracias y sin pizca de poesía.
Sigamos, pues, la tradición, aunque dando un salto prodigioso. De los tiempos primitivos y heroicos de los siboneyes, trasladémonos a los más cercanos del descubrimiento y colonización de Cuba.
Cuenta nuestra buena amiga la tradición —y lo cuenta con toda seriedad, para que no se dude de sus palabras,— que el primer europeo que se estableció y vivió en las costas de la bahía de Jagua, fué Joseph Díaz.
No osamos precisar el año, porque la tradición no es muy explícita en cuestión de fechas, pero tuvo que ser cuando ya Cristóbal Colón había descubierto la Isla. Podemos desde luego afirmar, sin temor a ser desmentidos por algún historiador meticuloso, que Díaz fijó su residencia en Jagua después de 1492.
Por otra parte, como la tradición añade que cuando Ocampo hizo el bojeo de la Isla, ya Díaz residía en Punta Gorda, en un lugar que él bautizó con el nombre de Amparo, resulta evidente que la fecha, si no fué anterior a 1492, tampoco pudo ser posterior a 1509.
Antes de seguir adelante con la leyenda, nos permitirá el amable lector que hagamos un pequeño alarde de fácil erudición histórica.
Actuando en 1508 de Gobernador de la Española, la primer isla colonizada, el Adelantado Nicolás de Ovando, recibió órdenes de los reyes de España para que sin pérdida de tiempo se ocupara del bojeo de la Isla de Cuba, que estaba en turno para ser conquistada y colonizada.
Ovando trasladó el encargo a un marino inteligente, Sebastián de Ocampo, quien en 1509 reconoció las costas del Norte, hasta un cabo que denominó Punta de San Antonio, que dobló, siguiendo por las costas meridionales. Para reponerse de víveres y hacer aguada, penetró en un amplio y bellísimo puerto, que no era otro que el de Cienfuegos, situado en la comarca que los siboneyes, sus moradores, designaban con el nombre de Jagua.
Hemos dicho que Díaz se había instalado en Punta Gorda; sería más exacto llamar a dicho lugar Tureira, que es el nombre que le daban los indios, y que en lenguaje siboney significaba cosa brillante, luciente, hermosa.
Y a fe que es bello, sobre toda ponderación, el espléndido panorama que la circunda. Por eso resulta un contrasentido que lugar tan delicioso lleve el prosaico y vulgar nombre de Punta Gorda. Votamos por que se sustituya con el más sonoro, poético y apropiado de Tureira.
Volvamos a Díaz. Sabemos que era español y muy joven cuando arribó a estas playas, pero ignoramos su linaje y procedencia. Se le puede suponer náufrago o desertor de alguna expedición, más deseoso de vivir en santa calma que en la agitación de la conquista.
Tampoco cabe precisar si fué el primer europeo, pues cuenta también la tradición que en el segundo viaje de Colón, al visitar la bahía de Cienfuegos se abasteció de agua, leña y otras vituallas en el mismo lugar ocupado por Díaz, aún cuando Oliver y Bravo, Edo y el Dr. Emilio Sánchez, los dos primeros historiadores y cronista el último, de Jagua, dan a entender que el puerto fué visitado por el Ilustre Navegante en 1494.
Nada certifica referente a esta visita el escribano Fernán Pérez de Luna, tal vez otro sugestionado por las lecturas de Marco Polo y participando también de las impaciencias del Almirante para llegar por aquella ruta al continente Asiático, ahorraba papel y tinta para describir detalladamente las costas del Aureo Quersoneso, privando así al joven intérprete lucayo Diego Colón de decir a los asombrados habitantes de Tureira :
“Sépase que el que por malicia o capricho contradijese, dudase o negase la visita tan solemnemente hecha y cometiese tal ofensa, si era oficial, pagaría una multa de diez mil maravedís; si grumete o persona de condición análoga recibiría cien azotes y se le cortaría la lengua.”
Díaz
Apenas llegado Díaz a Jagua, como hombre sociable que era entró en amistosas relaciones con los sencillos y hospitalarios siboneyes y no le fué difícil conquistar el corazón de una bella india, a la que se unió y con la que tuvo numerosa prole que perpetuó su apellido y se extendió por Gavilán, la Sierra y otros lugares de la comarca.
Díaz, con la ductibilidad del hombre joven, se amoldó con facilidad a las costumbres de los naturales y en cambio éstos aprendieron de él algunas artes y oficios de utilidad propios de los civilizados. Aunque buen católico, respetó las creencias de los indios, limitando su ardor catequista a convertir a su esposa al catolicismo.
Como grato recuerdo a la buena acogida que le habían dispensado los indios y al seguro refugio que encontrara entre ellos, dió el nombre de “Amparo” al lugar que ocupaba en Tureira. Y aquí se impone otra digresión, que estoy seguro leerá con gusto el lector cienfueguense.
En la última guerra de independencia, el general Weyler, de nada grata memoria, dispuso
la destrucción de Punta Gorda por considerarla como el lugar estratégico que servía de punto de comunicación y contacto entre los levantados en armas y los conspiradores de la ciudad.
Para evitar tamaño desafuero, los Sres. Pedro Modesto Hernández y Serafín Maury, ayudados por los demás vecinos de Punta Gorda, confiaron al maestro de obras Don Juan Pons la construcción de un fuerte al que dieron por nombre “Amparo” como recuerdo a Díaz y con el deseo de perpetuar la tradición.
