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La leyenda del hombre-pez de Liérganes en Cantabria

07/02/2026 Por Almar Deja un comentario

La leyenda del hombre-pez de Liérganes en Cantabria
La leyenda del hombre-pez de Liérganes en Cantabria

La leyenda del hombre-pez de Liérganes. Es esta una tradición montañesa de Liérganes, municipio y localidad de la provincia de Cantabria, España.

La mitología popular mezcla en este caso hechos supuestamente reales del siglo XVII con elementos fantásticos. El texto propuesto incluye tres fuentes diferentes, las que ilustrativas de la historia permiten su mejor comprehensión:

La primera fuente es “El hombre-pez” y la aporta Carlos Vieyra de Abreu en sus Leyendas y tradiciones. La segunda ¿Existió el hombre pez de Liérganes? se reproduce desde la Revista La Montaña y consiste en un interesante texto de P. Feijóo. La tercera es un extracto de la obra “Los Hombres y los días. Entrevistas Literarias” de Alfonso Camín y en esta Antonio de Hoyos y Vinent discurre sobre el hombre-pez.

Si desea leer directamente la leyenda desde las letras del P. Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro1 puede hacerlo desde acá: La leyenda del hombre pez de Liérganes

es una leyenda muy conocida de la mitología popular de Cantabria (norte de España) que mezcla hechos supuestamente reales del siglo XVII con elementos fantásticos que se han transmitido durante siglos.

El Hombre Pez (Tradición montañesa) por Carlos Vieyra de Abreu.2

Así como jamás se extinguen en nuestra memoria los recuerdos de la primera edad, de esa edad en la que es un mito todo lo que después presenta real y descarnadamente á nuestros ojos la experiencia de los años póstumos, no se ha borrado, ni borrarse podrá de mi mente, el recuerdo de la agradable impresión que sentí en mi alma al pisar por vez primera la provincia de Santander.

Estaba acostumbrado á la casi no interrumpida perspectiva de los verdes prados, sembrados de amapolas y campanillas, en los que se destacaban agrupaciones de casitas blancas, muy blancas, adornadas de enredaderas y madreselvas, estaba acostumbrado á vivir entre flores, á aspirar el delicioso aroma de naranjos y limoneros, y á ver reflejarse en las cristalinas aguas del Guadalquivir el cielo diáfano de Andalucía, mi querido suelo nativo…

Estaba acostumbrado al panorama menos florido, pero no menos interesante, de nuestras costas africanas; había recorrido la mayor parte de nuestras provincias y admirado en ellas, ya los prodigios del arte, ya los de la naturaleza, y sin embargo, desde que ante mi vista se presentaron las accidentadas montañas de Reinosa, sus aldeas y sus valles, empezó á reflejarse en todo ello la Suiza soñada por mí, superior en belleza á la que escritores y artistas me habían hecho conocer.

Recuerdo que era una calurosa tarde del mes de Agosto la en que dejando el tren que me había conducido á Boó3, partía de este punto para Liérganes, acomodado lo mejor posible en una diligencia que acortaba rápidamente las distancias al deslizar sus ruedas por una carretera sombreada por las ramas de corpulentos álamos.

Durante el camino no cesaba de abrir, como dijo el ilustre Campoamor, unos ojos más grandes que la boca, para no perder ni el más pequeño detalle de aquel delicioso conjunto de bellezas que ante mi vista se presentaba.

Después de detenerse el coche breves instantes en Solares y en la Cavada, llegué á Liérganes á la vaga luz del crepúsculo vespertino, y deseoso de ver la que debía ser risueña alborada, renuncié á los placeres de Lúculo para rendir adoración á Morfeo.

Mi cuerpo y mi espíritu necesitaban descanso á la vez: el primero había soportado las molestias de un largo viaje, el segundo había experimentado infinitas sensaciones, y era preciso restablecer la normalidad para disponerlo á las nuevas impresiones que le esperaban tan luego como la luz del venidero día hiriese mis pupilas y me hiciera abandonar el lecho.

Desperté apenas comenzado el rayano día, y desde la ventana de mi habitación aspiré el aire embalsamado de las suaves brisas que susurraban juguetonas en los maizales y entre el tomillo y el romero, á la salida majestuosa del sol, que aparecía tras de elevadísimas montañas.

Las casas, esparcidas aquí y allá, de los habitantes del pueblo, el río Miera que, poco caudaloso en donde mi vista le distinguía saltaba y serpenteaba entre piedras y guijas, formando las aguas bulliciosas cascadas que, heridas por los rayos del sol, presentaban preciosos cambiantes.

