
El Monasterio de Santa Teresa de La Habana es testigo de un profundo cambio en la ciudad y su evolución desde los tiempos coloniales hasta la modernidad. Fundado en el siglo XVII por monjas devotas de Santa Teresa de Jesús, este monasterio fue un refugio para mujeres de la nobleza y una institución clave en la vida religiosa y cultural de la ciudad.
A lo largo de los siglos, sus muros acogieron tanto a religiosas como a figuras importantes de la sociedad habanera. Sin embargo, a medida que la ciudad se expandía y modernizaba, el convento fue desplazado por las transformaciones urbanísticas y la nueva clase social que comenzaba a forjarse fuera de las antiguas murallas.
Este texto reflexiona sobre los cambios que se sucedieron en la ciudad, la expansión hacia los barrios periféricos y la transformación del monasterio, hasta su eventual traslado y la preservación de las reliquias de su ilustre fundador, el Obispo de Compostela.
Monasterio de Santa Teresa y la Habana que se va
Los inquietos vecinos de la noble ciudad de La Habana, llave del nuevo mundo, sintieron desde muy temprano el ansia de escaparse del recinto en que arcaicas murallas los habían encerrado. Mucho antes de que estos muros de piedra fueran echados abajo, ya los habaneros habían urbanizado una gran extensión de sus afueras hacia el oeste, hacia el este, hacia el sur.
Las puertas de las murallas se cerraban a las diez y media de la noche y después de esa hora centinelas vigilantes impedían que los habitantes entrasen o saliesen hasta las cinco de la mañana del día siguiente.
Cuando la piqueta demoledora destruyó las murallas, la Habana pudo señorearse de ciudad importante con el ensanche de sus nuevos barrios de Guadalupe, de Colón, de San Lázaro, de Jesús del Monte, del Cerro. Ya empezaba a poblarse el litoral entre el Torreón y el castillo de la Chorrera, espacio que se llamó y se sigue llamando de lo “Vedado”, porque estaba prohibido destrozar el manigual allí existente, que se tenía como muralla natural que defendía la ciudad de desembarcos de piratas…
Penas severísimas tenía el que osara cortar leña o meramente transitar por aquellos breñales. Si era de color el audaz contraventor, el Cabildo tenía dispuesto que se le desjarretase un pie.
Ese afán de extenderse, de buscar expansión, ha sido en los habaneros como una obsesión y por eso la ciudad ha crecido de modo tan extraordinario. La ciudad nueva es hoy algo que no tiene nada que ver con la vieja ciudad. Las barriadas primitivas van quedando para el comercio. Es como el downtown neoyorquino.
Las familias quieren vivir en lugares de mayor expansión, en donde se respire mejor aire libre y los barrios recientes son, por eso, como grandes parques de residencias en donde se han levantado elegantes mansiones, palacios fastuosos, chalets confortables. Todo el mundo quiere vivir fuera de la Habana vieja.
Las pocas residencias que quedan en los barrios de Paula y San lsidro han sido ocupadas por los numerosos inmigrantes que llamamos genéricamente con el nombre de “polacos” (rusos, checoslovacos, austriacos) que como avalancha han caído sobre la Habana, al no poder entrar en los Estados Unidos del Norte, para donde iban destinados la mayor parte de ellos.
Vivir fuera de la Habana vieja es casi protocolar. La gente bien no se resigna a vivir sino en los que aquí se llaman los “repartos”, lotes de terrenos de las afueras donde se han levantado interesantes y lujosas residencias. El contagio ha llegado basta los silenciosos y austeros conventos de monjas y frayles.
Los vetustos conventos han sido vendidos a entidades comerciales. Se han pagado precios fabulosos y las monjitas han hecho un negocio por duplicado: con el capital recibido han construido en las afueras magníficos albergues y aun les ha sobrado para aumentar sus rentas, aparte de vivir con más amplitud e higiene.
Las monjas Catalinas abrieron el surco, cediendo su residencia al Nacional City Bank, que sustituyó la anticuada mansión por una fastuosa casa bancaria; la siguieron las Claras, que han sido sustituidas en su histórico recinto por las oficinas de Obras Públicas.
Los frayles carmelitas dieron su convento de S. Felipe al Banco del Comercio. También se fueron las Ursulinas. Las últimas fueron las Teresas.

Hace poco dejaron el pintoresco y melancólico hogar que ocupaban en la calle de Teniente Rey. Se han ido para el palacio que construyeron en la calle 15 esquina a 20, en donde confiesan que están mejor instaladas; pero no más alegres.

