
La Estafa de la Dentadura en la Habana. El delincuente pertenece a una especie variopinta, con sus propios escalafones de importancia, establecidos según la magnitud de sus raterías y la imaginación desplegada para cometerlas. Algunos, de cuello blanco, roban casi protegidos por las leyes; otros lo hacen por simple oportunismo, y los más se apropian de lo ajeno buscando siempre la manera de trabajar lo menos posible, fieles partidarios del menor esfuerzo. Eso sí, no faltan quienes planean sus fechorías con precisión absoluta, imaginando escenarios inverosímiles en los que tienden sus trampas a una víctima confiada.
A esta última categoría pertenecía, sin duda, un individuo conocido por Vila, quien en mayo de 1934 puso en práctica una estafa tan original como desvergonzada. No se dedicaba a ofrecer empleos inexistentes ni a vender billetes premiados; tampoco recogía dinero para falsas obras benéficas. Su “bísne”1 consistía en descubrir, a simple vista y en plena calle, graves enfermedades dentales que solo él parecía capacitado para remediar.
El tal Vila le había echado el ojo a la dentadura postiza de Juan Francisco Serra Morales, de 34 años, vecino de la calle Primera, entre 7 y 8, en el reparto Buenavista, Marianao.
No sabemos cuándo ni por qué Serra había perdido los dientes, pero sí que, al menos en las páginas de sucesos, las “cosas malas” parecían ocurrirle en mayo. Seis años antes, un chófer de su mismo nombre completo —muy probablemente el mismo hombre— había aparecido en el Diario de la Marina después de atropellar con el automóvil número 5099 a un transeúnte en la esquina de Galiano y Ánimas.
Vila, haciéndose pasar por dentista, se acercó a Serra y, después de examinarle la boca con la autoridad de quien lleva años entre fórceps, coronas y molares, le comunicó una noticia alarmante: la dentadura estaba en malas condiciones y, de no arreglarla cuanto antes, terminaría provocándole una seria inflamación en el rostro.
Al mismo tiempo, el desconocido le propuso que, por una ínfima cantidad, se haría cargo del trabajo. Serra aceptó el negocio y Vila lo citó en un gabinete dental situado en la calle Amistad número 35.
Antes de que Serra llegara al lugar, Vila había preparado el asunto de tal manera que también engañó al verdadero dentista, el doctor Serre, haciéndole creer que llevaba a un cliente para que le quitara la dentadura, pues pensaba venderla.
Tan pronto llegó al gabinete —según contó Serra—, Vila lo hizo pasar al interior de la sala de consultas. Una vez que el doctor Serre le quitó la dentadura de oro, se la entregó al supuesto dentista para que se encargara de ella. Ni corto ni perezoso, y con la ensalivada dentadura en la mano, Vila se marchó del lugar.
Serra se fue confiado, probablemente convencido de que en poco tiempo recuperaría su dentadura reparada y evitaría aquella alarmante inflamación anunciada por el improvisado especialista. Sin embargo, cuando regresó al gabinete para preguntar por Vila, comprendió que había sido víctima de una estafa.
La víctima creía que el doctor retiraría la dentadura para que Vila la reparase. El doctor Serre pensaba que Serra deseaba desprenderse de ella y que Vila se encargaría de venderla. Y Vila, que era el único que conocía el negocio completo, esperó tranquilamente el momento de quedarse con la dentadura postiza, que además era de oro.
La desdentada víctima denunció el caso ante la Policía Técnica y declaró que la dentadura estaba valorada en 200 pesos, una suma considerable para la época.
La dentadura contenía, según hizo constar, cuarenta adarmes de oro de veinte quilates. Como un adarme equivalía aproximadamente a 1,79 gramos, la pieza pesaba alrededor de 71,6 gramos y contenía cerca de 59,7 gramos de oro puro. Tomando como referencia la cotización del 31 de julio de 2026, su valor metálico rondaría los 7.800 dólares estadounidenses, aunque un comprador de oro usado pagaría normalmente una cantidad menor.2
Las investigaciones indicaron que Vila había abandonado La Habana y se había marchado hacia Santa Clara, llevándose consigo la dorada dentadura y dejando tras de sí a una víctima sin oro, sin dientes y, seguramente, con pocas ganas de aceptar en lo adelante diagnósticos médicos ofrecidos durante una conversación callejera.
Así terminó, al menos para Juan Francisco Serra Morales, aquella novedosa variante de la picardía criolla que la prensa bautizó como “la estafa de la dentadura”.
A. Martínez.
Notas
- Crédito sugerido: Martínez, A. “Crónica negra: La Estafa de la Dentadura”. CubaMemorias.com, 1 de agosto de 2026.
- Historias y Leyendas de Cuba y el Mundo
- Bísne: voz coloquial cubana, adaptación fonética del inglés business, empleada con el sentido de “negocio” o actividad lucrativa. En este contexto adquiere además un matiz picaresco. ↩︎
- 40 adarmes × 1,79 g = 71,6 gramos de oro de 20 quilates. La RAE define el adarme como una antigua unidad equivalente aproximadamente a 179 centigramos. El oro de 20 quilates tiene una pureza de 20/24, es decir, aproximadamente 83,3 %. Por tanto, la pieza contendría unos 59,7 gramos de oro puro. El 31 de julio de 2026, el oro cotizaba alrededor de 4.060 dólares estadounidenses por onza troy, aproximadamente 130,58 dólares por gramo. 59,7 g × US$130,58 = unos US$7.790. ↩︎
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