En una margen el ganado vacuno, que tanto abunda en la montaña; en la otra las pesadas y chillonas carretas, que lentamente se dirigían á las eras; en la carretera de Santander pasiegas y pasiegos que iban á buscar la venta de los productos de su industria, que guardaban las primeras en el característico cuévano, y en todas partes esos rumores de aguas y aves que constituyen el poético concierto con que la naturaleza festeja á la naciente aurora.

A la margen derecha del Miera, más cercana de éste que de la carretera, y tocando sus ramas el alero del tejado de mi albergue, elévase una corpulenta encina, que seis hombres cogidos de las manos no podrían abrazar, y que por su frondosidad pudiera dar sombra á treinta de ellos. Al pie del indicado árbol había una piedra que servía como de asiento, y un tosco velador construido con troncos de arbustos.

Más tarde vine en conocimiento de que bajo aquéllas ramas había dedicado largas horas al estudio y á la meditación el varón insigne, el notable filósofo D. Jaime Balmes. Convidaba tanto aquel sitio á estar en él, que abandoné la ventana, y poco después ocupaba el asiento de la encina.

No tardó en venir á hacerme compañía el dueño de la casa en que me hospedaba, honradísimo vecino da Liérganes, que héroe por fuerza, ejercía tan á disgusto propio como á satisfacción de su consorte, la autoridad de alcalde del pueblo.

Tendría mi hombre como unos cincuenta años: era de estatura regular, más bien alto que bajo, de color moreno, de fuerte conplexión, ojos negros, pequeños, pero vivos y de penetrante mirada; el cabello, que usaba muy corto, era por su color gris, acusador, más que de los años, de una existencia consagrada á penosos trabajos que habíanle anticipado los signos externos de la vejez.

Su carácter era franco: un tanto rudo en la frase, pero agradable en el trato; y más reflexivo que impetuoso, sabía sobrellevar con cierta calma el sinnúmero de sinsabores que el caciquismo del pueblo le proporcionaba.

Vestía el traje propio del país, con exclusión de la boina y de la faja. Reemplazaba á la primera un sombrero de tamaño más que mediano y de alas bastante anchas.

— ¡Cómol — dijo apenas se acercó á mí — ¿tan temprano y ya usted levantado? No creía yo que fuera usted tan madrugador.

— La vida del campo — le contesté — me enamora, y uno de los atractivos más grandes que para mí tiene es la alborada.

— Según eso, ¿ya hace rato que se levantó usted?

— Al rayar el día. Por cierto que todo esto me parece delicioso, y que de buen grado me pasaría aquí larga temporada.

— Para mí — replicó el alcalde — no hay nada tan hermoso. Es verdad que como le tengo tanto cariño á este pueblo, usted perdonará si exagero.

— No hay tal; yo creo que aun juzgado con pasión, siempre se quedaría usted corto en alabanzas. Dígame usted:

— ¿Qué conjunto de casas es aquel que hay en la parte Sur?

— La villa de Miera, donde hacen muy ricos quesucos, como dicen en el país, y este río que corre á nuestro lado lleva el mismo nombre que la villa — me dije señalando á la corriente que se deslizaba al pie de los juncos, que crecían hasta el asiento de la encina.

— ¿Y el de más allá? — ¿Eso? Otra villa que se llama de San Roque. — ¿Y aquel pueblecito que confusamente se divisa al Este? — Río Tuerto. — ¿Y ese camino que, más que carretera, alameda parece? — Pues por ese ha venido usted; es el camino de la Cavada, muy célebre, porque ha tenido, allá en tiempos de Carlos III, una fábrica de cañones y…

El alcalde quise demostrarme, sin duda, con esa respuesta, que era hombre erudito, y seguramente hubiérase extendido en detalles si yo no le hubiese interrumpido con una nueva pregunta.

— Diga usted, alcalde — ¿cómo consiente usted que esos chiquillos — y señalé á varios que, descalzos y con les pantalones remangados por encima de las rodillas se metían en las aguas del Miera — arrostren el peligro de la corriente. Podría costarles la vida esa imprudencia.

— Ca, no señor; no tenga usted cuidado — me contestó. — En primer lugar, en la época en que estamos no es fácil que aumente sus aguas este río, y más en el año presente en que las lluvias no han sido tan abundantes como en el pasado; luego, esos muchachos son los más listos pescadores de truchas, de las que hay ahí muchas y buenas, y además todos ellos nadan como peces. ¡Como que esta es la tierra del hombre pez!

