
El Monasterio del Santísimo Sacramento de la Orden de Santa Clara de Asís fue una de las instituciones religiosas más antiguas de La Habana. Fundado en 1644, permaneció durante casi tres siglos en su establecimiento de la ciudad colonial, hasta que en marzo de 1922 las religiosas se trasladaron a un nuevo edificio en el Reparto Batista de Luyanó.
La Guía Provincial de La Habana. Comercial, Industrial, Profesional, Agrícola y Social, publicada por la Editorial Panamericana Burgay y Cía. en 1944, dedicó una reseña histórica al monasterio, entonces situado en la calle C, número 264, entre las calles 10 y 11, en los repartos Batista y Lawton.
Aquella reseña constituye el punto de partida de esta investigación, ampliada mediante noticias de la prensa habanera, documentación parlamentaria y testimonios posteriores sobre la comunidad de religiosas clarisas.
Los orígenes del monasterio en el siglo XVII
Desde comienzos del siglo XVII, las autoridades civiles y eclesiásticas de La Habana promovieron el establecimiento de un convento femenino en la ciudad.
Según la Guía Provincial de 1944, las gestiones alcanzaron un resultado decisivo el 20 de diciembre de 1632, cuando Felipe IV concedió mediante Real Cédula la licencia necesaria para su fundación.
En el Cabildo del 18 de febrero de 1638, el regidor Pedro de Pedroso fue nombrado comisario para la construcción del convento. Durante años había trabajado en la recaudación de las mandas y donaciones efectuadas por los vecinos con aquel propósito.
El 1 de noviembre de 1638, festividad de Todos los Santos, se colocó solemnemente la primera piedra de la futura institución. La bendición estuvo a cargo de Jerónimo de Lara, obispo de La Habana, con asistencia del clero, las autoridades y numerosos vecinos.
La iglesia y el convento recibieron el nombre del Santísimo Sacramento.
Las obras, sin embargo, sufrieron interrupciones debido a la insuficiencia de recursos. La misma reseña de 1944 recuerda que los trabajos estuvieron paralizados durante varios años y que Pedro de Pedroso contribuyó económicamente a su continuación.
Finalmente, cuando el edificio se encontraba en condiciones de recibir a la nueva comunidad, se solicitó la presencia de religiosas experimentadas que pudieran organizar la vida conventual.
La llegada de las religiosas fundadoras en 1644
El 4 de noviembre de 1644 llegó a La Habana, procedente de Cartagena de Indias, la madre Catalina María de la Concepción Mendoza, acompañada de cuatro religiosas de aquel convento.
La comitiva incluía también religiosos franciscanos que participaron en el viaje y en las gestiones relacionadas con la nueva fundación.
Según la Guía Provincial, las monjas fueron alojadas inicialmente en la casa del comisario Pedro de Pedroso.
Durante aquella estancia se presentó ante la madre fundadora Lorenza de Carvajal, acompañada de su hija Ana Pérez de Carvajal, quien solicitó ingresar en la comunidad como religiosa de velo negro. La joven adoptó el nombre religioso de Todos los Santos.
El 12 de diciembre de 1644, las madres fundadoras tomaron posesión del monasterio. Ese mismo día, tres jóvenes recibieron el hábito religioso.
La fundación quedó bajo la asistencia espiritual de la Orden Franciscana, cuya relación con las clarisas habaneras continuaría durante los siglos siguientes.
La vida conventual en La Habana colonial
El antiguo monasterio ocupaba una extensa manzana comprendida entre las calles Cuba, Habana, Sol y Luz, en el sector histórico de la ciudad.
Sus dependencias comprendían la iglesia, claustros, celdas, corredores, patios, espacios de servicio y terrenos destinados a la vida cotidiana de la comunidad.
El convento fue escenario de acontecimientos que excedieron su función religiosa. Según la historia atribuida al doctor Domingo Rosain y reproducida por el Diario de la Marina en 1922, durante la ocupación británica de La Habana en 1762, el edificio fue utilizado como hospital.
La comunidad mantuvo también relaciones con otras instituciones religiosas. Un ejemplo fue la acogida de algunas religiosas ursulinas llegadas a La Habana a comienzos del siglo XIX, episodio documentado en el artículo Las Ursulinas en la Habana antigua.
