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Mercedes Matamoros: poesía, adversidad y reconocimiento

29/09/2026 Por Almar Deja un comentario

Mercedes Matamoros, retrato publicado en El Fígaro en 1906
Mercedes Matamoros. Retrato de Javier G. Salas publicado por El Fígaro en 1906.

Mercedes Matamoros y del Valle ocupa un lugar singular en la poesía cubana de las últimas décadas del siglo XIX. Traductora, articulista y poeta, su obra se movió desde las formas románticas de juventud hacia una expresión cada vez más personal, hasta alcanzar en El último amor de Safo uno de los momentos de mayor intensidad erótica de la lírica femenina cubana de su tiempo.

Su existencia, sin embargo, estuvo marcada por un fuerte contraste entre reconocimiento literario y dificultades materiales. Admirada por escritores y periodistas, relacionada con algunos de los principales círculos intelectuales de La Habana y Guanabacoa, terminó dependiendo en distintos momentos del auxilio de amigos y asociaciones profesionales. Ese contraste contribuyó después de su muerte a crear alrededor de Mercedes una imagen de poeta desdichada que, aunque no carecía de fundamento, simplificaba una vida mucho más compleja.

De Cienfuegos a La Habana

María de las Mercedes Matamoros y del Valle nació en Cienfuegos el 13 de marzo de 1851. Durante años numerosas semblanzas y repertorios fijaron erróneamente su nacimiento en 1858. La fecha correcta consta en su partida de bautismo, conservada en el libro 7 de la parroquia del Sagrario de la Catedral de Cienfuegos y reproducida en 1955 por Rafael Nieto y Cortadellas.

Bautismo: parroquia del Sagrario de la Catedral de Cienfuegos, folio 8 vuelto, libro 7.

Al margen: “N.º 477 — María de las Mercedes Matamoros”.

Transcripción:

“En doce de Julio de mil ochocientos cincuenta y uno; Yo Don Antonio Loreto Sánchez Pbro. Cura Beneficiado por S. M. de la Yglesia Parroquial de la Purísima Concepción de Cienfuegos en ella y su jurisdicción Vicario Ecco. por S. E. I. bauticé solemnemente y puse los santos óleos a una niña que nació el trece de Marzo próximo pasado, hija legítima de Don Dionisio V. Matamoros y de Doña María del Carmen del Valle naturales el primero de la ciudad de la Habana y la segunda de esta feligresía: Abuelos paternos Don Dionisio María y Doña María de las Mercedes Roig: maternos Don Fernando y Doña Francisca Cuesta; en dicha niña ejercí las sacras ceremonias y preces y le puse por nombre María de las Mercedes Dolores Leandra: fueron sus padrinos D. Agustín Díaz de Villegas y Doña Francisca Amador a quienes advertí el parentesco espiritual y demás obligaciones y lo firmé = Ant.º L. Sánchez” (rúbrica).

La partida establece además que fue bautizada el 12 de julio de 1851 y permite conocer su nombre bautismal completo: María de las Mercedes Dolores Leandra.

Quedó huérfana de madre siendo niña y se trasladó con su padre, Dionisio Matamoros, a La Habana. Salvador Salazar señalaba en 1929 que recibió una educación esmerada en el colegio del Sagrado Corazón y que desde muy joven mostró facilidad para las letras. Todavía adolescente comenzó a publicar artículos de costumbres y folletines en la prensa habanera.

Utilizó el seudónimo “Ofelia”, que Domingo Figarola-Caneda documentó posteriormente asociado a sus colaboraciones en El Triunfo de La Habana. La referencia es especialmente interesante porque la propia figura de Ofelia —la joven trágica de Shakespeare— parece anticipar algunos de los símbolos de amor, dolor y muerte que atravesarían después su poesía.

Mercedes Matamoros de cuerpo entero hacia 1880
Mercedes Matamoros en 1880. Retrato reproducido por El Fígaro en 1906.

Con el inicio de la Guerra de los Diez Años su presencia pública disminuyó notablemente. Las fuentes biográficas posteriores interpretaron aquel silencio como una decisión patriótica. Terminada la contienda, Mercedes reapareció en la prensa y se hizo especialmente conocida por sus traducciones de poesía inglesa, francesa y alemana.

Salazar situaba en 1879 sus versiones de Byron, Longfellow y André Chénier publicadas en El Triunfo, a las que se sumarían traducciones e imitaciones de Thomas Moore, Wordsworth, Vigny, Tennyson, Goethe, Schiller y otros autores.