— ¿Del hombre pez? — le dije, manifestando sin duda alguna extrañeza en mi interrogación. — ¿Qué? ¿No conoce usted su historia? — me contestó. — No, por cierto, y tendría gusto en saberla.

El alcalde sacó del bolsillo interior de su chaqueta una gran petaca de cuero, lió un cigarro, me lo brindó, y una vez que hizo otro para él, comenzó de esta manera su relación:

— Pues va usted á conocer la historia del hombre pez tal como debe ser, porque de buena tinta la sé yo; como que me la ha contado la misma doña Antonia.

— ¿Y quién es esa doña Antonia? — le interrumpí. — Pues una señora muy anciana que vive en el palacio y tiene mucho saber.

No eché en saco roto la referencia, por si la relación merecía la pena de ampliar detalles al inquirir informes; pero quedéme un tanto admirado de que existiese un palacio en Liérganes, donde á la simple vista se apercibía claramente que dos solos edificios contarían de altura más de doce metros: la iglesia y la fonda del establecimiento balneario.

— Pues en este pueblo vivía hace muchos años una mujer viuda, llamada María del Casar, con cuatro hijos; uno de ellos era muy aficionado á estar siempre en el agua, más aún que esos que han llamado la atención de usted.

Llamábase el muchacho Francisco de la Vega y Casar; era bastante listo, pero abandonaba todas sus ocupaciones para zambullirse en el río, en el cual pasaba horas y horas.

Desesperada la madre, lo encontró un día al tiempo en que dejando las ropas en la orilla, se disponía á darse uno de los baños que solía. Le llamó, le advirtió que le castigaría duramente si se metía en el agua, y viendo que nada conseguía, le maldijo diciéndole: “Así te vuelvas pez”.

María se fué á su casa llorando. Esperó por la tarde á su hijo y éste no apareció. Así pasaron seis años.

Todos los vecinos estaban en la creencia de que Francisco habría perecido ahogado; pero no fué así: un día, al recoger las redes que tenían tendidas unos pescadores en Cádiz, encontró uno en ellas á Francisco.

Lo llevaron á tierra, y allí pudieron observar que su cuerpo estaba cubierto de escamas, y las uñas estaban gastadas como comidas por el salitre. Se le habló en varias lenguas y á nada respondía Sólo pronunció el nombre de este pueblo, de donde vinieron todos en conocimiento que debía ser de él; pero nada más añadió: había perdido el habla.

Si le daban de comer, comía; y si no, se pasaba sin comer. Lo trajeron á Liérganes unos frailes, y aquí vivió con su madre y sus hermanos unos nueve años, dedicado á llevar cartas de un pueblo á otro, cosa que hacía con toda exactitud, pues si le daban respuesta, cuidadosamente entregaba ésta á quien debía.

En una ocasión tuvo que llevar un pliego á á Santander, y en vez de embarcarse en Pedreña se echó al agua y se fué nadando, volviendo del mismo modo. En uno de estos viajes desapareció, y desde entonces nada sa ha vuelto á saber de él.

Aquí tiene usted la historia del hombre pez, que ha dejado mucha fama, y que no hay habitante de este pueblo que no la sepa de memoria.

Cuando vaya usted á la iglesia, antes de pasar un puentecito, que está frente al camino de la fonda, fíjese usted en unas cuantas piedras que hay á la izquierda; allí estuvo la casa de la madre de Francisco, y allí vivió éste.

Parecióme peregrina la historia, como me dijo el buen alcalde del hombre pez, y recordando á la señora del palacio, me propuse ofrecerla mis respetos y averiguar algo más explícito acerca del suceso, que de ser cierto resultaría curioso y sin ejemplo…

Y para no seguir esta fatal costumbre que en Madrid nos domina de dejarlo todo para el mañana, que llega á veces tarde, y á veces nunca, me despedí del alcalde y me dirigí hacia la morada de doña Antonia, después de haber preguntado al narrador la situación del palacio, que tenía vehementes deseos de conocer.

Tuve que atravesar el puentecillo de que me había hablado el alcalde; ví efectivamente las ruinas de una que debió ser mezquina vivienda, por más que eran tan escasos los restos y tan informe aquel montón formado por piedras y ladrillos, que nada acusaba qué clase de fabricación había existido allí, si casa, si establo ó cerca.