Ya no tienen el placer del misterio que las rodeaba en las vetustas galerías de la casona en donde aprendieron a meditar y a servir a Dios.
Deste tiempo inmemorial se pensó en la colonia que las doncellas nobles y virtuosas que no tuvieran vocación para el matrimonio debían recluirse en casas de retiro adecuadas para entregarse al servicio de Dios, costumbre arraigada en la metrópoli española.
Ya a mediados del siglo XVII se estableció en la Habana uno de esos retiros con el nombre de Beaterio, en donde se agruparon para la vida contemplativa varias doncellas, devotas apasionadas de Santa Teresa de Jesús y del seráfico padre de Asís.
En 1627 murió la fundadora del beaterio, dama principal que bajo la advocación de Magdalena de Jesús, había sido durante treinta años alma y sostén de la casa.
Fué fatal la desaparición de la monja. La casa que ocupaba el beaterio, situada frente al que es hoy parque de Cervantes (San Juan de Dios) entonces hospital, era propiedad de quien no andaba creyendo en rezos ni en golpes de pecho, y con asombro de todos deshaució a las monjitas, que tuvieron que continuar su vida de reclusión en casa de familias acomodadas de la ciudad.
Este suceso hizo poner el grito en el cielo a los vecinos religiosos y fanáticos, que eran ya muchos en aquella época, lográndose en 1632 Real Licencia para establecer un convento en forma. Así nació el monasterio de Santa Clara. Vinieron cinco profesas de Cartagena de Indias, a fundarlo y muy pronto ingresaron veinte novicias cubanas, previo pago de la dote de dos mil ducados cada una, recogidos por suscripción popular. La riqueza del convento creció como la espuma, pues al final del siglo XVII poseía un capital de 550,000 pesos, impuestos al cinco por ciento anual…
Esto les permitió aristocratizarse. Se exigieron muchos requisitos para tomar allí el hábito y se fijó un cupo, cubierto el cual había que esperar que la muerte abriera hueco para las aspirantes y como estas eran muchas, se creó otro convento, el de las Catalinas, y a poco el de las Carmelitas Descalzas, bajo la advocación del médico filántropo doctor Francisco Moreno y su esposa señora Ana Tardino.
Llevados de un profundo sentimiento religioso, regalaron el terreno para la nueva casa de las hijas de Cristo y contribuyeron con fuertes sumas para la fábrica, que se terminó con un donativo del benemérito obispo Compostela.

Esto era al alborear el siglo XVII y tuvieron la fortuna de que una habanera, Bárbara Ma. Lazo de la Vega, que se había hecho monja en Cartagena de Indias, viniera con otras religiosas a fundar este convento. El citado obispo Compostela confió a estas monjas Teresas el cuidado de los niños abandonados.
Allí nació la casa-cuna de la Habana, que más tarde amplió con mejor organización, el obispo Valdés, sucesor de Compostela, levantando la casa de maternidad en la calle de Inquisidor esquina a Muralla. Por eso los expósitos cubanos llevan el apellido de Valdés.
Posteriormente la casa-cuna se fusionó con la llamada de la Beneficencia, en que se recogía a los niños mayores y se establecieron frente a la caleta de San Lázaro, y es hoy la grandiosa casa de Beneficencia y Maternidad.
No pudieron los generosos fundadores del monasterio, los esposos Tardino Moreno, reposar para siempre en el tranquilo recinto que habían contribuído a crear. No sabemos qué leyes sanitarias o qué prescripciones religiosas lo impidieron.

La imagen anterior muestra a Diego Evelino de Compostela, venerable obispo de la Habana que contribuyó a levantar el Convento de Santa Teresa (Retrato al óleo que existe en el Convento).
En cambio, el venerable prelado, Diego Evelino de Compostela, que con tanto amor y devoción contribuyó a la organización del convento, pudo dormir el sueño eterno entre las anónimas hijas del Señor que allí han llevado vida de oración, desde la fecha de su muerte, el 19 de agosto de 1704, hasta el 9 de enero de 1929.
En esta fecha, con motivo de la mudanza del convento, fué necesario abrir el nicho en que habían sido guardados los preciados restos del Prelado. Estaba ese nicho construido en la pared medianera entre el claustro y la nave de la iglesia, equidistante del altar en que se veneraba a la Santa de Ávila y el púlpito.
Previa las licencias correspondientes, y ante una numerosa concurrencia, Monseñor Alberto Méndez, en representación del Ilustrísimo Sr. Arzobispo de la Habana, ordenó la apertura del nicho que contenía los restos, encontrándose dos lápidas, una negra con letras doradas y la otra de madera pintada de gris con letras negras, en la que están impresas las letras O. Q. V. F., quedando descubierto el ataúd envuelto en lujoso velo morado con galones de Oro.

