
Los bailes habaneros ocuparon desde los primeros tiempos un lugar destacado entre las diversiones de la ciudad. En este artículo de 1928, Emilio Roig de Leuchsenring recorre sus orígenes e influencias, desde la contradanza, la danza y el danzón hasta el zapateo, la rumba y el son, y recuerda algunos de los salones, fiestas y costumbres que marcaron la vida social de La Habana.
Una de las más antiguas y más difundidas diversiones de los habaneros, ya desde los primeros tiempos de la población, fue el baile, que, con el juego, aún hoy en día, acapara el entusiasmo y la afición de los cubanos todos en lo que a su esparcimiento se refiere, constituyendo el segundo, más que un recreo, un vicio, tal vez el más arraigado y más nocivo que poseemos.
Dos influencias principales encuéntranse en los bailes cubanos: la española y la africana, las dos razas que más contribuyeron a nuestra composición étnica, lo cual no es obstáculo para que el más antiguo de nuestros bailes, la contradanza, fuera, como observa el maestro Sánchez de Fuentes en su interesantísimo libro El folklore en la música cubana, importada por los franceses que, a fines del siglo pasado, vinieron a la Isla, y tuviera su origen en la Normandía, de donde pasó a Inglaterra.
Ya en 1598, según una descripción que reproduce en su Historia de La Habana José María de la Torre, se bailaba en esta población:
“Los bailes y diversiones de La Habana —dice— son graciosos y extravagantes; conservan todavía los primeros la rudeza y poca cultura de los indígenas, y las segundas la escasez y ningunos recursos de una población que comienza a levantarse.
”Hay en esta villa cuatro músicos que asisten a los actos a que se les llama, mediante un precio convenido. Son estos músicos: Pedro Almanza, natural de Málaga, violín; Jacome Viceira, de Lisboa, clarinete; Pascual Ochoa, de Sevilla, violón; Micaela Gómez, negra horra, es decir, libre, de Santiago de los Caballeros, vihuelista, los cuales llevan generalmente sus acompañados para rascar el calabazo y tañer las castañuelas”.
Parece que el entusiasmo por la música en aquel entonces era tan extraordinario que estos cuatro músicos no daban abasto para satisfacer las demandas de los bailadores y, con ese motivo, no solo se hacían rogar, sino también pagar y… no quedaba más remedio que complacerlos a trueque de no bailar.
En la nota de referencia se califica de exorbitante la paga que exigían y, además, había que “llevarles cabalgadura, darles ración de vino y hacerles a cada uno, también a sus familiares, además de lo que comen y beben en la función, un plato de cuanto se pone en la mesa, el cual se lo llevan a sus casas, y este obsequio llaman propina de la función”.
Por otra parte, introducida la esclavitud de negros africanos en nuestra tierra, apenas comenzada la conquista y colonización de la Isla, estos trajeron sus cantos y bailes, únicas diversiones que les estaban permitidas y les servían, en parte, de alivio y consuelo para rememorar la patria y familia lejanas, y de descanso y olvido a los trabajos y sufrimientos que padecían en su triste vida y condición.

Israel Castellanos, en su admirable trabajo Instrumentos musicales de los afrocubanos, dice que “en todo cargamento de negros africanos, cualquiera que fuese su procedencia, debió existir uno o más instrumentos músicos, típicos de la región de donde procedían la mayor parte de los africanos embarcados, para que la contemplación de los instrumentos y sus vibraciones influyeran favorablemente sobre el ánimo del castigo”.
Y Fernando Ortiz, nuestro máximo afrocubanista, en Los negros esclavos, afirma que a estos no solo se les permitía, como única expansión, el baile, sino que se llegaba a obligarlos a bailar, bajo la amenaza del látigo, ya en la cubierta del buque negrero, ya en los barracones y bateyes de las fincas de cultivo e ingenios de azúcar.
Los negros, además, formaron sus orquestas, ya con los instrumentos propios de su tierra —los tambores, el cajón, la marimba, las maracas, las campanas, los palitos y otros— y, con las condiciones excepcionales que tienen para la música, aprendieron a tocar los europeos, y con aquellos y estos instrumentos sus orquestas fueron y son las preferidas por los bailadores, no solo en la interpretación de piezas de origen africano, como el son, tan de moda hoy, sino también en los bailes europeos y criollos.
Ya dijimos que el baile más antiguo que en Cuba se puso de moda fue la contradanza, y el compositor que con más éxito la cultivó primero, según Sánchez de Fuentes, al que seguimos en este relato, fue Manuel Saumell, y después Ignacio Cervantes. Se conoce una contradanza intitulada San Pascual Bailón, que data de 1803.