Nada pude averiguar sobre esto, y con mi curiosidad me quedé en este detalle.

¡Muchacho! — dije deteniendo el paso de uno que á mi encuentro hallé — ¿voy bien para ir al palacio? El interrogado se quitó la boina con el mayor respeto, y señalando con su mano pequeña, me dijo:

— Sí, señor; siga usted todo derecho, y al llegar á aquella casa, tuerza á la mano derecha. Verá usted entonces una casa muy grande; ese es el palacio de doña Antonia.

— Gracias, adiós — y seguí, pensando en el hombre-pez, en doña Antonia, tan popularmente conocida, y en su palacio, tan admirado por todos.

Poco espacio tuve que recorrer para llegar al fin del camino; encontréme ante una casa de extenso frontis, de dos solos pisos, de construcción antiquísima; había un derroche de piedra en la fachada. Sobre la puerta de entrada, que era bastante grande y de arquitectura más propia de castillo señorial que de casa, se destacaba un escudo de armas, y alrededor de éste una inscripción tan maltratada por el tiempo, que estaba ininteligible.

Llamé con el pesado aldabón que colgaba de la puerta, la cual, por su herraje, demostraba pertenecer á la época en que el edificio fué construído, y á poco sentí pasos; el cerrojo rechinó al ser movido y la puerta giró sobre sus goznes, que, poco usados, produjeron un ruido semejante al de las pesadas carretas que veía pasar desde el asiento de la encina.

Expuse á la joven montañesa que me recibía mi deseo de ver á doña Antonia, y poco después, atravesando amplios salones, me hallé en presencia de la dueña de aquella vetusta morada.

Frisaría la señora en cuestión en más de setenta eneros. Era baja, de regulares carnes, de mirada que no había apagado la nieve de los años; su cabello era blanco, su voz dulce, sus maneras distinguidas.

Cuando se enteró de mi relato del hombre pez, tal como la escuché de labios del alcalde, deseosa de corregir los errores con que la tradición popular había llegado á mis oídos, dióme para su lectura un discurso del sabio padre Feijóo que se titula Examen filosófico de un suceso peregrino de estos tiempos, en cuyo discurso encontré detallada la mencionada narración, y corregida en efecto.

Según el padre Feijóo asegura, Francisco no desapareció en las aguas del Miera, sino en las de la ría de Bilbao, en 1674, en cuya villa se dedicaba al oficio de carpintero.

Apareció, ciertamente, en las aguas de Cádiz cinco años después, en el de 1679, y cuando fué recogido por los pescadores, si bien observaron en el que desde entonces se llamó el hombre pez, un estado de insensibilidad absoluta, no le vieron en su cuerpo escama alguna.

La acción del agua sólo se conocía en las uñas; conservaba su color, que era blanco, y el pelo rubio y corto cual si empezara á nacer. Cuando lo llevó á su pueblo un franciscano llamado fray Juan Rosende, hizo una vida rarísima, pues obedecía dócilmente á todo, manifestando penetrabilidad, pero sin ejercer sus funciones la voluntad ni el sentimiento.

El padre Feijóo asegura, además de lo expuesto, que todo ello ha sido perfectamente exacto, y que aún puede atestiguarlo, porque los informes proceden de personas tan respetables como el marqués de Valbuena, D. Gaspar Melchor de la Riva Agüero, caballero del hábito de Santiago, que vivía en Gajano, inmediato á Liérganes, y D. Pedro Dionisio de Rubalcaba, natural de Solares.

He aquí la historia del hombre pez, una de las muchas tradiciones montañesas que pasan de padres á hijos y que constantemente se refieren por unos y otros á los que, como yo gustan, al visitar un pueblo, no sólo conocer las bellezas que la naturaleza le ha dado, si no sus usos, sus costumbres y sus tradiciones, pues de otra suerte sería conocerlo á medias.

No será este el único recuerdo que evoque y trace en el papel; pues repito que la montaña me inspira un particular afecto, y sus cumbres de granito, sus valles, sus cascadas, sus maizales, sus costas, sus playas y las olas del Cantábrico son para mí inolvidables como lo es la encina de Liérganes, desde cuyas altas ramas regalaba mis oídos la alegre banda de jilgueros, en tanto que mi mente vagaba por el inmaterial mundo de lo ideal.

