
La fábrica de mosaicos “La Rosita” se hallaba establecida en el próspero barrio capitalino de El Vedado. El creciente progreso urbano de la ciudad y la frecuente demanda de productos de fácil colocación y venta en el mercado eran prueba evidente de la prosperidad de este ramo.
Sin embargo, al comenzar la década de 1920, esta rama de la industria no se había desarrollado debidamente, y eran muy pocas las fábricas capaces, por su organización y sus elementos mecánicos, de satisfacer aquellas necesidades públicas.
Entre esas pocas se hallaba “La Rosita”, merecedora, dentro y fuera de la nación, de los mayores elogios por la calidad de las losas que fabricaba y expendía.
Fue fundada por el experto manufacturero Sr. Manuel Gondar, quien unía a sus condiciones de director fabril las cualidades de energía, actividad e inteligencia necesarias en todo hombre de negocios. Poseía, además, junto con la prudencia y la serenidad, el entusiasmo y la pujanza característicos de los organizadores de grandes empresas.

Hombre de carácter firme y animoso, Manuel Gondar Muñiz, al instalar su fábrica en la calle 22, entre 17 y 19, quiso dotarla de cuantos elementos fueran necesarios para hacerla triunfar por encima de toda competencia.
Después de varias experiencias, llegó a la convicción de que la mano de obra no era superada por máquina alguna en la elaboración de mosaicos. Por ello quiso rodearse, y lo consiguió, de operarios peritos, hábiles y laboriosos, para lo cual se vio en la necesidad de hacer una reflexiva selección, sin arredrarse ante los obstáculos ni escatimar sacrificio alguno.
Esta excelente fábrica producía 12,000 mosaicos por semana y, no obstante la calidad superior y la elegancia original de los caprichosos dibujos que los adornaban, los vendía a precios muy reducidos. Podía asegurarse que ninguna otra manufactura de la misma clase podía competir con éxito contra La Rosita.

En la exposición universal celebrada en la ciudad de Milán en el año 1920, los productos de esta fábrica, entre los de tantos países concurrentes, merecieron unánimes fallos del Jurado, que acordó concederle mención especial y otorgarle a la fábrica la Cruz de Mérito y Medalla de Oro.
Este fallo era demostración evidente de la excelencia de los productos de “La Rosita”, y constituyó, sin duda, preciado galardón para su dignísimo propietario y director.
A la extraordinaria fuerza de voluntad, a la clara inteligencia y a la notoria pericia del señor Manuel Gondar se debieron los éxitos alcanzados por tan importante manufactura.
Oriundo de Galicia, vino a Cuba hacia 1890 y, durante más de treinta años en la Isla, sin más capital que su amor al trabajo y el decidido propósito de obtener, con su esfuerzo y perseverancia, una posición social y económica, se dedicó constantemente a este loable empeño, que habría de coronarse con las palmas del triunfo.
A pesar de ser hombre de carácter liberal y generoso, amigo del confort y poco dispuesto a imponer sacrificios a los seres que amaba —antes bien, extremadamente cariñoso para su familia—, Manuel Gondar, sin más medios que sus propias condiciones naturales y sin otra protección que su honradez y laboriosidad, logró su deseo, pudiendo considerársele uno de los industriales más acreditados de La Habana.
Sabemos que el señor Gondar tuvo al menos un hijo pues en junio de 1931 se publica la siguiente nota1 en la prensa:
El vigilante de la Policía Nacional número 473 P. Lazo detuvo ayer a Julio Gondar Loveira, de 15 años de edad, vecino de 22 entre 17 y 19, a petición del doctor Francisco Javier Villaverde Hara, vecino de Estrada Palma número 18, altos porque el referido menor cortó tres álamos de la finca situada en 22 entre 17 y 19, cuya propiedad está en litigio sujeta a la causa número 1249 del pasado año, habiendose ordenado al señor Manuel Gondar раdre del referido menor que se abstenga de hacer obras ni derribar árboles en ella.
Bibliografía y notas
- “La Rosita. Progreso industrial de Cuba.” Revista El Fígaro. Año XXXIX, 1922.
- Personalidades y negocios de la Habana
- “Usurpación de terrenos.” Diario de la Marina. Año IC, núm. 149, 20 de junio de 1931, p. 3 ↩︎
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