La Condesa de Merlín y los recuerdos del convento
Entre los personajes vinculados a la memoria literaria del monasterio figura María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, conocida como la Condesa de Merlín.
La escritora evocó su estancia infantil en el convento en Mis doce primeros años, obra que incluye el conocido episodio de su fuga.
En noviembre de 1922, cuando se preparaban exposiciones en el antiguo edificio, la revista El Fígaro publicó el relato “Recuerdos de mi niñez: Mi fuga del Convento de Santa Clara”, acompañado de un retrato de la Condesa.
Aquellas memorias deben considerarse dentro de su naturaleza literaria. Domingo Figarola-Caneda advirtió en 1922 sobre los elementos imaginativos de los escritos de la Condesa, cuestión examinada en La Condesa de Merlín en las notas de Figarola-Caneda.
La actividad religiosa durante el siglo XIX
Los anuncios publicados en el Diario de la Marina permiten documentar las celebraciones que tenían lugar en la iglesia del monasterio durante las últimas décadas del período colonial.
En agosto de 1884, el periódico publicó un programa de cultos que comprendía las festividades de Santa Clara de Asís, la Asunción de la Virgen y San Francisco de Asís.
Las ceremonias incluían misas solemnes, salves con acompañamiento de orquesta y sermones pronunciados por religiosos de diferentes órdenes, especialmente de la Compañía de Jesús.
En febrero de 1885, otro anuncio informó de una función dedicada a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, costeada por una señora devota. La celebración comprendía una misa cantada, un sermón del padre Royo y la exposición del Santísimo Sacramento.
Estas noticias testimonian la actividad religiosa de la iglesia conventual y sus relaciones con los fieles de la capital.
La venta del antiguo convento y el traslado de 1922
El crecimiento urbano de La Habana y las transformaciones del antiguo centro de la ciudad modificaron las condiciones en que las religiosas desarrollaban su vida de clausura.
Durante las primeras décadas del siglo XX se realizaron gestiones para vender el establecimiento colonial y construir una nueva sede en un sector más apartado de la capital.
El antiguo convento fue adquirido por la Compañía Urbanizadora Santa Clara, S. A., interesada en aprovechar sus terrenos para nuevas edificaciones.
En marzo de 1922, cuando el traslado se encontraba próximo, apareció en el Diario de la Marina un anuncio que ofrecía en venta el órgano del monasterio.
La comunidad explicaba que el instrumento no se acomodaba al nuevo local y que estaba dispuesta a venderlo por un precio módico. Los interesados debían dirigirse a los padres franciscanos de la calle Aguiar, número 87.
La Guía Provincial de 1944 fija el traslado de las religiosas al barrio de Luyanó el 28 de marzo de 1922.
El nuevo monasterio estaba situado en el Reparto Batista, en un terreno que una noticia del Diario de la Marina de abril de 1929 describió como comprendido entre las calles E, 10, 11 y C.
Los primeros cultos en Luyanó
El 26 de mayo de 1922, el periódico anunció una misa y primera comunión para el domingo 28 en la capilla del nuevo monasterio.
Una crónica posterior, publicada el 13 de junio bajo el título “Fiesta simpática en Luyanó”, informó que treinta y ocho niños y niñas recibieron la primera comunión durante aquella ceremonia.
La concurrencia fue tan numerosa que resultaron insuficientes la capilla, la sacristía y parte del espacio exterior.
Después de la misa se organizó una procesión por el terreno destinado a la futura iglesia del monasterio.
Esta última referencia permite establecer que, en mayo de 1922, la comunidad utilizaba una capilla provisional mientras se proyectaba la construcción de un templo de mayores dimensiones.
El antiguo convento y las exposiciones de 1922
Mientras las religiosas iniciaban una nueva etapa en Luyanó, el antiguo edificio de La Habana Vieja fue destinado provisionalmente a diversas actividades públicas.
Durante noviembre de 1922 acogió exposiciones comerciales, industriales, históricas y científicas, además de reuniones y actos relacionados con el VI Congreso Médico Latinoamericano.
Una sección denominada Habana Antigua reunió objetos, obras y referencias vinculadas con el pasado de la ciudad.