— De la pluma de Carlos Vieyra de Abreu “El Hombre Pez (Tradición Montañesa)” además de publicarse en Las Leyendas y Tradiciones (1901) aparece igualmente esta historia en la Revista La Ilustración Española correspondiente a 1884 (N. del E.).4

¿Existió el hombre pez de Liérganes?5

En atenta carta se nos hace esta pregunta. Y afirmativamente podemos contestar que sí, que el hombre pez de Liérganes, existió.

Pero, prescindiendo de razonamientos propios y de cuantos datos y noticias poseemos sobre el particular vamos a dejar que hable de ese asunto el sabio P. Feijóo, quien en el tomo VI de su famoso Teatro Crítico, discurso VIII, se expresa así:

Examen philosophico de un peregrino suceso de estos tiempos.

DISCURSO VIII

I

1 — El caso que dá materia a este Discurso, es tan estraño, tan exorbitante del regular orden de las cosas, que no me atreviera a sacarle a luz en este Theatro, y constituirme fiador de su verdad, a no hallarle testificado por casi todos los moradores de una Provincia, de los quales muchos, que fueron testigos oculares, y dignos de toda fé, aún viven hoy.

La noticia se difundió algunos años há a varias partes de España debaxo de la generalidad, que un Mozo, natural de las Montañas de Burgos, se havía arrojado al mar, y vivido en él mucho tiempo, como pez, entre los peces:

Y confieso, que entonces no le dí asenso, de que no estoy arrepentido, pues fuera ligereza creer un suceso de tan estraño carácter, sin mas fundamento, que una voz pasagera.

Añadiase, que esto havia sido efecto de una maldición, que sobre dicho Mozo havia fulminado su madre; pero esta circunstancia fué falsamente sobrepuesta a la verdad del suceso, como verémos despues.

2 — Despreciada, pues, como una de tantas vulgares patrañas, se quedó para mí aquella noticia; hasta que, havrá cosa de tres meses, un amigo de mi mayor veneracion, у afecto, me impelió a publicarla en mis Escritos, como digna de la curiosidad, y admiración del Público, asegurandome al mismo tiempo en algún modo de la realidad de ella como quien la tenia de dos sugetos, que havian conocido, y tratado al mencionado Mozo, despues de restituído del mar a su tierra.

Pero juntamente me prevenia, que pues me hallaba vecino al País de donde aquel era natural, solicitase noticias mas puntuales que las que él me podía comunicar.

Para cuyo cumplimiento, mi primera diligencia fue informarme de algunos Montañeses de distincion, residentes en esta Ciudad, los cuales unanimes depusieron de la verdad del hecho, como de notoriedad indubitable en su País; pero en quanto a las circunstancias, que por la mayor parte ignoraban, me ofrecieron inquirirlas de personas de su conocimiento, y satisfaccion, naturales del mismo Territorio, que havia sido Patria del sugeto de ésta historia.

En efecto lo executaron asi, y dentro de pocos dias logré una cabalisima descripcion del suceso, remitida por el Señor Marqués de Valbuena, residente en la Villa de Santandér, a diligencia del señor Don Joseph de la Torre, dignisimo Ministro de su Magestad en ésta Real Audiencia de Asturias; la qual es como se sigue, copiada al pie de la letra.

La leyenda del hombre pez de Liérganes

3 — En el lugar de Liérganes de la Junta de Cudeyo Arzobispado de Burgos, distante dos leguas de la Villa de Santandér ázia el Sudueste, vivian Francisco de la Vega y María del Casar su muger, vecinos de dicho lugar, los quales tuvieron en su matrimonio quatro hijos, llamados Don Thomás, (que fué Sacerdote) Francisco, Joseph, y Juan, que vive todavía, de edad de setenta y quatro años.

4 — Viuda dicha María del Casar, embió al referido hijo Francisco á la Villa de Vilbao á aprender el oficio de Carpintero, de edad de quince años, en cuyo exercicio estuvo dos años, hasta que el de 1674. haviendo ido á bañarse la vispera de San Juan con otros mozos á la Ria de dicha Villa observaron estos se fue nadando por ella abaxo, dexando la ropa con la de los compañeros.

Y creyendo volvería, le estuvieron esperando, hasta que la tardanza les hizo creer se havia ahogado, y asi lo participaron al Maestro, y éste a su madre María del Casar, que lloró por muerto á dicho su hijo Francisco.

