
La Compañía “Port of Havana Docks Co.” era una sociedad por acciones de las que los americanos denominan Corporación.
El domicilio social estaba establecido en Maine, E. U., y en 1918 era presidente de la misma el señor don José Marimón y Juliach, y Administrador don Alvaro Ledón.
La “Port of Havana Docks Co.” se dedicaba a la recepción y entrega de mercancías importadas.
Con decir lo que escrito queda, y añadir que la Compañía construyó grandes espigones y que en ellos se recibía y almacenaba la carga de los buques destinada al puerto de la Habana, estaría dicho todo: pero, no, no es posible dejar de extenderse porque la Compañía de Muelles de la Habana representaba un tan importante progreso para la población, y una suma tan grande de beneficios para el comercio que cuanto hizo, cuanto fué y cuanto representó es digno de figurar en sitio preferente.

La Compañía de la que nos ocupamos representaba la desaparición del antiguo sistema de recibir mercancías llegadas por mar del extranjero.
Antes, llegaban a nuestro puerto los barcos con mercancías y para efectuar la descarga, exceptuando aquellos que nos traían efectos cuyo despacho no apuraba y que descargaban cachazudamente en el muelle de San José, anclaban en mitad de la bahía y para llevar a cabo la descarga era preciso trasbordar la mercancía a las lanchas especiales a ello dedicadas, las que la conducían al muelle de madera, mal techado de hierro, que se extendía desde Caballería hasta la Machina.
La operación era engorrosa de por sí y larga, lo cual siempre era un inconveniente. Pero aun había más: la carga una vez en el muelle estaba expuesta a sufrir graves perjuicios, especialmente en tiempo de lluvias y hasta por el mal estado del mar cuando éste se embravecía y salpicaba los muelles.
Y, finalmente, cuando se empleaba el hoy por fortuna desterrado sistema de descarga las lanchas solo conducían las mercancías hasta el muelle en donde eran entregadas a los consignatarios por cuenta de quienes quedaban, desde el momento de la entrega, los trabajos de almacenaje y despacho para los que tenían sus correspondientes cuadrillas de trabajadores, siendo todo por cuenta y riesgo de aquellos.
Gracias a la “Compañía de muelles del puerto de la Habana” desaparecieron todos los inconvenientes que hemos señalado pues ella, con la construcción de sus muelles convirtió los inconvenientes en facilidades.

En efecto; tenía la Compañía construidos los enormes muelles de San Francisco, con dos grandes espigones, que abarcaban una extensión de 20.000 metros cuadrados. Los espigones, construidos de cemento armado, eran de una gran longitud: constaba cada uno de dos pisos y cada piso estaba dividido en tres departamentos que podían quedar incomunicados fácilmente, en caso de siniestro, por puertas de cobre.

Los pisos bajos estaban destinados a almacenar víveres y ferretería, y los altos para tejidos, fardos voluminosos, y artículos de farmacia.

Tuvieron también los almacenes que se extendían a lo largo del litoral, cuya construcción era de cemento armado; constaban de cuatro pisos.
Por el primero de dicho pisos, era la entrada de vehículos a los espigones de descarga, donde recibían las mercancías. En el segundo piso estaban las oficinas de la Compañía, así como las de la Aduana e Inmigración.

El tercer piso lo ocupaban los almacenes de depósito, afianzados de la aduana y refrigeradores de la Compañía. Estos refrigeradores, en número de seis, ocupaban 1589 metros cuadrados y eran de distintas temperaturas, alcanzando el que más 15 grados. También se depositan vinos.