La Asociación Cubana de Arte Retrospectivo participó en aquellas actividades y manifestó públicamente su preocupación por las reformas que se realizaban en el edificio.
En una carta publicada por el Diario de la Marina en noviembre de 1922, la asociación elogió las intervenciones destinadas a recuperar el aspecto arquitectónico colonial de determinadas dependencias, pero criticó la decoración utilizada en otros espacios comerciales.
El 26 de noviembre, el periódico publicó una fotografía de la Exposición Internacional de Higiene Dental, acompañada de una crónica sobre la participación de miles de escolares en actividades celebradas dentro del antiguo recinto conventual.
El monasterio, cuya demolición había sido anunciada como próxima, continuaba en pie y se utilizaba como escenario de importantes acontecimientos de la vida habanera.
La adquisición del edificio por el Estado en 1923
En marzo de 1923, durante el Gobierno del presidente Alfredo Zayas, se dispuso la adquisición del antiguo Convento de Santa Clara por el Estado cubano.
El precio aprobado fue de 2.350.000 pesos, y la operación se realizó con la Compañía Urbanizadora Santa Clara, S. A.
El propósito gubernamental consistía en adaptar el inmueble para alojar oficinas y dependencias administrativas.
El decreto contemplaba el aprovechamiento de sus amplias instalaciones y establecía que las obras debían realizarse sin perjudicar la conservación de los recuerdos históricos de la antigua ciudad de La Habana.
La decisión, sin embargo, provocó una importante controversia pública y parlamentaria.
La oposición a la compra
El 19 de marzo de 1923, el Senado debatió una moción relacionada con el Decreto número 329, mediante el cual se había dispuesto la adquisición del convento.
Según el Diario de Sesiones del Senado, algunos legisladores cuestionaron la competencia del Poder Ejecutivo para comprometer al Estado en aquella operación sin intervención del Congreso.
También se objetó su costo. Una de las estimaciones parlamentarias elevaba el compromiso económico a casi cuatro millones de pesos si se sumaban los intereses hipotecarios y las obras de reparación y adaptación.
La urgencia de la moción fue aprobada por doce votos contra dos. Esta votación no equivalía a la anulación definitiva del decreto.
La compra del convento estuvo igualmente relacionada con uno de los acontecimientos más conocidos de la vida intelectual republicana: la protesta protagonizada el 18 de marzo de 1923 por un grupo de jóvenes contra aquella operación gubernamental.
Años después, el Grupo Minorista recordaría aquel episodio entre sus antecedentes fundacionales, según consta en la Declaración del Grupo Minorista de 1927.
La adaptación para Obras Públicas
El edificio finalmente permaneció en pie y fue destinado a dependencias estatales.
En 1928, Tiburcio Castañeda publicó en el Boletín de Obras Públicas un extenso reportaje sobre las transformaciones del antiguo convento y su utilización por la Secretaría de Obras Públicas.
El trabajo, acompañado de fotografías, describía las modificaciones efectuadas en los claustros, patios y otras dependencias bajo la administración del secretario Carlos Miguel de Céspedes.
El texto y sus ilustraciones pueden consultarse en El Convento de Santa Clara pasado y presente en 1928, publicado anteriormente en CubaMemorias.
Las obligaciones hipotecarias
La compra del edificio también dejó obligaciones financieras relacionadas con el monasterio.
Entre ellas figuraba una hipoteca de 600.000 pesos, cuyo principal debía amortizarse mediante pagos anuales de 60.000 pesos.
En abril de 1927, la prensa informó de la cancelación del sexto plazo. Dos años después, en abril de 1929, se otorgó escritura de cancelación del octavo, quedando pendiente un principal de 120.000 pesos.
A principios de agosto de 1929, se anunció que la Secretaría de Hacienda había abonado otros 1.500 pesos por concepto de intereses.
La documentación examinada permite seguir estas obligaciones hasta agosto de 1929, pero todavía no establece la fecha de su liquidación definitiva.
La construcción e inauguración de la nueva iglesia en 1927
Cinco años después del traslado de la comunidad al Reparto Batista de Luyanó, fue inaugurada solemnemente la nueva iglesia del Monasterio de Santa Clara de Asís, el 11 de agosto de 1927.