No fue, sin embargo, únicamente traductora. En esos años comenzaron a circular composiciones propias que fueron consolidando su reputación. En 1884 La Luz del Porvenir, de Güines, publicó su balada “La mejor lágrima”, cuyo desenlace transforma la compasión hacia un esclavo castigado en el motivo moral de la composición. Dos años después la misma publicación dio a conocer “A un águila”, poema en el que el ave se convierte en símbolo de elevación espiritual y libertad.

La muerte del esclavo

Entre las composiciones de aquella primera etapa destaca “La muerte del esclavo”, uno de los sonetos más conocidos de Mercedes Matamoros.

En catorce versos describe la muerte de un esclavo fugitivo perseguido por mastines y todavía acosado, incluso en su agonía, por el recuerdo del látigo. El soneto culmina con una afirmación inequívoca:

“¡Atleta del dolor, descansa al cabo!
Que el que vive en la muerte nunca llora,
¡y más vale morir que ser esclavo!”

Salvador Salazar lo consideró una composición nacida en el clima inmediatamente posterior al Pacto del Zanjón y vio en ella tanto la piedad de Mercedes como una censura contra el dominio colonial. Lo situó entre las primeras composiciones originales de su reaparición literaria tras la guerra.

La fecha exacta del poema, sin embargo, merece cautela.

Carlos M. Trelles lo registró posteriormente como “La muerte del esclavo. Soneto. ¿1878?”, colocando expresamente el año entre interrogantes. La publicación más temprana que por ahora hemos podido documentar con seguridad corresponde a 1881, cuando apareció en el Álbum milanés, editado por José Jacinto Milanés.

Existe además una referencia moderna según la cual el poema habría sido presentado a un certamen de Matanzas y no habría recibido el premio por “razones de prudencia”, aunque el jurado lo consideraba superior. Esa versión remite a las gacetillas de El Triunfo de los días 9 y 10 de octubre de 1878.

La consulta directa de esos ejemplares no ha permitido confirmar la noticia. Tampoco aparece en los números inmediatamente próximos revisados ni en los correspondientes días de 1879; y el certamen poético celebrado en Matanzas el 8 de octubre de 1879 tampoco incluye a Mercedes Matamoros ni a La muerte del esclavo. Hasta que aparezca la fuente primaria correspondiente, resulta más prudente no presentar aquel episodio como un hecho demostrado.

Lo que sí resulta indudable es la importancia que el poema adquirió posteriormente. Salvador Salazar volvió a reproducirlo íntegramente en 1929 y lo consideró uno de los sonetos que anticipaban la perfección formal alcanzada después en El último amor de Safo. El Diario de la Marina lo publicó nuevamente en 1928 y en 1929.

La ruina familiar de 1884

La vida de Mercedes sufrió un cambio radical en 1884.

Domitila García de Coronado, amiga personal de la poeta, explicó años más tarde que el padre de Mercedes tenía sus recursos depositados en la Caja de Ahorros de La Habana y que la quiebra de aquella institución llevó a la familia desde una posición relativamente cómoda a graves dificultades económicas.

Salvador Salazar confirmó la misma historia en 1929 y añadió que Dionisio Matamoros era entonces contador de la Caja. Según su relato, la familia perdió allí su fortuna y Mercedes tuvo que desprenderse de muebles, joyas y otros bienes de la casa familiar. Padre e hija terminaron instalándose en Guanabacoa, donde ella comenzó a dar clases para mantener el hogar.

Casa donde vivió Mercedes Matamoros en la calle Amargura nº 66, Guanabacoa
Casa en la que vivió la poetisa Mercedes Matamoros, en la calle Amargura nº 66, Guanabacoa.

La desgracia económica se unió al deterioro de la salud del padre. Domitila García describió una enfermedad progresiva que afectó su lenguaje y posteriormente sus facultades mentales. Mercedes quedó a cargo de su atención mientras intentaba obtener ingresos mediante la enseñanza.

Este contexto ayuda a comprender mejor la campaña pública organizada algunos años después en su favor.

La campaña de 1892 y Poesías completas

En 1892 la prensa habanera comenzó a informar insistentemente sobre la precaria situación de Mercedes Matamoros. Uno de los principales impulsores de la campaña fue el periodista Antonio del Monte, desde las páginas de El País.

Antonio del Monte, promotor de la campaña en favor de Mercedes Matamoros
Antonio del Monte, impulsor en 1892 de la campaña destinada a publicar los versos de Mercedes Matamoros.