Colocado el sarcófago sobre una mesa, y abierto el ataúd se encontraron los restos del piadoso Obispo, cubiertos con las sagradas vestiduras, las cuales se hallaban en bastante buenas condiciones, levantándose el acta que a continuación se expresa:
“En la Ciudad de la Habana, a 9 de enero de 1929. Yo, doctor Santiago Sainz de la Mora, abogado del Colegio de esta Capital, Notario Mayor del Obispado de la Habana, previo requerimiento del Ilustrísimo y Reverendísimo señor doctor Alberto Méndez y Núñez, Prelado Doméstico de su Santidad, Deán de esta Iglesia Metropolitana, me constituí en el antiguo edificio del Monasterio de Santa Teresa, sito en la calle de Teniente Rey, hoy Avenida del Brasil esquina a Compostela, con el objeto de levantar la presente acta en la inhumación de los restos mortales del Reverendísimo don Diego Evelino de Compostela, o Diego Evelino Veliz, Obispo que fué de Cuba desde 1687 a 1704, en que falleció, siendo exhumado en la Iglesia de dicho Convento, en un nicho construido por su orden y que da a la calle de Teniente Rey frente al número 66 de la misma.”
“Se personó el Dr. Jorge Le Roy y Cassá, delegado del Honorable Secretario de Sanidad en este acto, y el Ilustrísimo Dr. Méndez, en su carácter de delegado del Ilustrísimo señor Arzobispo de la Habana, ordenó se procediera a abrir el nicho antes señalado. En primer lugar, se descolgó el cuadro que cubría el nicho anteriormente expuesto, compuesto de cristal, tela y madera que medía 2.30 metros de largo por 0.90 de ancho y detrás de éste se encontró otro que servía de cubierta al nicho, donde aparecía grabado el epitafio, teniendo éste 2.05 por 0.98, detrás del cual se encontró el ataúd en dirección E. O. cubierto de género con galones dorados.”
Extraído el ataúd se puso sobre una mesa y abierto por medio de martillos y corta-hierro por no saberse de la llave que tenía el sarcófago, el Dr. Le Roy procedió al examen del cadáver a presencia del doctor Méndez y Núñez y del señor Francisco de Paula Coronado, Secretario de la Academia de la Historia y de Mí, el Notario.
Se encontró que el cadáver de Ilustrísimo Obispo de Compostela ha sido removido con posterioridad al enterramiento. En sus manos se encontraron las falanges del dedo pulgar y el guante color carmelita estaba relleno de algodón. La mandibula inferior sujeta a la superior con esparadrapo. La casulla es de color rosáceo y la estola no la tiene puesta al modo episcopal.
La museta se encontró entre el alba y la sotana. El cráneo está completamente limpio, seccionado en la parte posterior, sin vise alguno de cabellos y cubierto con un gorro que no es el solideo episcopal.
Terminado el examen se dispuso se volviera a tapar la caja, siendo las once y treinta de la mañana y se puso en marcha la comitiva para el nuevo Convento de Santa Teresa. Doy fe. Doctor Santiago Sainz de la Mora.
Cerrada la caja se trasladaron tan preciados restos al nuevo Convento donde se cantó un Te Deum entonándose después por el coro del Monasterio el “Libera me Deum”
Los restos de Compostela Veliz quedaron depositados provisionalmente en su caja y colocados en el interior del Altar Mayor de la nueva Iglesia de las Madres Carmelitas, en tanto se compre otra caja mayor de madera para depositarlos conjuntamente con la que hoy los guarda, siendo colocados luego en un nicho que ha sido construido en la parte del Evangelio de la Iglesia, para que sean depositados en este sitio definitivo; propósitos que fueron cumplidos por las monjas Teresas con la acuciosidad que el gran respeto hacia el inolvidable obispo les inspira.
No es esto sólo. Las monjas tenían en sagrado depósito, el corazón del virtuoso Prelado: este así lo había dispuesto en su testamento y en cumplimiento de tan respetable última voluntad al ser embalsamado el cadáver, se le extrajo la víscera cordial y se le entregó a las monjas, que la colocaron en una redoma de cristal.
En el viejo convento fué puesta la redoma en el coro alto y en el nuevo edificio se ha puesto en lugar apropiado. Dicen las monjitas que en los tiempos de seca, el corazón de Compostela se contrae, se reduce, casi una tercera parte de su habitual tamaño, casi del puño de la mano; en tiempos de agua, se ensancha.
Cuando su cadáver fué expuesto al público hubo que poner guardias porque todos querían un pedazo del traje como reliquia.

Bibliografía y notas
- “La Habana que se va. El Monasterio de Santa Teresa”. Revista El Fígaro. Año XLVI, núm. 4, septiembre 1929.
- Meza, Ramón. “El Obispo Diego Evelino de Compostela”. Revista Cuba y América. Año VIII, Vol. 14, núm. 6, 1904, pp. 143-146.
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