
Esta entrada reúne dos miradas separadas por casi dos décadas sobre el Palacio de Aldama. La primera corresponde al artículo “El Palacio de Aldama”, publicado en Bohemia el 3 de marzo de 1929 bajo la firma de “El Curioso Impertinente”, donde el edificio es presentado ante todo como escenario de la vida y el patriotismo de Miguel Aldama.
La segunda es el estudio de J. M. Bens Arrarte aparecido en la Revista del Colegio de Arquitectos en agosto de 1946, mucho más centrado en la historia constructiva, la arquitectura, los interiores y las transformaciones sufridas por el inmueble. Leídos conjuntamente, ambos textos permiten acercarse al Palacio no solo como obra arquitectónica, sino también como lugar de memoria histórica cubana. Por varias razones, a cual más convincente, el Palacio de Aldama debe ser considerado como un monumento nacional.
El Palacio de Aldama
No por el hecho de haber sido en épocas coloniales el mejor, en todos sentidos, edificio de la ciudad; no por ser hoy, pese al maltrato sufrido en los años que lleva sirviendo de oficina y talleres de una firma industrial extranjera, una de las mejores construcciones habaneras y resistir dignamente la comparación con los otros edificios que la rodean; sino por la circunstancia especial de haber sido la casa solariega de Miguel Aldama, aquel patricio cubano que, por sus clarísimas virtudes y sus méritos insuperables, es honroso blasón de nuestra Historia.
Si las casas llegan a participar, en algo, del alma de las personas que las construyen o en ellas residen durante mucho tiempo, el Palacio de Aldama es una casa de alma neta y característicamente cubana.
Por lo que su propietario es y significa en la historia político-social de Cuba, el Palacio de Aldama puede y debe ser considerado como un monumento erigido en honor al patriotismo, a la generosidad, al anhelo de progreso, al refinamiento espiritual, en fin, de todos los elementos que entraban en la composición del alma de aquellos patricios cubanos que, habiendo nacido y vivido en la opulencia lo dieron todo—vida, hacienda, sosiego—por la libertad y el progreso de su país.
Elocuente ejemplo, acusación muda, pero contundente, para esos compatriotas actuales que movidos por vituperable egoísmo son capaces de todas las indignidades, con tal que les reporten un beneficio material más o menos cuantiosos.
Un pavimento de onzas de oro
El Palacio de Aldama fué construido en la tercera década del pasado siglo, por el vizcaíno D. Domingo Aldama, uno de los más acaudalados vecinos de la ciudad en aquella época. Con la construcción de ese magnífico inmueble, Aldama quiso hacer alarde de sus inmensas riquezas, no poniendo tasa, por tanto, al oro que en ella gastaba, con tal de proporcionarse la gloria de poseer el mejor edificio de la ciudad.
Los arquitectos, decoradores y demás artífices a quienes Aldama encargó la construcción de su casa, supieron interpretar justamente sus anhelos y trabajando a conciencia, dotaron a la capital de un hermoso palacio, no tanto por sus dimensiones, como por la elegancia de su arquitectura, los primores de su decorado y las obras de arte que atesoraba.

Tan fácilmente derrochaba el oro Aldama en la construcción del edificio, que ello dió origen seguramente, a una leyenda que hemos oído referir a varias personas. Dícese que Aldama, queriendo asombrar al mundo con su opulencia, pidió autorización a la Corona de España para pavimentar su casa con onzas de oro. La corona hispana, le contestó que accedía a tan singular petición, pero con la sola condición de que pusiera dichas monedas de canto, para que los residentes y visitantes del Palacio, al andar, no pisaran la real efigie. Demás está decir que al rico vizcaíno, le pareció inaceptable la condición.
Verdadera o no esa leyenda, lo cierto es que Domingo Aldama, al construir su Palacio, logró, a expensas de su capital, lo que se proponía: poseer el mejor edificio de la ciudad.

Las fotografías que en estas páginas publicamos, dan idea del mérito arquitectónico y decorativo del Palacio, y el que desee más detalles referentes a estos aspectos, lo referimos a una interesante información publicada no ha mucho tiempo en el periódico “Excelsior”, por el reputado arquitecto señor Luis Bay, ya que nuestro propósito al escribir este trabajo [es limitar]nos1 a la significación que en el orden político-social tiene dicho edificio en nuestra historia.
Aldama no quiere ser Gobernador de Cuba.
Miguel Aldama, el hijo y heredero de don Joaquín2, poseía, además de las riquezas materiales de que tanto alardeara su padre, un tesoro de virtudes y méritos que le han hecho justamente memorable. Alma noble y generosa, espíritu refinado y progresista, cultivaba la poesía, era un decidido protector de las artes y de las letras y desde, desde los primeros momentos, en el número de aquellos patricios cubanos que decidieron ofrendar vida, hacienda y porvenir en aras de la independencia patria.