Un extenso reportaje de Eugenio Blanco Villar describió las características arquitectónicas del templo. El conjunto ocupaba una manzana comprendida entre las calles B, 10, C y 11, sobre una elevación de más de cuarenta metros sobre el nivel del mar, desde donde se divisaban el caserío de Luyanó y parte de la bahía de La Habana.
La iglesia, de planta de cruz latina, tenía una nave de 48 metros de longitud por 11 de anchura libre y alcanzaba los 20 metros en el eje del crucero. Sobre la intersección de las naves se levantaba una cúpula con ocho lucetas de vidrios emplomados de colores, decoradas con figuras de ángeles que tocaban instrumentos musicales.
Su fachada principal, inspirada en el Renacimiento italiano, presentaba un pórtico de cuatro columnas corintias y un frontón coronado por una estatua de Santa Clara de Asís, realizada en mármol de Carrara. A un costado se elevaba la torre campanario, de treinta metros de altura.
La dirección facultativa de las obras estuvo a cargo del ingeniero Abel Fernández, perteneciente al cuerpo técnico de la Secretaría de Obras Públicas. El interior comprendía coro alto y bajo, sacristía, habitación del capellán, sala de catecismo, patios, claustros, galerías, jardines y otras dependencias vinculadas a la vida conventual.

El coro alto destacaba por su amplitud, su artística celosía con tribunas salientes y el órgano recién instalado. El 23 de julio de 1927 se había anunciado una audición musical para probar el instrumento, prevista para el domingo siguiente, con la participación de Felipe Palau, organista de la Catedral de La Habana, y del maestro Germán Araco.
El patrimonio religioso del antiguo monasterio
Especial interés reviste el aprovechamiento de objetos procedentes de la antigua sede de La Habana Vieja.
El altar mayor de la nueva iglesia incorporó el frontal de la mesa, el sagrario, el manifestador y la corona de plata repujada que habían pertenecido al templo colonial. Estas piezas fueron reconstruidas por el artista Bruno Gulone, según la crónica de Eugenio Blanco Villar.
A ambos lados del altar mayor se colocaron dos antiguas lámparas de plata, también procedentes del viejo monasterio. Las campanas de la iglesia colonial fueron instaladas en la torre del nuevo templo.
La decoración interior comprendía tres altares principales. Los laterales, de estilo Renacimiento español, estaban dedicados a diversas advocaciones y santos. Sus trabajos artísticos fueron ejecutados por González y Gesto, mientras que las puertas, cancelas, reja del coro y otras tallas decorativas estuvieron a cargo del señor Novoa.

De este modo, el nuevo establecimiento conservó numerosos elementos materiales de su antigua sede, algunos de ellos de considerable valor artístico y religioso.
La bendición solemne del 11 de agosto
La ceremonia de inauguración comenzó a las cinco de la tarde del 11 de agosto de 1927 y estuvo presidida por monseñor Pedro González Estrada, arzobispo de Attalia, quien efectuó la bendición interior y exterior del templo, asistido por religiosos franciscanos y el diácono Alfredo Müller.
Concluida la bendición, se abrieron las puertas de la iglesia a los numerosos fieles congregados en la plazoleta situada frente al monasterio.
Una imagen de la Inmaculada Concepción, colocada en el altar mayor, fue bendecida durante el acto. Sus padrinos fueron Elena Sánchez de Fernández y el doctor Arturo Fernández, síndico del monasterio y abogado consultor del Obispado.

Uno de los momentos más significativos de la ceremonia fue el traslado solemne del Santísimo Sacramento desde la capilla provisional, utilizada por las religiosas desde su establecimiento en Luyanó, hasta el altar mayor de la nueva iglesia.
Allí se había instalado el antiguo sagrario de plata repujada procedente del monasterio de La Habana Vieja, estableciendo una continuidad material y religiosa entre ambos establecimientos.
La celebración prosiguió con un sermón del padre Benito Orbegozo, guardián del convento franciscano de Guanabacoa, quien destacó los esfuerzos realizados por las madres clarisas para completar la construcción de su iglesia.