5 — El año de 1679. se apareció á los Pescadores del Mar de Cádiz, nadando sobre las aguas, y sumergiendose en ellas a su voluntad, una figura de persona racional, y queriendo arrimarsele, se les despareció el primer dia;

Pero dexandose vér de dichos Pescadores el siguiente, y experimentando la misma figura, y fuga, bolvieron a tierra contando la novedad, que haviendose divulgado, se aumentaron los deseos de saber lo que fuese, y fatigaron los discursos en hallar medios para lograrlo;

Y haviendose valído de redes, que circundasen á lo largo la figura, que se les presentaba, y de arrojarle pedazos de pan en el agua, observaron, que los tomaba, y comía, y que en seguimiento de ellos se fue acercando a uno de los Barcos, que con el estrecho del cerco de las redes le pudo tomar, y traher a tierra; en donde haviendo contemplado éste, que se consideraba monstruo, le hallaron hombre racional en su formación, y partes;

Pero hablandole en diversas Lenguas, en ninguna, y á nada respondia no obstante haverle conjurado por si le poseía algun Espiritu maligno, en el Convento de San Francisco donde paró; pero nada bastó por entonces, y de allí á algunos dias pronunció la palabra Liérganes; la que ignorada de los mas, explicó un mozo de dicho Lugar, que se hallaba trabajando en la referida Ciudad de Cádiz, diciendo era su Lugar, que estaba situado en la parte arriba mencionada;

Y Don Domingo de la Cantolla Secretario de la Suprema Inquisicion era del mismo Lugar; con cuya noticia un sugeto, que le соnocia, le escribió el caso; y Don Domingo le comunicó a sus parientes de Liérganes, por si acaso havia sucedido allí alguna novedad, que se diese la mano con la de Cadiz.

Respondieronle, que nada havia mas, que haverse desparecido en la Ria de Vilbao el hijo de Maria del Casar, viuda de Francisco de la Vega, que se llamaba también Francisco, como su padre; pero que havia años le tenian yá por muerto.

Todo lo qual participó Don Domingo a su correspondiente de Cadiz, que lo hizo notorio en el referido Convento de San Francisco, donde se mantenia.

6 — Estaba a la sazon en el expresado Convento de San Francisco un Religiosos de dicha Orden, llamado Fr. Juan Rosende, que havia venido por aquel tiempo de Jerusalén, y andaba pidiendo por España limosna para aquellos Santos Lugares;

Y enterado de la parte donde caía Liérganes, y familiarizadose al Mozo, que havia parecido en el mar, y discurriendo si acaso fuese de dicho Liérganes, segun la relacion de Cantolla, resolvió llevarle consigo en su postulacion, que haviendola rematado ázia la Costa de Santandér, fué al expresdao Lugar de Lierganes el año de 1680.

Y llegado al monte, que llaman la Dehesa, un quarto de legua de dicho Pueblo, le dixo al Mozo que fuese delante guiando, quien lo executó puntualmente, y fue derecho a la casa de dicha Maria del Casar; la que imediatamente que le vió, le conoció, y abrazó, diciendo:

Este es mi hijo Francisco, que perdi en Vilbao,y los hermanos Sacerdote, y Seglar, que estaban allí executaron lo mismo con grande regocijo; pero el expresado Francisco ninguna novedad, ni demostracion hizo mas que si fuera un tronco.

7 — Fr. Juan Rosende dexó este Mozo en casa de su madre, en la que estuvo nueve años con el entendimiento turbado, de manera, que nada le inmutaba, ni tampoco hablaba más, que algunas veces las voces de Tabaco, pan, vino, pero sin proposito.

Si le preguntaban si lo queria, nada respondía; pero si se lo daban, lo tomaba, y comía con exceso por algunos días, mas después se le pasaban otros sin tomar alimento.

8 — Si alguno le mandaba llevar algún papel de un Pueblo a otro, de los que sabia antes de irse, lo hacía con gran puntualidad, dándole al sugeto a quien le encargaban, y conocia; y trahia la respuesta, si se la daban, con cuidado; de manera, que parece entendia lo que se le decía; pero él por sí nada discurría.

9 — En una ocasión entre otras, que un sugeto de Liérganes le embió a Santandér con papel para otro, siendo preciso pasar la Ría, que tiene mas de una legua de ancho, y para eso embarcarse en el sitio de Pedreña, no hallando allí barco se echó al agua, y salió en el muelle de Santandér, donde le vieron muchos mojado, y el papel que trahía en la faldriquera, el que entregó puntualmente al sugeto, a quien venía dirigido, el qual preguntandole, que cómo le havia mojado, nada respondió, y bolvió la respuesta a Liérganes con su regular puntualidad.