Los cubanos adoraban a Aldama por sus bellas prendas personales, y los españoles le respetaban por sus riquezas. Al iniciarse la revolución de Yara, Aldama aparecía entre los que con más actividad conspiraban porque el movimiento revolucionario se extendiera a toda la Isla. Aunque en la metrópoli española gobernaba en esa época, una regencia de matiz liberal, el general Lersundi, gobernador de Cuba simpatizaba con la causa carlista.
El pretendiente don Carlos de Borbón quiso atraerse a Aldama y con él a los cubanos en armas, a su partido y le envió un nombramiento de Gobernador Civil de la Isla, con un programa de reformas políticas para Cuba.
Aldama después de cerciorarse con el Capitán General que el documento era auténtico, escribió una carta a don Carlos rechazando tal nombramiento y haciendo una serie de consideraciones, en las que con noble entereza, ponía de manifiesto su acendrado patriotismo y su firme voluntad de contribuir a obtener, a cualquier precio, la absoluta independencia de su patria. Esa carta, que es un modelo de amor patrio y valor cívico, figura como apéndice en la obra “Morales Lemus y la Revolución Cubana”, de Enrique Piñeiro.
Anteriormente, ya Aldama había rehusado un título nobiliario que “le ofrecía la real munificencia”, según Calcagno en su “Diccionario Biográfico”. Mírense en este espejo esos cubanos que en plena República, han renunciado a su ciudadanía, con tal de conservar un título apolillado u obtener uno de nuevo cuño.
El asalto y saqueo del Palacio.
Rasgos, como éstos, que hemos referidos, de Aldama, no podían ser muy del agrado de los voluntarios españoles, que entonces campaban por sus respetos en La Habana y otras poblaciones bien fortificadas, sembrando el terror entre la población pacífica, ya que se sentían incapaces de batir el cobre a los cubanos en armas.
Excitados los voluntarios con las actividades separatistas de Aldama y engolosinados, tal vez, con las riquezas que atesoraba en su Palacio, planearon una de las suyas y un día del mes de enero de 1869 asaltaron y saquearon la casa, causando grandes destrozos en su mobiliario y decorado y llevándose cuanto hallaron a mano.
Aldama vióse obligado a huir a Estados Unidos, embargándole entonces el gobierno español sus cuantiosos bienes. Radicado en New York, formó parte de la Delegación Cubana, prestando a la Revolución eminentes servicios, que le han hecho merecedor de la admiración y la gratitud de sus compatriotas. El que había nacido y vivido en la opulencia, murió en la mencionada ciudad, en situación precaria, el año 1888.
Una sugestión nuestra
En estos últimos tiempos, el gobierno cubano ha estado adquiriendo la propiedad de una serie de edificios sin significación histórica alguna, para instalar, más o menos apropiadamente, algunas oficinas de la Administración Pública. Si hay dinero y hay voluntad para adquirir esa clase de edificios, algunos de ellos rascacielos antiestéticos, ¿por qué no gestiona nuestro gobierno la compra del Palacio de Aldama, ya que entre los muros de ese inmueble alentaron seres y ocurrieron sucesos que han servido de tema para escribir algunas de las páginas más brillantes de nuestra historia?
El Palacio de Aldama, por la significación patriótica de su segundo propietario, por el hecho de haberse destacado éste en el Cuerpo Diplomático de la Revolución y hasta por la situación del edificio frente a la novísima Plaza de la Fraternidad Americana y casi junto al Capitolio, podría muy bien ser convertido en sede de la Secretaría de Estado de la República. ¿Podrían darnos su opinión respecto a este asunto los secretarios de Obras Públicas, Estado e Instrucción Pública?
El Palacio de Aldama, por el Arq. J. M. Bens Arrarte

Este bello y valioso palacio habanero se empezó a construir en el 1840 por D. Domingo Aldama y Aréchaga, padre del que fué [preclaro] patricio D. Miguel Aldama, que consagró su fortuna a la causa de la independencia de Cuba. Se sabe que influyó con sus consejos para la selección de estilo y formas de construcción su yerno, el notable escritor cubano de la pasada centuria, Domingo del Monte. La participación de Del Monte en la obra ha sido puesta sin lugar a dudas por el historiador José Manuel de Ximeno, en un artículo que envió al semanario “El Siglo” (octubre 10 de 1945), del que reproducimos el siguiente párrafo:
“En una carta de fecha 25 de octubre de 1838, publicada por Domingo Figuerola Caneda en la Revista de la Biblioteca Nacional, tomo 4, página 88, Domingo del Monte decía al Marqués de Montelo:
“Para esto nuestro padre político ha comprado solares en el mejor punto del Campo de Marte, y piensa hacer una casita de sencilla y elegante arquitectura, que si la hace por los planos que yo le he proporcionado, será la mejor, la única de La Habana, en que se vean siquiera intenciones y barruntos de respeto y amor a las bellezas del arte”; y más adelante, página 97:
“El negocio de la casa de nuestro suegro se ha emborricado con una Real Orden fresquita que prohibe el fabricar extramuros. El Plan de mi amigo el ingeniero ha sufrido modificaciones por su costo: todavía no se ha conseguido la licencia”; y, página 98:
“nuestros suegros están en el [ilegible] y contentos, salvo la incomodidad de no poder fabricar porque una Real Orden se [ilegible] de nuevo, ¡400,000 pesos tirados a la [ilegible]”.