El procedimiento empleado en estos refrigeradores era por amoniaco, líquido que se inyectaba por medio de tuberías. La planta que producía energía a los aparatos de inyección, funcionaba día y noche. En esos refrigeradores se podían guardar todos los productos de fácil descomposición, en la seguridad de que se conservarían en buen estado.
El cuarto piso de este edificio se destinaba a la carga de orden general, o sea para las mercancías cuyos receptores se ignoraban y que la Aduana enviaba para su almacenaje en espera de que se presentasen las oportunas reclamaciones.
Tanto en los almacenes como en los espigones, había instalada próxima al techo, una cañería que circundaba las naves, para utilizarse en caso de incendio.
Esas tuberías estaban llenas de agua constantemente, y solamente con el calor explotaba cualquiera de las pequeñas válvulitas que se encontraban a una distancia de un metro y medio una de otra, y esa válvula hacía que reventasen las demás, formando el agua que caía un regadío suficiente para sofocar cualquier incendio.
El recibo de mercancías se hacía directamente del buque a los almacenes, haciéndose la repartición a sus respectivos departamentos por medio de cuatro potentes elevadores, dos en cada espigón.
Es muy digno de elogiarse el orden que se guardaba en los almacenes para la colocación de las mercancías. A cada partida se le asignaba un departamento, poniéndosele una etiqueta con el número del manifiesto y el de la partida. De modo que cuando iba un receptor en busca de su carga, enseguida podía ser entregada, sin riesgo de sufrir una equivocación.
La “Port of Havana Docks” garantizaba al comercio las mercancías, abonando el importe de las mismas si por cualquier causa imprevista sufrieran algún deterioro.
Toda mercancía que se recibía por estos muelles, venía ya con sus gastos de almacenaje y despacho incluidos en el flete, exceptuándose en aquellos casos en que la mercancía se importase de Europa.

En 1918 todos los almacenes y espigones estaban materialmente congestionados de mercancías, habiéndose hecho necesario depositar parte de éstas en otros lugares distintos a los que les correspondía.
Trabajaban en las oficinas de la “Port Havana Docks Co.”, unos setenta empleados. Y diariamente se empleaban unos 500 obreros, cubanos y españoles, para la manipulación de la carga.
Durante el mes de marzo 1918 pasaron por los muelles 40.000 toneladas de mercancías. Esta ligera descripción de lo que fué y significó para el comercio la magnífica obra de la Compañía “Port of Havana Docks Co.” demuestra la importancia de la misma, y permite apreciar los beneficios que reportaba.

La Administración de la Compañía, a cargo de don Alvaro Ledón inspiraba, por lo justo y acertado de sus actuaciones, la mayor confianza al comercio y al público en general.
Este, especialmente en lo que se refiere a embarque y desembarco de pasaje, disfrutó de grandes comodidades.
Eran muchos los vapores, los que hacían viajes al Norte especialmente, que atracaban a los muelles. Con ello, el pasajero no tenía necesidad de hacer el siempre molesto viaje en lancha hasta el vapor. Entraba en éste como podría entrar en cualquier hotel, sin incomodidad de ningún género. Para desembarcar ocurría lo propio.
Desde el vapor pasaba el pasaje al espigón que le correspondía. Tampoco se veían precisados a soportar el atraco de lancheros que se lo disputaban para conducirlo a tierra y que, a lo mejor, prescindiendo de tarifas, les cobraban exagerada cantidad.
Del espigón, pasando por los almacenes, el pasaje llegaba al departamento de Aduana en donde era revisado el equipaje, y en este punto terminaba lo que era una verdadera odisea desembarcando en mitad de la bahía como aún en el año mencionado era preciso hacerlo en la mayoría de los casos.
El público tenía su sala de espera, y desde ella presenciaba la llegada de los viajeros con toda comodidad.
De manera que así como para el comercio la “Port of Havana Docks Co.” representaba una verdadera utilidad, también el público en general participaba de las ventajas y comodidades que aquella le brindaba.
Bien merece la “Port of Havana Docks Co.” la gratitud del comercio y de la población embellecida con la gran obra realizada por aquella.
La Havana docks Company fue nacionalizada mediante la Resolución No. 3, publicada en la Gaceta Oficial el 24 de octubre de 1960, de conformidad con la Ley No. 851 del 6 de julio de 1960. Las instalaciones de la compañía fueron ocupadas físicamente por agentes del Gobierno cubano el 21 de noviembre de 1960.1
Bibliografía y notas
- “Port of Havana docks Company”. Diario de La Marina. Año LXXXVI, Agosto 1918
- “Port of Havana Docks Company”. El Libro de Cuba. Habana: Talleres del Sindicato de Artes Gráficas, 1925, p. 826
- Véase el Havana Docks Corp. Certified Claim (Reclamo Certificado en PDF) ↩︎
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