Las gacetillas de aquellos meses muestran una movilización considerable. Escritores, periodistas, asociaciones y particulares aportaron dinero; la actriz Luisa Martínez Casado ofreció funciones teatrales en beneficio de la poeta, y Eva Canel desempeñó un papel fundamental en la campaña.

El objetivo no era únicamente proporcionar una ayuda inmediata. Se decidió publicar un volumen con la obra de Mercedes y destinar el producto de las ventas a mejorar su situación.

Así apareció en La Habana Poesías completas, en 1892, impreso por La Moderna de A. Miranda y Compañía y con prólogo de Aurelia Castillo de González. El libro reunía las Sensitivas, sus traducciones y composiciones de juventud.

Los testimonios posteriores de Antonio del Monte y Domitila García permiten conocer el destino de parte del dinero recaudado. Se reparó la modesta casa que Mercedes poseía, se pagaron obligaciones y se adquirieron otras pequeñas propiedades con la intención de proporcionarle ingresos.

La ayuda, por tanto, no fue simplemente una colecta ocasional: constituyó un intento de asegurarle cierta estabilidad económica.

Con el tiempo, sin embargo, aquellas propiedades dejaron de producir lo suficiente. Los alquileres, reparaciones y deudas volvieron a colocarla en una situación difícil.

El último amor de Safo

La culminación de la poesía de Mercedes llegó en los primeros años del siglo XX.

En 1902 apareció Sonetos, con prólogo de Manuel Márquez Sterling. Carlos M. Trelles describió el volumen como formado por dos partes: veinte sonetos correspondientes a El último amor de Safo y otros veinticinco sonetos.

El ciclo de Safo representaba una ruptura notable respecto a buena parte de su poesía anterior. Utilizando a la poeta griega y su legendario amor por Faón, Mercedes construyó una serie de poemas de deseo, abandono, celos y pasión en los que la voz femenina adquiere una intensidad poco habitual en la poesía cubana de aquellos años.

Uno de aquellos sonetos, titulado “Yo”, permite apreciar directamente esa voz:

Tengo el color de golondrina oscura,
sombríos los cabellos ondulantes,
y mis ojos ¡tan negros! son diamantes
en cuyas chispas la pasión fulgura.
Es urna de coral y esencia pura
mi boca, en que los besos palpitantes
buscan —cual pajarillos anhelantes—
de la tuya el calor y la dulzura.
Mi cuerpo es una sierpe tentadora,
y en el mórbido seno se doblega
lánguidamente el cuello como un lirio.
¿No es verdad que es tu Safo encantadora?
¡Oh, ven! Y en este amor que a ti me entrega,
¡tú serás el Placer y yo el Delirio!

El verso “Mi cuerpo es una sierpe tentadora” tuvo su propia historia editorial. Mercedes había escrito inicialmente “Mi cuerpo es una sierpe voluptuosa”, pero Manuel Serafín Pichardo le propuso sustituirlo por “Mi cuerpo es hecho de azucena y rosa”, forma con la que el soneto apareció en El Fígaro el 20 de julio de 1902. Matamoros objetó el cambio y finalmente aceptó una fórmula intermedia, “Mi cuerpo es una sierpe tentadora”, que quedó incorporada al volumen Sonetos, publicado ese mismo año.

En la versión publicada en El Fígaro de julio de 1902 también figuraba “¿Y aún hay quien diga que no soy hermosa?”, verso que en el libro pasó a “¿No es verdad que es tu Safo encantadora?”.

Salvador Salazar la calificó posteriormente como una de las expresiones eróticas más logradas de la lírica cubana y consideró aquellos sonetos la cima formal de su obra.

La recepción fue muy favorable en algunos medios, aunque no de manera unánime. Trelles recogió un juicio publicado en El Fígaro según el cual:

“Después de la Avellaneda, ninguna levantó el estro á tanta altura.”

Márquez Sterling llegó todavía más lejos al considerar que aquellos sonetos tenían “pocos rivales en la lengua castellana”.

Otros juicios fueron mucho más severos. Una nota publicada en la sección “Miscelánea” del Diario de la Marina en agosto de 1902 reconocía cualidades literarias a Mercedes, pero censuraba abiertamente el erotismo de algunos sonetos. Al referirse a Invitación y La Bestia hablaba de “una sensualidad feroz” y concluía irónicamente que el libro podría anunciarse, como ciertos espectáculos de la época, “Para hombres solos”.