Los solares que adquirió Aldama, paralelos al Campo de Marte, le aseguraron una situación privilegiada y la perspectiva que aquellos espacios conservarían, ya que ninguna otra construcción se le podía levantar en frente.
Coincidían por esos años los esfuerzos que diversas instituciones de La Habana realizaban cerca del gobierno de Madrid para la demolición de las murallas y unificar los dos pedazos de ciudad intramuros y extramuros, lo cual hasta el año 1863 no se autorizó; pero antes de esa fecha se habían estudiado diversos proyectos para dar utilización a los terrenos por ellas ocupados. El edificio que levantaría don Domingo Aldama iba a ser la joya de extramuros y la más artística construcción que se hizo en la ciudad en el siglo XIX. Suponemos que se debió a gestiones de Aldama o de sus amigos, pero es el caso que antes de haber comenzado las obras, en el Ayuntamiento de La Habana solicitaba autorización de la metrópoli para el derribo de [ilegible].
La prohibición de fabricar en los espacios de las zonas militares era la resultante de la necesidad de tener libres los fuegos de las fortificaciones y evitar que en caso de ataque el enemigo encontrase obras de defensa donde guarecerse; estas zonas parece se quisieron mantener después que el gobernador Tacón construyó el Campo Militar y esa fué la razón por la cual se le denegó de primer momento a Aldama la licencia, pero ya estaba construido el edificio de la Cárcel frente al Baluarte de la Punta.(1)
El estilo arquitectónico que predominaba entonces en las principales construcciones era el neoclásico, y casi podemos decir que este período del Post-renacimiento”, que no sólo fué habanero sino español y europeo, pues llegó hasta Rusia, empezó entre nosotros cuando el obispo Espada ordenó cambiar los barrocos que tenía la Catedral por los que aun existen en estilo neoclásico.

Funcionó por aquel tiempo en el 1848 una Escuela de Arquitectura bajo los auspicios de la Sociedad Económica de Amigos del País, y en la cual figuraban como profesores cinco graduados de San Fernando de Madrid. En esa escuela se cursaban dos años de estudios preparatorios y los alumnos que demostraban condiciones eran becados por los ayuntamientos de la isla, y pasaban a terminar y completar su formación en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.
El arquitecto Leonardo Morales, en un notable estudio sobre el Palacio de Aldama, publicado en junio de 1926 (vol. III de la revista [ilegible], que fundó y dirigió durante [ilegible] el compañero Luis Bay Sevilla), estudia [ilegible] y contiene a su vez un juicio crítico [ilegible] construcciones residenciales, nos dice:
“Un cuarto de siglo hemos tenido de arquitectura después de la República, pero seguramente pasarán otros cinco lustros antes que nuestra cultura produzca un palacio particular de la magnitud y belleza del Palacio Aldama. Los arquitectos actuales tienen la capacidad para concebir una obra semejante, y nuestros capitalistas tienen los medios suficientes para ejecutar obra de tal magnitud. Sin embargo, ambos carecen del refinamiento exquisito necesario para saber gozar de una belleza que sólo depende de la sencillez y la grandeza.
Las líneas del Palacio Aldama tienen la sencillez y la pureza clásica de los palacios del Renacimiento en Roma. Y también como en éstos su belleza depende tan solo de sus proporciones admirablemente estudiadas. De su magnitud baste decir que cien comensales podían cómodamente asistir a un banquete en su comedor. Ninguna de estas condiciones reúnen las magníficas residencias del Vedado.”
Félix Lizazo, otro de nuestros indiscutidos valores, escritor de grandes vuelos y prosista sin par, cuya generosa pluma sólo defiende causas nobles, en un artículo publicado en “El Mundo” (septiembre 27 del pasado año), aumentó la información que hoy se tiene sobre dicho Palacio con sus investigaciones en el Archivo Nacional, donde encontró el Expediente de la solicitud del permiso hecha por don Domingo Aldama el 2 de enero de 1840 para “fabricar dos casas en un terreno de su propiedad sito al frente occidental del Campo de Marte y entre la Calzada de San Luis Gonzaga y la calle de La Estrella”. “Esta solicitud fué rápidamente tramitada y el día 22 del mismo mes se le concedió la necesaria licencia, con recomendación de que, por presentar su frente al Campo Militar, paraje de gran perspectiva, sean del mayor mérito los edificios que allí se establezcan.”