Los actos religiosos incluyeron vísperas solemnes, cantos gregorianos y composiciones de música sacra interpretadas por religiosos franciscanos, bajo la dirección musical del padre Leonardo Celaya.
Las propias clarisas contribuyeron a la ornamentación del templo, confeccionando flores de cera para adornar los altares.
La inauguración de la nueva iglesia culminó el proceso iniciado con el traslado de la comunidad en marzo de 1922. El templo quedó incorporado a la vida religiosa de Luyanó, mientras sus altares, campanas y objetos litúrgicos conservaban parte del patrimonio histórico de la antigua institución habanera.
Las religiosas y la administración del nuevo monasterio
La prensa republicana permite identificar a varias integrantes de la comunidad y a los religiosos y colaboradores que participaron en su organización.
Sor María Rosa de Todos los Santos Gastón y Ferrer
Una de las figuras mejor documentadas fue sor María Rosa de Todos los Santos Gastón y Ferrer, nacida en La Habana el 18 de junio de 1856, hija de Melchor Gastón y Montalvo y Concepción Ferrer y Herrera.
Ingresó en el antiguo monasterio en octubre de 1879 y pronunció sus votos solemnes en 1883.
Durante su vida religiosa desempeñó distintos cargos, entre ellos los de madre vicaria, definidora y maestra del noviciado.
Según la necrología publicada el 23 de julio de 1929, ejercía como vicaria cuando se produjo el traslado de 1922 y tuvo a su cargo gestiones relacionadas con el cambio de monasterio.
Falleció el 22 de julio de 1929, a los 73 años.
Una crónica posterior describió sus funerales y su sepultura en el Panteón de las Madres Clarisas del Cementerio de Colón.
Sor Ramona de la Asunción Vega
En abril de 1929 aparece documentada como abadesa sor Ramona de la Asunción Vega.
Una noticia informó que se había dirigido al alcalde de La Habana para solicitar alumbrado público en los alrededores del monasterio, debido a la oscuridad que predominaba durante las horas nocturnas.
La información proporciona también una referencia a los límites del terreno conventual en el Reparto Batista.
Los capellanes franciscanos
Entre los religiosos vinculados con las clarisas durante sus primeros años en Luyanó figuran fray Máximo Zinconandía, documentado como capellán en 1926, y fray Antonio Melo, que ejercía el cargo entre 1928 y noviembre de 1930.
Antonio Melo, natural de Sagua la Grande, poseía formación teológica y pedagógica. Durante su estancia en Lawton-Batista promovió las actividades catequísticas y desarrolló su ministerio entre vecinos de cuarterías, ciudadelas y casas de salud.
En noviembre de 1930 fue destinado a la residencia franciscana de Remedios.
En agosto de 1931 aparece identificado como capellán del monasterio fray Pablo Salinas.
Arturo Fernández, síndico del monasterio
El abogado Arturo Fernández desempeñó una función importante en la administración de la institución.
Una noticia publicada en julio de 1932 señalaba que llevaba once años ejerciendo como síndico, lo que permite situar aproximadamente en 1921 el comienzo de sus funciones.
Intervino en ceremonias religiosas, asuntos administrativos y gestiones relacionadas con las obligaciones hipotecarias del antiguo convento.
Durante una ausencia temporal en 1932 fue sustituido por el doctor Manuel Antonio Cuadrado Melo, también vinculado a la administración de otras comunidades religiosas habaneras.
La enseñanza religiosa y las actividades comunitarias
La nueva iglesia del Monasterio de Santa Clara desarrolló actividades que congregaban a los habitantes de Lawton-Batista.
Desde mayo de 1922 se documentan ceremonias de primera comunión y reuniones con numerosos niños y niñas del vecindario.
En 1926 aparecen referencias a una Escuela Catequística relacionada con la iglesia.
La información se amplía en octubre de 1930, cuando una crónica menciona expresamente a las alumnas de la escuela gratuita del Monasterio de Santa Clara.

La noticia corresponde a una celebración organizada con motivo del aniversario del Grito de Yara, en la que participaron también las escuelas catequísticas y niños y jóvenes de la Granja Delfín.
El sermón estuvo a cargo de monseñor Manuel Arteaga y Betancourt.