La crítica permite observar la incomodidad que la expresión directa del deseo femenino podía suscitar en determinados sectores de la sociedad cubana de comienzos del siglo XX. El mismo artículo comentaba precisamente algunos versos de “Yo”, entre ellos su terceto final.

Existe además un aspecto biográfico que permaneció rodeado de misterio. En los últimos años de Mercedes aparece junto a ella Antonio C. Comoglio, empleado del Ayuntamiento de Guanabacoa, hombre de letras y amigo íntimo de la poetisa, a quien esta nombró heredero de sus propiedades. Antonio del Monte y, posteriormente, Salvador Salazar plantearon la posibilidad de que Comoglio pudiera haber inspirado algunos de los Mirtos de antaño, los Rondeles y hasta el Faón de El último amor de Safo.

Retrato de Antonio C. Comoglio, amigo íntimo de Mercedes Matamoros
Antonio C. Comoglio, hombre de letras y amigo íntimo de Mercedes Matamoros, a quien la poetisa nombró heredero de sus propiedades.

La interpretación autobiográfica de aquellos sonetos circuló también entre quienes habían conocido a Mercedes. En 1933, al evocarla en el Diario de la Marina, R. A. Catalá afirmó encontrar en ellos “la vital emoción de la autobiografía” y recordó que Faón era relacionado con el protagonista de unos amores secretos, acaso no correspondidos.

No existe, sin embargo, prueba que permita identificar con certeza a ese Faón ni convertir la conjetura sobre Antonio Comoglio en un hecho biográfico.

Enfermedad y últimos días

Durante sus últimos años la salud de Mercedes se deterioró gravemente.

Domitila García de Coronado afirmó que padecía cáncer, diagnóstico que también recoge Salvador Salazar. Este último asegura que sufrió dos operaciones que no consiguieron detener la enfermedad.

La documentación periodística de 1906 permite seguir las ayudas que recibió. La Asociación de la Prensa de Cuba ofreció asistencia económica y médica y continuó interesándose por su estado. Aquellas noticias desmienten en parte la imagen posterior de una Mercedes completamente abandonada.

Cuando la enfermedad se agravó, pidió a Domitila García de Coronado que gestionara su ingreso en el Hospital Civil de Guanabacoa, donde recibió una habitación y atención médica. Según los testimonios de personas que estuvieron cerca de ella, el ingreso no fue consecuencia de haber sido abandonada en la indigencia, sino una decisión destinada a facilitar sus cuidados.

Domitila García de Coronado, amiga de Mercedes Matamoros
Domitila García de Coronado, escritora y amiga de Mercedes Matamoros, a quien asistió durante su enfermedad y a quien la poeta confió sus obras literarias.

Mercedes Matamoros murió allí a las diez de la noche del 25 de agosto de 1906.

Al día siguiente sus restos fueron trasladados a La Habana. El Ateneo abrió sus salones para la capilla ardiente y escritores, periodistas y amigos acompañaron el cadáver antes de su entierro en el panteón familiar. Salvador Salazar recordaría años después aquel homenaje como una verdadera consagración del mundo intelectual cubano.

Féretro de Mercedes Matamoros durante sus funerales en el Ateneo de La Habana en 1906
Funerales de Mercedes Matamoros en el Ateneo de La Habana. El féretro, rodeado de flores y velas, durante las honras celebradas tras su muerte en agosto de 1906.

Una memoria que no desapareció

La muerte de Mercedes no significó su desaparición de la cultura cubana.

En 1919, Emilio Roig de Leuchsenring dedicó a la poeta una extensa semblanza en Revista Social, reproducida íntegramente en CubaMemorias, que constituye uno de los testimonios tempranos de la construcción de su memoria literaria después de 1906.

Esa memoria adquirió también una expresión pública en su ciudad natal. El 10 de octubre de 1921 fue inaugurado en Cienfuegos un busto de Mercedes Matamoros, erigido por iniciativa de Pedro Modesto Hernández.

Busto de Mercedes Matamoros erigido en Cienfuegos por iniciativa de Pedro Modesto Hernández
Busto de Mercedes Matamoros, erigido en Cienfuegos por iniciativa de Pedro Modesto Hernández.

En 1921 José Elías Entralgo pronunció en el Liceo de Guanabacoa una disertación dedicada a ella. Domitila García de Coronado publicó en 1926 una extensa semblanza biográfica. En 1928 Ana María Rodríguez ingresó como Académica de Número de la Academia Universitaria de Literatura con un trabajo sobre Mercedes.