Este dato valiosísimo que nos descubre Lizaso con la respuesta de las autoridades técnicas, exigiendo sean obras de gran mérito las que allí…[ilegible], habla muy a las claras del momento cultural que se vivía en La Habana. Dos [ilegible] en el 1838, había terminado el gobierno del general Tacón, que en el orden constructivo se destacó como uno de los períodos de [ilegible] progreso urbanístico de la ciudad; ésta se [ilegible] con tres fuentes monumentales: la de la [ilegible] de los Leones, y la de Neptuno; la Plaza [ilegible] se reconstruyó al colocarse en su centro [ilegible] de Fernando VII; los terrenos cedidos [ilegible] Campo Militar en el 1835, se acondicionaron; el Palacio de los Gobernadores sufrió modificaciones con la portada de mármol de su interior; con la retirada de la Cárcel que estaba [ilegible] se había construido por Pancho Marty [ilegible] Teatro. La Calzada de San Luis Gonzaga [ilegible] grandes mejoras elevándose la rasante para permitir que la interceptaba al fondo [ilegible]; y la bella y amplia Alameda, verdadero Prado de Cortés, o el Paseo de Tacón [ilegible] Castillo del Príncipe, se había sumado [ilegible] urbanístico y al mejoramiento de [ilegible].(2)
[ilegible] Jardín Botánico, muy cerca de los solares [ilegible], se instalaba el Depósito de Villanueva o Paradero del Camino de Hierro, y el Paseo de Isabell II con sus fuentes, estatuas y arbolado, era otra de las grandes atracciones de La Habana. Un nuevo Mercado, el de Tacón, se levantó para abastecer los ya importantes barrios de extramuros; y la nueva Cárcel, que creemos fué construida por el coronel de ingenieros don Miguel Pastor, vino a agregar otro de los mejores edificios de utilidad pública que se erigieron en ese siglo. Sus sencillas y correctas fachadas neoclásicas y la monumentabilidad de la fachada principal y sobre todo su patio, aquel patio con su columnata toscana de nobles proporciones, la sitúan bien, como una etapa en la superación de las formas, antes del palacio Aldama; finalmente, las arquitectónicas Puertas del Monserrate en la Muralla fueron otro eslabón intermedio.
Y si hemos citado el proceso evolutivo de La Habana desde el 1834 hasta el 1840, es para que se vea cómo las obras de arte no se producen por azar ni esporádicamente. Se requiere que el medio esté preparado; se requieren otras obras similares anteriores con formas que se vayan depurando; se requieren técnicos de primera, y autoridades y público comprensivos, y sobre todo una sociedad culta y refinada que sepa apreciar el esfuerzo de sus arquitectos y artistas.
Todo esto ocurría cuando Aldama empezó la construcción de sus casas, y aunque en la composición del edificio dispuso que lo ocuparían dos grandes residencias para dos familias, con todas sus habitaciones y locales diversos y sus entradas principales una que daba al Campo de Marte y la otra a la calzada de San Luis Gonzaga, hoy Avenida de Simón Bolívar, sin embargo, esta dualidad fué resuelta por el arquitecto de mano maestra, dándole una perfecta unificación al conjunto, utilizando elementos clásicos, pero en proporciones monumentales.
Una columnata dórica mutular que abarca dos pisos, la planta baja y el entresuelo, fué escogida para formar la fachada principal; sobre ella, un piso noble apilastrado de orden jónico, con su balaustrada superior, la terminaba. Pero el logro de este gran pórtico residió en la generosidad de su anchura o su profundidad. Los ventanales de bellas proporciones sobre los intercolumnios con sus jambas de las llamadas de repisas clásicas, interesadas por pequeñas ménsulas, le dieron bien su aspecto de composición palacial.
El dórico mutular romano más esbelto y la utilización de los vuelos de su cornisa para colocar uno de los elementos que más exige nuestro clima, la balconada, que en este caso es de hierro fundido de fino diseño (3) este detalle, sus puntales y la amplitud de los huecos, así como sus grandes patios rodeados de galerías superiores, demuestran que el arquitecto conocía a fondo las necesidades del trópico, y que debió haber actuado en aquella Habana, que atravesaba, como dijimos antes, un período de cultura avanzada y de riqueza, el cual produjo muy valiosas obras de arquitectura, lo mismo en el interior de la ciudad, como sea en La Habana Vieja, que en extramuros, y en el barrio de veraneo del Cerro. En este último existían las célebres quintas de los condes de Villanueva, Fernandina y Santovenia.
Con el mismo acierto de sus exteriores y empleando también la sillería se compusieron las fachadas de sus grandes patios.
La unidad que le dió el proyectista del Palacio Aldama, ejecutando toda su fachada principal en un mismo plano, sin cuerpos salientes, dejando con la pureza de los perfiles de sus elementos, que éstos formasen un gran todo, para que fuese su masa o conjunto el que predominase y no tal o cual cuerpo más o menos avanzado, esta cualidad junto con las majestuosas proporciones de cada uno de los motivos escogidos hacen de este palacio una composición de primer orden que ornamenta La Habana y crea un acertado fondo en esa cuadra, a la hoy Plaza de la Fraternidad.