10 — Era de estatura de seis pies, poco mas, o menos, corpulencia correspondiente, y bien formado; el pelo rojo, corto, como si le empezára á nacer, el color blanco; las uñas tenia gastadas, como si estuvieran comidas de salitre. Andaba siempre descalzo. Si le daban vestido le ponia; si no, el mismo cuidado tenia de nadar desnudo, que descalzo.

11 — Si le daban de comer, tomaba, y comía todo lo que fuese; si no, tampoco lo pedia: de suerte, que parecia una cosa inanimada para discurrir, y animada para obedecer, у mudo para hablar, menos las palabras arriba expresadas que pronunciaba tal vez, pero sin propósito, ni concierto; lo que puedo asegurar, por haverle conocido.

12 — Quando era muchacho, tenia gran inclinacion á pescar, y estár en el Rio, que passa por dicho Lugar de Liérganes, y era gran nadador. En dicha edad tenía las potencias regulares.

13 — Todo lo que viene referido es la verdad del hecho, según relacion de sus hermanos, el Sacerdote Don Thomás, y Juan, que vive; y todo lo que se sepáre de éste hecho, es falso, como lo es el decir que tenia escamas en el cuerpo, y que este prodigio procedió de una maldición que le echó su madre.

14 — En esta disposición se mantuvo en casa de su madre, y en este País el expresado mozo Francisco de la Vega, por espacio de nueve años, poco mas, o menos, y después se desapareció, sin que se haya sabido mas de él; aunque dicen, quе poco despues le vió en un Puerto de Asturias un hombre de la vecindad de Liérganes; pero carece de fundamento.

II

15 — Hasta aquí la relacion remitida por el señor Marqués de Valbuena, la qual poco despues fue confirmada en un todo por Don Gaspar Melchor de la Riba Agüero, Caballero del Avito de Santiago, vecino del Lugar de Gajano, distante de Liérganes cosa de media legua, en respuesta a su yerno Don Diego Antonio de la Gándara Velarde, residente en esta Ciudad, que tambien me hizo el favor de solicitar el informe de aquel Caballero, el qual en su carta afirma haver tenido algunas veces en su casa, y dado de comer al sugeto de ésta historia.

Así me la confirmó toda otro Caballero llamado Don Pedro Dionysio de Rubalcava, natural del Lugar de Solares, proximo a Liérganes, que tambien trató muy de intento á nuestro Nadante; y á éste, en orden a la circunstancia de las escamas, debí la individuacion, de que quando llegó a Liérganes, tenia algunas sobre el espinazo, y como una cinta de ellas desde la nuez al estomago; pero á poco tiempo se le cayeron.

Don Gaspar de la Riba dice en su relacion, que en algunas partes del cuerpo tenia el cutis áspero, al modo de lija.

Con estas dos últimas advertencias se concilia el aparente encuentro de las noticias en orden a las escamas. Los que le vieron en su arrivo a Santandér, pudieron afirmar con verdad, que las tenía, porque de hecho las tenia entonces; y los que le vieron después, afirmaron tambien con verdad, que no las tenia, porque ya se le havian caído. Tambien algunos equivocarían el cutis áspero de algunas partes de su cuerpo, con piel escamosa.

16 — Este prodigioso caso abre campo a algunas curiosas dudas, y reflexiones, en cuya consideración, aunque la principal conjetura, que fundarémos en él, pertenece en parte a la materia del Discurso pasado, por no alargarnos mucho en él, le hemos reservado para formar sobre él distinto Discurso.

17 — Verdaderamente es cosa lastimosa, que nuestro Nadante hombre perdiese el úso de la razon, no solo mirandolo como fatalidad suya, mas tambien como pérdida nuestra, y de todos los curiosos; pues si éste hombre huviese conservado el juicio, y con él la memoria, quántas noticias, en parte útiles, y en parte especiosas, nos daría, como fruto de sus maritimas peregrinaciones!

Quantas cosas, ignoradas hasta ahora de todos los Naturalistas, pertenecientes a la errante República de los Peces, podríamos saber por él! El solo podia haver exactamente averiguado su forma de criar, su modo de vivir, sus pastos, sus transmigraciones, y las guerras, o alianza de especies distintas.

Qué bien explorados tendría los lechos de varios Mares, Oceano nuevo dentro del mismo Oceano, y fondo sin suelo, respecto de innumerables especulaciones philosophicas, yá por las plantas, que en él nacen, yá por las materias, que en él se juntan, yá por las inmutaciones, que en él reciben, yá por las fuentes, y rios, que en él brotan, yá por las cavernas que reciben las mismas aguas marítimas, para transportarlas a lugares distintisimos, yá por otras mil cosas!