Escuche una reconstrucción de “El conde Alarcos”
La siguiente grabación ofrece una reconstrucción aproximada para piano del fragmento visible de la partitura de El conde Alarcos. No corresponde a una interpretación histórica ni a una transcripción musicológica completa, pues algunas notas y valores rítmicos del documento original no se distinguen con absoluta claridad.
Vino después la danza, que la cultivarían, además de Saumell, Cervantes, Laureano Fuentes, Tomás Ruiz y otros. Corresponde su apogeo a los años de 1870 a 1880.
El danzón destronó a la danza y, aunque no en boga hoy, se toca aún, considerándose como uno de nuestros más típicos bailes, tal vez nuestro baile nacional, y existiendo en nuestros días criollos de pura cepa que lo defienden y propagan como reacción contra los bailes bárbaros importados de los Estados Unidos. Dice Sánchez de Fuentes que fue inventado el danzón por un músico de Matanzas, Miguel Faílde, que puede considerarse el primero que lo escribió.
Junto al danzón figuraban hasta hace poco el vals del país o vals tropical y la habanera, como los preferidos en las fiestas que, ya en casas particulares, ya en sociedades elegantes, ya en las de carácter público, se daban en nuestra Habana casi hasta los últimos años de la época colonial; pero, de todos esos bailes, solo ha subsistido el danzón, aunque amenazado de muerte por las modas que en bailes nos vienen de los Estados Unidos y Europa.
Como baile popular, más bien campesino, y puede decirse que desaparecido casi por completo, debemos recordar el típico zapateo, el baile nacional de nuestros guajiros, que ya no lo bailan y que era interpretado por el tiple, la bandurria, el […], el güiro.

Sánchez de Fuentes lo describe de esta manera:
“La pareja de bailadores se mueve con pasos cortos y taconeados, persiguiendo el mozo de cruda chamarreta y zapatos de baqueta a la hermosa trigueña que se contonea dentro de su almidonado vestido, cubriendo sus hombros con un vistoso pañuelo de color, cuyas puntas sostienen sus manos cuando baila”.
Fueron también bailes populares de nuestros campos la guajira y el punto y, por último, los netamente de origen africano: la rumba y el son, formando parte este último de los programas bailables de la sociedad elegante de nuestros días.
Antes de finalizar estos Recuerdos, vamos a dar, como datos interesantes, la relación de los bailes más espléndidos que se han dado en La Habana, recogida por De la Torre, y entre los que, dice él, figuran:
“En 1807, el del Almirantazgo —o sea, con motivo de haberse nombrado gran almirante a Godoy—, verificado en la Comandancia de Marina.
”El dado en 1807 por el almirante Filiberto Willoumet, a bordo del navío francés el Foudroyant —que llegó aquí desmantelado de un temporal que dispersó su escuadra—, en correspondencia a los que a él se le dieron. En 1810, en obsequio del general Someruelos, y en 1836, el del general Tacón, en la Alameda de Paula; otro dado en 1833 en el Palacio de la Audiencia, para la jura de S. M. Isabel II. El dado en 1838, en obsequio del príncipe de Joinville”.
Por último, el cronista Antonio de las Barras y Prado, en La Habana a mediados del siglo XIX, nos cuenta que, por el año de 1860, en que estuvo en La Habana, había bailes todos los domingos del año:

“En los salones de Escauriza, que es un café situado enfrente del Teatro Tacón y de la Alameda de Isabel II, y algunas veces los hay también en el café de la Bolsa; pero estos bailes, que cuando yo llegué a la Isla —1852— estaban animados por una concurrencia femenina que, si bien por su disfraz no podía analizarse, por su corrección demostraba que iba allí sujeta por sus parientes y allegados, hoy se ven frecuentados por mujeres públicas impúdicas y desenvueltas, que les han hecho perder todo el encanto de lo misterioso”.
Cita De las Barras como otros sitios de moda para bailes en aquella época los teatros de Tacón y Villanueva, en carnaval, y, en verano, los pueblos de temporada, como Guanabacoa, Puentes Grandes y Marianao.

De la duración de los bailes relata la curiosa costumbre de entonces:
“En los bailes cada danza dura, generalmente, una hora, pero hay algunos con doble personal de orquesta, cuyos músicos se van relevando insensiblemente, y dura la danza, sin interrupción, toda la noche, hasta el cañonazo del alba, que es la hora oficial de su terminación. Yo he visto algunas parejas bailar tres horas seguidas, sin parar ni un momento”.
Bibliografía
- Roig de Leuchsenring, Emilio (Cristóbal de La Habana). “Los bailes habaneros de otros tiempos”. Social, sección “Recuerdos de Antaño”, vol. XIII, núm. 3, marzo de 1928, pp. 49–52, 70.
- Menocal, Feliciana. “Índice general de El Plantel”. Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año III, núms. 1-4, enero-diciembre de 1961.
- Lo que fuimos y lo que somos o Ia Habana antigua y moderna, por José M. de la Torre, 1857.
- Hampa-afrocubana. Los negros esclavos, por Fernando Ortiz, 1916.
- Instrumentos musicales de los afrocubanos, por Israel Castellanos, 1927.
- La Habana a mediados del siglo XIX, por Antonio de Las Barras y Prado.
- Cabrera, Ramiro. “El Teatro y la Música Cubanos de Antaño”. Revista Social. Vol. VIII, núm. I, enero 1923, pp. 17, 57, 59
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