Pero si los exteriores son de mano maestra, la decoración interior fué hecha al igual por verdaderos artífices y se observa que las pinturas pompeyanas de los artesonados son bien de su época, pero no sólo de la época en que se vivía en Cuba, sino de lo que se hacía por entonces en Italia. Estas pinturas también las hemos visto ejecutadas en otro gran Palacio neoclásico que se levanta en Trinidad, me refiero al Palacio Cantero, y prueban la presencia de decoradores extranjeros en esos tiempos en Cuba.
Prácticamente no existen cajas de escaleras pues estas se encuentran en los fondos de dos galerías como era costumbre en nuestros palacios y casonas; además tienen que darle acceso al entresuelo. Estas escaleras de honor constituyen también otro de los adelantos constructivos que se observaban entonces. Formadas por escalones de mármol blanco de Carrara de un bloque enterizo, con su huella y contrahuella colocadas en forma especial, apoyándose unos en otros sin [ilegible] que los sostengan, constituyen ellos mismos casi una atrevida bóveda plana fuertemente empotrada en la pared, lo cual las aligera en mucho. La riqueza del material y su ajuste perfecto ofrecen por la parte inferior una superficie ininterrumpida limpia de recuadros y molduras. Las mesetas de una sola pieza de mármol contienen incrustados bellos rosetones de un fino dibujo con mármoles de colores. Esta disposición constructiva de las grandes escaleras no la hemos encontrado en ninguna otra residencia o palacio habanero.
Los balaústres de hierro y calamina, son de los llamados de candelero con dos balaústres por escalón y artísticos pilarotes en los arranques del pasamano de caoba. Los pequeños cuerpos de cisne donde se apoyan los balaústres y las finas hojas de acanto que tienen en los centros, son detalles decorativos nos hacen clasificarlos como pertenecientes al estilo Imperio.
En las galerías de la planta alta desembarcan las escaleras; estas galerías están cubiertas con bóvedas por arista de yeso de una ejecución perfecta; todas las piezas principales comunican por ellas, los comedores igualmente son abovedados. Los salones de recibo y la biblioteca poseen dimensiones palaciales y sus artesonados, aunque pertenecientes al post-renacimiento, pero de estilo imperio con casetones irregulares simulados tienen como decoración las pinturas que mencionamos en párrafos anteriores. Una gran riqueza imaginativa y una mano maestra presidió en su composición. La serie de sus artesonados y la delicadeza de los motivos escultóricos de sus frisos, bastarían para catalogarlo como una obra de arte; pero aun más la variedad de los pisos de mármol, verdaderas joyas de composición por sus dibujos y colores, (sobre todo el formado con losas y trébol de cuatro hojas en las esquinas y el rosetón central), las bellas rejas interiores de estilo Imperio y las jambas de madera que enmarcan los huecos, todo esto reafirma nuestro [ilegible] de que es la más valiosa obra que se levantó en La Habana durante el siglo XIX.
[ilegible] se hizo todo de piedra, incluyendo [ilegible] interiores, y en sus partes de carpintería, así como en sus herrajes, en [ilegible] detalles se observa un acabado y una [ilegible] de lo mejor que se hacía en su época. En sus amplios patios, que recuerdan los de [ilegible] de Roma, fueron colocadas dos fuentes [ilegible]. Se calcula que estas residencias que hizo [ilegible] para sus dos hijos, costaron un millón [ilegible].
[ilegible] por esos años realizaba aquí en La Habana una labor de primer orden el pintor [ilegible], que fue Director de la Escuela de Bellas Artes de San Alejandro. Entre sus diversos trabajos figura el Album de las vistas de la ciudad [ilegible] la Sociedad Económica de Amigos [ilegible] el 1838. También actuaban los pintores [ilegible] Colson y Leclerc que a su vez dirigieron la citada Escuela. No nos sorprendería [ilegible] la intervención de alguno de [ilegible] decoración artística y en los decorados [ilegible] Aldama.
José Manuel de Ximeno, a quien mucho admiramos por sus grandes dotes de investigador, en el artículo ya citado del semanario “El Siglo”, nos [ilegible] interesantes noticias sobre el ingeniero Manuel José Carrerá, dominicano de nacimiento, [ilegible] emparentado con el propio Del Monte, [ilegible] el autor de los primeros planos para [ilegible] de Aldama, reproduciendo el siguiente [ilegible] de una carta de Del Monte a su hermano [ilegible] Marqués de Montelo: “Hoy voy a [ilegible] el ingeniero Carrerá, que ha venido a [ilegible] a arreglar el pedido de las locomotoras [ilegible] la buena noticia que me comunicas [ilegible] libros (segundo encargo), porque el de [ilegible] ya lo tiene en su poder, y lo que fué [ilegible] regalado por nuestra madre política [ilegible] de unos elegantes planos que trazó [ilegible] del Campo de Marte, aunque no se [ilegible] a cabo por su costo”; y en la página 71, [ilegible] de marzo de 1840; “la casa de nuestro [ilegible] sigue haciéndose, no por el plano de Carrerá, muy modificado éste, pero de todos [ilegible] uno de los mejores edificios de la [ilegible].” (Tomo V, página 57, de la Revista de la [ilegible] Nacional.)