Pero lo que mas de cerca pica la curiosidad philosophica, y lo que solo por el mismo hombre podía saberse, son algunas circunstancias del mismo hecho; cómo se acomodó éste hombre tan repentinamente a un genero de vida en todo tan diverso del que en tierra havia tenido; cómo se alimentaba en el Mar; si dormía algunos intervalos; hasta quánto tiempo sufria la falta de respiracion: cómo se evadia de la voracidad de algunas bestias marinas, etc.

18 — Si tuviesemos alguna seña positiva de que el caso havia sido milagroso; por un camino, aunque no muy real, muy trillado, evadiriamos todas estas dificultades. Recurrir en los embarazos de la Philosophia al extraordinario poder de la Deydad, es hacer lo que Alexandro, cortar con el acero el nudo, que no puede desatar el discurso.

La voz que corrió por España, de que la infelicidad del pobre Francisco provino de una maldición de su madre, justificaría dicho recurso, si fuese verdadera; pero aquella voz fue hija de la ignorancia de los límites hasta donde puede estenderse la Naturaleza, y del comun prurito de tocar á milagro en todo extraordinario acontecimiento.

Todas las Relaciones fidedignas, que con mi diligencia, y la de mis Amigos he adquirido están conformes en que no huvo tal maldicion, ni otra circunstancia alguna por donde pueda colegirse que salió de los terminos de natural el suceso.

El hombre pez por Antonio de Hoyos y Vinent desde Alfonso Camín.6

— Digame usted algo sobre el hombre-pez.

—Según el historiador que recogiera los datos en la Biblioteca de Babilonia, el primer año de la Creación surgió del mar Eritreo un animal dotado de razón. Era un monstruo, a la vez hombre y pez. Tenía cabeza de hombre bajo la de pez. De su cola de pez salían pies de hombre, y hablaba un lenguaje humano.

Llamábase Oannes (claro que cabe creer que en épocas de credulidad tratábase de un hombre con un a modo de disfraz). Vivía durante el día entre los hombres; luego, a la hora del anochecer, volvía al mar y allí pasaba la noche.

Pero no es éste el solo mito del hombre-pez. Los celtas hablaban de unos primeros pobladores que poseían un perfecto sistema filosófico. Eran los Patriarcas Ofitas; de ello háblase en Vasconia, Cantabria, Asturias y Galicia.

Y aun hay otro caso de hombre-pez en la leyenda vizcaína del Monje de Izaro. En Liérganes, pueblecito de la costa cantábrica, todavía se cuenta, llegando la leyenda por toda la provincia de Santander, que un hijo de la región vivió varios años en el agua; su cuerpo se cubrió de escamas, y pies y manos tomaron forma de aletas natatorias.

Hoyos y Vinent me lleva a través de los amplios salones de muses de su hidalgona casa con un rancio aroma de señorío. En el sereno mirar se mezcla la ironía y el misticismo…

Bibliografía y notas

  1. Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro. (Orense, 8 de octubre de 1676 – Oviedo, 27 de septiembre de 1764) fue un religioso benedictino, ensayista y polígrafo español. https://es.wikipedia.org/wiki/Benito_Jer%C3%B3nimo_Feijoo ↩︎
  2. Vieyra de Abreu, Carlos. “El hombre pez. Tradición montañesa”. Leyendas y tradiciones. Madrid: Tipografía de Alfredo Alonso, 1901, pp. 85-100. ↩︎
  3. Probablemente el autor se refiera a Boo de Piélagos en la provincia de Cantabria, España. https://es.wikipedia.org/wiki/Boo_de_Pi%C3%A9lagos ↩︎
  4. Vieyra de Abreu, Carlos. “El Hombre-Pez (Tradición Montañesa)”. Revista La Ilustración Española. Año XXVIII, núm. XXXIV, 15 de septiembre de 1884, pp. 154-155 ↩︎
  5. “¿Existió el hombre-pez de Liérganes?”. Revista La Montaña. Año II, núm. 18, 5 de mayo 1917. ↩︎
  6. Camín, Alfonso. “Antonio de Hoyos y Vinent”. Los hombres y los días. Madrid, 1927, p. 129. ↩︎
  • Historias y leyendas de Cuba y del Mundo

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