
La historia del médico espiritista de Los Arabos en 1914. Estafadores y especialistas del timo pululaban, y pululan, por tierras cubanas: desde el embaucador perverso hasta el timador simpático, de esos que, en vez de acabar en la cárcel, merecerían un escenario donde repetir, noche tras noche, su función ante el crédulo público.
El “doctor espiritista” fue uno de esos casos muy reales de personajes que iban por ahí lucrando con el bolsillo de los vivos y el telefonazo a los difuntos.
Cuenta la historia que, allá por 1914, se presentó en Macagua, plaza hoy conocida como Los Arabos, en la provincia de Matanzas, un autodenominado médico espiritista.
Aquel singular galeno, perito en almas del más allá y en monedas del más acá, alquiló una casa en las afueras del pueblo y abrió consulta durante varios días.
Quienes acudían a verle encontraban una mesita cubierta con un paño negro. De ella salía un tubo que el paciente se aplicaba al oído y por este podía enterarse del diagnóstico de su enfermedad, así como del nombre de las medicinas que habrían de salvarle el pellejo.
Tales consejos llegaban, según se decía, desde ultratumba, transmitidos por el espíritu de algún familiar ya fallecido. El guajiro, atónito, lo mismo conversaba con sus padres difuntos que con la tía Florinda, y no sería raro que, por aquel prodigioso audífono, acabara colándose hasta la mascota más añorada.
Denunciado por un médico de verdad, el falso aprendiz de Esculapio fue llevado ante el tribunal y condenado a pagar veinte pesos: suma ridícula si se compara con los cinco mil que, según se dijo, llegó a estafar. La consulta costaba treinta centenes que, si cada uno equivalía aproximadamente a cinco pesos, ascendían a ciento cincuenta, cifra verdaderamente enorme para la época.
A no pocos engañó aquel charlatán, dizque doctor, porque, entre usted y yo, ¿quién no querría alivio para sus males y, de paso, una breve llamada al otro mundo? Recogió sus matules, la mesita y el auricular con la mayor prisa, y de su nombre no quedó memoria. Detrás dejó, eso sí, a más de uno con las orejas ardiendo y el bolsillo bien afeitado.
A. Martínez. 22 de marzo de 2026.
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