¿Qué modificaciones se introdujeron en los [ilegible] de Carrerá, y quién fué el maestro o el [ilegible] que los modificó al ejecutar las obras?; [ilegible] esas modificaciones hechas por el pro-[ilegible] y sus íntimos o deudos? Estas interrogaciones subsisten y no podrán aclararse hasta que aparezcan los planos originales.
Sin embargo, Ximeno nos afirma que los planos [ilegible] fueron de Carrerá y que las modificaciones que se introdujeron no alcanzaron a los portales “porque estos son idénticos a los de la Estación de Sabanilla en Matanzas y a la quinta de don Gonzalo Alfonso en el Cerro, obras estas de Carrerá, quien trabajó como ingeniero en todas las empresas de Aldama y de los Alfonso contándose entre ellas numerosas líneas de ferrocarril que estas familias construyeron en la provincia de Matanzas”.
Mucho se ha avanzado en la investigación histórica del Palacio de Aldama con los aportes brillantísimos de Leonardo Morales, Félix Lizaso y José Manuel Ximeno, y es de esperar que en plazo próximo se conozcan todos los detalles, los planos y los nombres de los otros artistas que en él colaboraron; pero reconozcámosle a Domingo del Monte el acierto de su profecía. A los cien años de construido el palacio la crítica sostiene en todas sus partes las frases de sus cartas, de que será “uno de los mejores edificios de La Habana”, en que se vean siquiera intenciones y barruntos de respeto y amor a las bellezas del arte.
Ahora bien, si este palacio es un modelo arquitectónico que pudo haber orientado a las Ordenanzas, para que similar a él se construyesen los fondos del entonces Campo de Marte, hoy Plaza de la Fraternidad, conjuntamente su historia, y la de las preclaras familias cubanas que lo habitaron, resulta aun de mayor importancia en la gesta de la liberación de Cuba, y en cualquier país del mundo sería declarado Monumento Nacional.
Por los grandes servicios que prestó don Miguel Aldama a la causa de la independencia de Cuba y las conspiraciones en que se vió envuelto, este palacio sufrió la incruenta prueba de asalto y saqueo por las turbas de los Voluntarios españoles, el 24 de enero de 1869, y los muebles, objetos de arte, cuadros, joyas y demás pertenencias, así como la biblioteca fueron robados y destruidos y en gran parte quemados.
El Dr. Emilio Roig de Leuchsenring, el Historiador de la Cubanía, que siente en su carne y en su espíritu el dolor y el apasionamiento de las generaciones cubanas que forjaron la libertad, en un estudio que vió la luz el año 37 en la revista “Carteles”, al narrar estos mismos hechos nos dice: “Exacerbados aún más los ánimos de los voluntarios, los pertenecientes al 3ro. y 5to. Batallón y al de Ligeros, se dirigieron esa misma noche a la casa que en la calle de Estrella, al costado del Palacio de Aldama, poseía el rico cubano Leonardo del Monte, en busca de un cargamento de armas que se suponía se encontraba allí depositado. Echaron abajo las puertas, y, efectivamente, encontraron las armas; pero armas antiguas; una valiosísima colección que poseía Del Monte formada a través de los largos y crecidos desembolsos, armas del Japón, de la India, armas normandas del tiempo de Guillermo I, armas de los primeros incas. Saquearon la casa, destruyeron o se robaron las armas y destrozaron numerosos cuadros, obras maestras de pintores antiguos y americanos, copias del Correggio, Miguel Angel, y otros maestros…”
La verdadera causa del asalto la da el historiador Gelpi cuando dice:
“Aglomerados los voluntarios frente al Palacio de Aldama se indignaron por los recuerdos que dicho palacio despertaba en sus corazones españoles, —todos recordaron que el gran palacio había sido edificado hacía un cuarto de siglo por un mal español que contaba que su hijo sería Presidente de la República—; todos recordaban que por espacio de 25 años la gran fortuna de los Aldama, padre e hijo, sólo había servido para proporcionar recursos a los enemigos de España…”
“De la casa de Del Monte se lanzaron los voluntarios al asalto y saqueo del Palacio de Aldama, pretextando que de sus azoteas se dijo que había salido un tiro cuya bala pasó cerca de una partida de voluntarios que cruzaban por la calle.”
“En el saqueo los voluntarios descerrajaron escaparates, rasgaron con sus sables los cuadros de valor, despedazaron espejos, rompieron los muebles, incendiaron las cortinas y se entregaron al robo y al pillaje, hasta que los dispersó la tropa de línea mandada al efecto por el general Dulce, que era entonces el gobernador de la Isla.”