Aquella actividad constituye un testimonio de la participación de las religiosas en la enseñanza religiosa y de su relación con otras instituciones del vecindario.
La Normal Catequista de 1958
En enero de 1958, se anunció la apertura de una Normal Catequista en el Colegio El Calvario, situado en Dolores y 15, Lawton.
La institución estaba auspiciada por el colegio, la Parroquia del Calvario y la Junta Catequista del Monasterio de Santa Clara, bajo supervisión de la Junta Catequista Diocesana.
Su programa comprendía estudios religioso-pedagógicos distribuidos en tres años, con clases semanales y asignaturas como Dogma, Sagrada Escritura y Psicología Infantil.
La matrícula era gratuita y se ofrecía la posibilidad de obtener el Diploma Oficial de Catequista.
La noticia documenta la participación institucional del monasterio en una iniciativa de formación catequística desarrollada fuera de sus propias instalaciones.
Acción Católica en diciembre de 1959
A mediados de diciembre de 1959, la sección “Urbi et Orbi” del Diario de la Marina anunció que la Junta Local de Acción Católica del Monasterio de Santa Clara de Lawton inauguraría un Nacimiento Viviente.
Las representaciones estaban previstas hasta el 3 de enero de 1960 en el local social de Acción Católica, situado en la calle B y 10.
Esta noticia constituye uno de los últimos testimonios de prensa reunidos sobre las actividades comunitarias vinculadas al monasterio antes de los acontecimientos de 1961.
El monasterio después de 1959
La historia posterior de la comunidad puede reconstruirse a partir de un testimonio especialmente importante: las memorias de sor Clara de Jesús Gómez, última abadesa de las clarisas cubanas, comenzadas a redactar en agosto de 1973.
El manuscrito fue estudiado y publicado por Felicia Guerra Senette en 2020 bajo el título El Manuscrito de la Abadesa. Historia de la desaparición de la comunidad de clarisas cubanas.
Según ese relato, el monasterio de Lawton estaba habitado por 36 religiosas en 1959.
Durante 1961, en medio de las transformaciones políticas y sociales que atravesaba Cuba, comenzaron a salir distintos grupos de clarisas hacia el extranjero.
La abadesa describe registros de las instalaciones, dificultades relacionadas con la vida conventual y los preparativos de salida de las religiosas.
En julio de 1961 permanecían en el monasterio solamente cuatro clarisas, acompañadas por la hermana de una de ellas.
La intervención del monasterio en octubre de 1961
Según las memorias de sor Clara de Jesús, el 7 de octubre de 1961 se presentó en el convento un representante del Gobierno para comunicar que el edificio debía ser entregado al Estado y destinado a una escuela.
La abadesa relata que se les exigió firmar un documento y abandonar las instalaciones en un plazo de aproximadamente tres días.
También señala que se permitió conservar determinados objetos religiosos en la iglesia, cuya ocupación no estaba prevista en aquella intervención.
Las últimas religiosas abandonaron el establecimiento durante octubre de 1961 y se alojaron provisionalmente en el Dispensario de San Francisco.
El 28 de octubre, sor Clara de Jesús salió de La Habana en un vuelo de Pan American rumbo a Estados Unidos.
El manuscrito contiene algunas discrepancias menores entre fechas y días de la semana. Por ello, la cronología de la desocupación debe entenderse como la reconstrucción testimonial de la abadesa, pendiente de contrastar con el expediente administrativo correspondiente.
El destino de las clarisas cubanas
Tras salir de Cuba, las religiosas fueron acogidas por otras comunidades de su orden.
Una parte se estableció inicialmente en Nueva Orleans. Posteriormente, varias integrantes continuaron la vida conventual en Corpus Christi, Texas, y más adelante en Brenham.
El epílogo del estudio de Felicia Guerra Senette señala que sor Gudelia del Espíritu Santo, última superviviente de la comunidad cubana original, falleció en Brenham en enero de 2011.
Con su muerte concluyó la trayectoria humana de aquella comunidad fundada en La Habana durante el siglo XVII.
El destino de las dos sedes habaneras
Después de la salida de las clarisas, las dependencias conventuales de Lawton fueron destinadas a funciones educativas.