El 3 de febrero de 1929, Salvador Salazar dedicó en la Academia Nacional de Artes y Letras una conferencia completa a Mercedes Matamoros: su vida y su arte. El propio programa incluyó la recitación de El último amor de Safo.

Un año después, durante la “Fiesta del Soneto Cubano” del Círculo de Bellas Artes, su obra volvió a aparecer junto a la de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Plácido, Julián del Casal y Bonifacio Byrne. La crónica del acto calificó a Mercedes como “una de las cumbres de la literatura cubana”.

En 1932, el Número Centenario del Diario de la Marina la incluyó entre solo seis mujeres representativas de una etapa decisiva de la poesía cubana. Y en febrero de 1933 la emisora C.M.B.K. anunció en La Revista del Aire un homenaje radiofónico dedicado a la poeta.

No se trataba, por tanto, de una escritora olvidada inmediatamente después de su muerte. Durante décadas su obra continuó siendo publicada, recitada, estudiada y discutida.

Mercedes Matamoros, más allá de la leyenda

La biografía de Mercedes Matamoros terminó frecuentemente reducida a unas pocas imágenes: la poetisa pobre, la mujer enferma, la “alondra ciega” o la autora consumida por un amor imposible.

La documentación permite recuperar una figura más amplia.

Fue una adolescente que comenzó escribiendo artículos de costumbres; una traductora capaz de acercar al público cubano a Byron, Moore, Longfellow o Chénier; una poeta que escribió contra la esclavitud cuando esta todavía existía en Cuba; una mujer que sostuvo económicamente a su padre cuando la familia perdió sus recursos; y una autora cuya obra madura podía expresar el deseo femenino con una libertad poco frecuente en su época.

Su vida estuvo marcada por dificultades económicas y problemas de salud. Con el tiempo, su figura fue adquiriendo un lugar propio en la historia literaria cubana.

Quizá por eso El último amor de Safo continúa siendo el mejor punto de entrada a su poesía: detrás de la máscara de la antigua poeta de Lesbos se escucha una voz cubana profundamente personal, formada en el romanticismo pero ya encaminada hacia una sensibilidad distinta.

Quizá por eso El último amor de Safo continúa siendo uno de los mejores puntos de entrada a su poesía: detrás de la máscara de la antigua poeta de Lesbos se escucha una voz cubana profundamente personal, formada en el romanticismo pero ya encaminada hacia una sensibilidad distinta.

Bibliografía básica

  • García de Coronado, Domitila. “Mercedes Matamoros”. En Álbum poético fotográfico de escritoras y poetisas cubanas. La Habana: Imprenta de El Fígaro, 1926, pp. 189-197.
  • Matamoros, Mercedes. Poesías completas. La Habana: La Moderna de A. Miranda y Cía., 1892.
  • Matamoros, Mercedes. Sonetos. La Habana: Tipografía La Australia, 1902.
  • Pichardo, Hortensia. “Mercedes Matamoros, su vida y su obra”. Revista Bimestre Cubana, vol. LXVIII, 1951, pp. 21-90.
  • Salazar, Salvador. “Mercedes Matamoros: su vida y su arte”. Anales de la Academia Nacional de Artes y Letras, año XIV, tomo XIII, núm. 1, enero-marzo de 1929, pp. 110-138.
  • Trelles, Carlos M. Bibliografía cubana del siglo XX, tomo I. Matanzas, 1916, p. 303.
  • Trelles, Carlos M. Biblioteca histórica cubana. Matanzas, 1922-1926, p. 431.
  • Morilla Palacios, Ana. “Mercedes Matamoros y Safo de Lesbos”. Foro de Educación, núm. 9, 2007, pp. 279-296.
  • Diario de la Marina, gacetillas y noticias sobre Mercedes Matamoros, agosto-diciembre de 1892; junio-agosto de 1906; 1928-1933.
  • El Fígaro, números dedicados a Mercedes Matamoros y a la recepción de su obra, especialmente 1902, 1906 y 1921.
  • Nieto y Cortadellas, Rafael. “Documentos sacramentales de algunos cubanos ilustres. 83.—María de las Mercedes Matamoros y del Valle”. Revista de la Biblioteca Nacional, Segunda Serie, Año VI, núm. 3, julio-septiembre de 1955, pp. 167-168.

Publicado en: Escritores y Poetas Etiquetado como: Antonio C. Comoglio, Antonio del Monte, Domitila García de Coronado, El último amor de Safo, Guanabacoa, Mercedes Matamoros del Valle, Poesía cubana

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