“Como la de Del Monte, la familia de Aldama se libró de la furia de los voluntarios por encontrarse ese domingo, al igual que todos los días festivos, en su ingenio “Santa Rosa”, donde recibieron la noticia y la amenaza de atacar a esa finca y sus moradores, viéndose obligados abandonar la Isla, trasladándose a Nueva York, donde fué designado don Miguel Aldama para dirigir la Agencia General en representación del Gobierno de la Revolución.”
El gran patriota don Miguel Aldama, que fué multimillonario, murió pobre en 1888, después de dar una gran parte de su inmensa fortuna para la Revolución. La República en Armas por sus grandes servicios a la causa de la libertad, lo tituló “Benemérito de la Patria”; y la República actual al construirse la Plaza de la Fraternidad no lo olvidó, y frente a la columnata del que fué su Palacio se ha levantado un modesto monumento con un busto que perpetúa su memoria. Otra figura ilustre del veteranismo, el Dr. Cosme de la Torriente, relataba en una histórica sesión la humilde muerte de Aldama, recogido en un cuarto por un amigo generoso.
Por nuestra cultura y por todo lo que contiene de alma nacional el palacio de don Miguel Aldama estamos obligados a conservarlo y enaltecerlo para la posteridad, ya que uno de los deberes de la colectividad y que hoy [ilegible] nuestras leyes, es la conservación del patrimonio cultural, histórico y artístico de Cuba.(4)
Cuentan las crónicas que cuando iban a ejecutar en el año 1870 al otro gran patriota Domingo Goicuría, quien dejó su hogar, posición y sus recursos para luchar durante muchos años por la redención de Cuba, al pasar custodiado frente a las casas de Aldama exclamó: “Este será el Palacio de los Presidentes de Cuba Libre.”
¡Pero qué distintos escenarios del ayer y hoy! ¡Cuántos cambios en sólo cien años! Ayer, desde sus balcones los Aldamas tenían frente a su vista el árido campo de los ejercicios militares y cerraba el fondo la cinta de piedra de las murallas, con sus fosos y bastiones, sobresaliendo a lo lejos torres y campanarios de la ciudad colonial. A un lado, casas de un piso, con [ilegible] adosadas se prolongaban hasta el Arsenal; al otro lado las pintorescas locomotoras y coches de pasajeros del Depósito de Villanueva que con sus estridencias y campanadas animaban el paisaje. Ya las dos primitivas pistas que salían de la Puerta de Tierra atravesando el Paseo de Isabel II y que antaño llevaban al monte y al ingenio San Antonio, se habían convertido en importantes calzadas.

Hoy… La Habana del siglo XX ha transformado aquel Campo de Marte en una hermosa Plaza, la mejor de la ciudad; en la que, ahora, con tierra de todo el Continente crece el Árbol de la Fraternidad. Bustos de grandes hombres de América le acompañan y reafirman su carácter [ilegible], enmarcando la plaza un gran centro de vida comercial, turística, política, legislativa, de vida [ilegible] fiebrada, extiende sus fuertes tentáculos de [ilegible] en más. Por todas partes se ven tiendas de primer orden, hoteles, restaurantes y establecimientos diversos; edificios de poderosas compañías de servicios públicos y estaciones de la Radio se encuentran por los alrededores, y un incesante ir y venir de gentes, de multitudes por sus anchas aceras y portales, acentúa el tráfico ya intenso de automóviles, ómnibus, tranvías y vehículos de todas clases que por las amplias y arboladas avenidas constantemente circula.
Ya no quedan rastros del Depósito de Villanueva y en su lugar entre jardines se alza majestuoso el Palacio del Congreso, nuestro flamante Capitolio, la representación en piedra de la nacionalidad, con su bella cúpula que vista en la lejanía se nos antoja como la enorme tapa de nuestra mundial azucarera…
Pero en medio de aquella populosa zona mixta comercio-residencial, presidiendo la Plaza, señoreándolo destacándose sobre los demás edificios por la esbeltez de sus líneas y sus admirables proporciones, tal como lo profetizara Domingo del Monte por su respeto al Arte, aun a los cien años, allí se alza el Palacio de Aldama…
REFERENCIAS:
(1) Además de la Cárcel, ya estaba construido el Teatro [ilegible] a menos de 400 varas del glacis de las Murallas; [ilegible] la distancia que se exigía libre de construcciones. [ilegible] de Aldama quedaban a 374 varas.
(2) Al Gobierno de Tacón, cuya memoria en el orden [ilegible] es execrada por los cubanos, se le cuentan las [ilegible] del Conde de Villanueva para embellecer [ilegible] y las realizaciones del Coronel de Ingenieros [ilegible] Pastor. Pero sobresale tanto este último, en [ilegible] que suponemos en algo debió contribuir al logro [ilegible] de Aldama. Las costumbres del 1840 nos las [ilegible] Condesa de Merlin en su obra titulada “Mi Viaje [ilegible]”.