Fuerte que todavía existe, pero tan impropiamente restaurado, que ha perdido todo su primitivo aspecto, y con ello el marcado sabor hispano-colonial de las construcciones de su género, dándole en cambio un carácter tal, que todos los forasteros, y los que no conocen el origen del fuerte, lo consideran construcción moderna o un mero accesorio ornamental del hermoso parque particular que hoy lo circunda.
Díaz, por inclinación natural o por necesidad que le imponía su especial situación, fué amigo y poderoso auxiliar de los piratas que frecuentaban la bahía y puerto de Jagua, y a uno de ellos debió el haber hecho las veces de padre con la tierna y encantadora Azurina, que nos dará materia para otra tradición.
Es fama que los piratas después que hacían rica y abundante presa, desembarcaban en las costas de la bahía de Jagua, y en excavaciones ocultaban el fruto de sus rapiñas.
En los días que se fortificaba la antigua Tureira, para evitar la destrucción dispuesta por Weyler, se encontraron muy cerca de la casa ocupada por Francisco Megaschi, conocido generalmente con el nombre de Don Pancho el Austriaco por ser natural de Trieste, unos restos de cimientos formados por raros y rústicos ladrillos, piedra y barro.
El austriaco creyó fuese uno de tantos derroteros o tesoros escondidos por piratas y filibusteros y tratando sin duda de buscar los tesoros atribuídos al legendario Bell, destruyó dichos restos impidiendo que personas amantes de la investigación pudieran llevar a cabo estudios, que sin duda, hubieran confirmado la existencia de la primera construcción de mampostería hecha en Jagua, atribuída a Díaz.
No se impaciente el lector que vamos a coger de nuevo, para no soltarlo hasta el fin, el hilo de la interesante tradición.
Se dice que Díaz, seducido por los recuerdos que en su juvenil imaginación dejaron los maravillosos Alcázares de Sevilla y Granada, quiso construir un edificio que por su tamaño y arquitectura se pareciese a aquéllos, sin tener en cuenta que no disponía de materiales , brazos ni otros recursos suficientes para realizar tamaña empresa.
Inútiles fueron todos sus esfuerzos e intentos, hasta que un día, desesperado, pidió a los dioses constructores de la mitología siboney, y principalmente a Jagua, que le ayudasen a llevar a cabo la edificación del Alcázar de sus sueños.
Y sucedió que la bondadosa deidad y los complacientes dioses, atendieron la súplica y por arte de encantamiento surgió un hermoso edificio del más puro estilo mudéjar.
La esposa de Díaz, Anagueia, creyó que todo aquello era obra del espíritu del mal, de Mabuya, e invocando el auxilio de Dios y volviendo a Díaz al buen camino, logró que el edificio fuera destruido, quedando solo los cimientos.
Hasta aquí la tradición, y ahora viene la historia.
Transcurridos algunos siglos y cuando ya en la antigua Jagua se levantaba el moderno y progresivo Cienfuegos, un generoso y culto comerciante, D. Celestino Caces, de grato recuerdo, adquirió los terrenos próximos al Amparo, y consecuente con la tradición, quiso edificar una casa quinta de marcado sabor hispano-morisco.
Séase por falta de conocimientos especiales del alarife constructor, o porque el propietario no pudo estar al tanto de ella por sus ocupaciones y más tarde por tener que regresar precipitadamente a España, es lo cierto que la construcción no tuvo el estilo arquitectónico que el Sr. Caces pensó darle.
Más tarde, adquirió la casa y terrenos colindantes Don Acisclo del Valle, y respetando también la tradición, conservó el nombre de Amparo dado a la finca, que por rara casualidad es el nombre de su virtuosa esposa, la apreciable dama Amparo Suero de del Valle.

También el Sr. Acisclo del Valle, con iguales propósitos al de Díaz y al de Caces, quiso dar a la hermosa mansión que allí levantó, el aspecto hispano-morisco sin conseguirlo del todo, porque como buen cristiano no quiso prestarse a evocar el espíritu de Díaz o el de otro alarife morisco, y, mucho menos solicitar la guía y dirección de los falsos dioses de las creencias siboneyes.
Cienfuegos se siente orgulloso de que Villa “Amparo” sea el más suntuoso palacio de la ciudad levantado en el punto más bello, encantador y poético, no solo por el lugar de su situación, sino por el espléndido y variado paisaje que lo rodea, sin duda el más atrayente de Cuba, “la tierra más fermosa que ojos humanos vieron”.
Bajo las altaneras y doradas cúpulas de esta oriental mansión, evocadora de tiempos medievales y de lejanos lares, vive, protegida por el verdadero Dios, la esposa amante y madre feliz, rodeada de graciosos ángeles, encanto del amoroso padre, que en horas de grato solaz inculca en sus tiernos hijos los principios del deber, el sacrosanto amor a la patria y las doctrinas redentoras de Cristo.
Adrián del Valle
Bibliografía y notas
- Valle, Adrián del. “Díaz”. Tradiciones y leyendas de Cienfuegos. Impr. El Siglo XX de la Sociedad Editorial Cuba Contemporánea, 1919, pp. 63-74.
- Historias y leyendas de Cuba
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