(3) El dibujo de las barandas de hierro fundido del [ilegible] parece francés, de estilo imperio. Se conocen [ilegible] similares en la Maestranza de Artillería, edificio contemporáneo del Palacio Aldama y en [ilegible] de la ciudad.
[ilegible] el levantamiento de planos y la tasación en el 1875 por los peritos Pedro C. del Pandal [ilegible] Valdés Rodríguez, tasación que se elevó a la [ilegible] $575,176.12 pesos para la residencia que da [ilegible] llamada Calzada de San Luis Gonzaga (hoy Simón [ilegible]) y $49,900.47 para la que hace frente por la calle [ilegible], con un total de $625,07[ilegible] para todo el edificio.
[ilegible] encontramos que entre las curiosidades que albergaba el palacio, aparte del mueblaje y obras de arte, [ilegible] pinturas de maestros célebres, figuraban en la [ilegible], a ambos lados de la galería una magnífica [ilegible] y un acuarium. La primera fué tasada en $580.00 [ilegible] una bella base de nogal en la cual descansaba el [ilegible] de mármol con una fuentecita de agua [ilegible] en el centro, vistosas piezas de hierro fundido [ilegible] y remataba en lo alto con una gran linterna que contenía un farol. En cuanto al acuarium [ilegible] por una pieza de mármol descansando sobre [ilegible], los cuales a su vez eran sostenidos por un basamento [ilegible] ménsulas y seis columnitas de mármol y su cornisa del mismo material. La bella fuente que aun existe [ilegible] principal toda de mármol con un marco de jardinería y plantas acuáticas completaba la ornamentación natural.
Los pisos de la planta baja eran de losas de San Miguel en patios y galerías, y de baldosas prensadas en los entre-suelos; las caballerizas tenían un piso de ladrillo duro colocado a sardinel y las azoteas estaban soladas con losetas de arenisca de Bremen. Los pesebres de las caballerizas de las dos residencias podían contener hasta quince caballos.
Los salones principales tenían una decoración pictórica con arabescos de buen gusto en las paredes y cielo rasos además de otras escenas mitológicas que llenaban los falsos casetones. Estas pinturas fueron justipreciadas en $6.192.00. La lámpara de cristales del salón principal de 46 luces de las llamadas arañas fué tasada en $1.950.00; además este salón tenía cuatro vistosas lámparas de pared de cinco luces cada una.
Otras habitaciones y locales de la planta alta estaban entapizados con papel sobre género con vistosos motivos y colores; una de ellas además tenía diversas escenas de la vida de Isabel La Católica. Cerca de estos dormitorios estaba un baño con una bañadera de caoba y un inodoro (este último se tasó en $68.00), y debió ser poco más o menos de la fecha del plano). En la planta baja había otro baño con bañadera de madera forrada de zinc y un ducha, que parece citada anexo a la Sala de Armas; finalmente una poceta o piscina ocupaba una pieza con su antecamara dando al patio.
En otros lugares estaban los escusados.
Ya en la fecha de los planos que reproducimos, la casa tenía su instalación de gas, su instalación de agua, una bomba de hierro y una máquina de vapor de 1 caballo de fuerza.
Las dos residencias se comunicaban entre sí.
La cocina principal estaba instalada en el entresuelo y tenía un fogón grande semicircular con 12 hornillas, horno y depósito de carbón.
La residencia de los Aldamas o sea la que hacía frente a la Calzada de San Luis Gonzaga, tenía las habitaciones o dormitorios principales con frente al Campo de Marte, y una de éstas, con seguridad la del dueño de la casa, poseía una salida de escape oculta en un testero que comunicaba con una pequeña escalera, la cual conducía al entresuelo y de éste, otra escalera también de madera llevaba directamente a la calle.
La otra residencia que la habitaba el humanista Don Domingo del Monte, casado con una hija de Aldama, ha conservado mejor la fineza de sus cielos rasos y la decoraciones de los muros. Las rejas interiores y la balconada de los entresuelos y piso principal del más puro estilo imperio por lo acabado de su composición y dibujo son verdaderas obras de arte.
Bibliografía y notas
- Nota de CubaMemorias: El texto entre corchetes se ha restituido por el sentido de la frase; la reproducción consultada presenta una laguna entre las pp. 34 y 44. ↩︎
- Nota de CubaMemorias: El original dice “don Joaquín”. Miguel Aldama y Alfonso era hijo de Domingo Aldama y Aréchaga y Rosa Alfonso y Soler. ↩︎
- El Curioso Impertinente. “El Palacio de Aldama.” Bohemia, 3 de marzo de 1929, pp. 34, 44 y 55.
- Bens Arrarte, J. M. “El Palacio de Aldama.” Revista del Colegio de Arquitectos, año XIV, núm. 157, agosto de 1946, pp. 233–243. La Habana: Colegio Nacional de Arquitectos de Cuba.
- Personalidades y negocios de la Habana
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