El antiguo monasterio pasó a utilizarse como establecimiento escolar, mientras que la iglesia inaugurada en 1927 continuó vinculada al culto católico.
La iglesia figura actualmente en el directorio de la Arquidiócesis de La Habana como Parroquia de Santa Clara de Asís, situada en la calle 10, número 107, entre B y C, Lawton.
Por su parte, el antiguo conjunto colonial de La Habana Vieja, adquirido por el Estado en 1923, continuó desempeñando funciones administrativas y culturales.
Después de haber albergado dependencias de Obras Públicas y otras instituciones, acogió al Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología.
En 2012 pasó a la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana para su rehabilitación.
El 29 de abril de 2025 fue inaugurado el Colegio de Santa Clara, destinado a la formación en artes y oficios de la restauración de Cuba y el Caribe, como parte del proceso de recuperación del antiguo conjunto monumental.
De esta manera, las dos sedes del monasterio siguieron caminos diferentes: el edificio colonial quedó vinculado a funciones públicas y patrimoniales, mientras que en Lawton permaneció la iglesia construida para las religiosas durante la década de 1920.
Una institución de más de tres siglos
La historia del Monasterio de Santa Clara de Asís comprende más de trescientos años de presencia religiosa en La Habana.
Desde las gestiones fundacionales del siglo XVII hasta el traslado a Luyanó, las religiosas mantuvieron una comunidad que atravesó los períodos colonial y republicano.
Su historia permite conocer aspectos de la vida conventual femenina, la participación de las órdenes religiosas en la ciudad, las relaciones entre instituciones eclesiásticas y autoridades civiles y los cambios urbanos que experimentó La Habana.
La documentación reunida también revela la participación de las clarisas en actividades educativas y comunitarias, especialmente durante la primera mitad del siglo XX.
La reseña publicada en la Guía Provincial de La Habana de 1944 conserva el recuerdo de la fundación y del traslado de 1922. Los testimonios posteriores permiten completar la trayectoria de una institución cuyo nombre permanece asociado a dos edificios de la capital cubana y a una comunidad religiosa desaparecida de su emplazamiento habanero en 1961.
Bibliografía y fuentes documentales
Fuente principal
- Guía Provincial de La Habana. Comercial, Industrial, Profesional, Agrícola y Social. “Convento del Santísimo Sacramento de la Orden de Santa Clara de Asís de la Ciudad de La Habana”. La Habana: Editorial Panamericana Burgay y Cía., 1944.
Prensa histórica
- Diario de la Marina. “Monasterio de Santa Clara de Asís. Cultos que se han de tributar en la iglesia de este monasterio”. La Habana, 1884.
- Diario de la Marina. “Monasterio de Santa Clara de Asís”. La Habana, 1885.
- Diario de la Marina. “Interesa” [venta del órgano del monasterio]. La Habana, 5 de marzo de 1922, p. 22.
- Diario de la Marina. “Convento de Santa Clara. Su fundación, su desarrollo, sus vicisitudes”, 1922, pp. 1 y 4.
- Diario de la Marina. “Fiesta simpática en Luyanó”, 1922.
- Diario de la Marina. “Las reformas en el Convento de Santa Clara”, 1922.
- El Fígaro. “Recuerdos de mi niñez: Mi fuga del Convento de Santa Clara”. La Habana, 1922.
- Diario de la Marina. “Compró el Estado el recinto conventual de Santa Clara”. La Habana, 1923.
- Diario de la Marina. “Audición musical en el Monasterio de Santa Clara”. La Habana, 1927.
- Diario de la Marina. “Con solemnes fiestas fue bendecida e inaugurada la nueva iglesia de las Rvdas. Madres Clarisas”. La Habana, 1927.
- Diario de la Marina. “De Hacienda. Cancelación parcial”. La Habana, 1927.
- Diario de la Marina. “Un crédito del Convento de Sta. Clara, cancelado”. La Habana, 13 de abril de 1929, p. 1.
- Diario de la Marina. “Luz junto al Monasterio de Santa Clara”; “A los 60 años de religiosa de Sta. Clara murió la Madre Santos”; “El sepelio de la Madre Santos fue una manifestación de duelo”; “Pago de intereses”. La Habana, 1929.
- Diario de la Marina. “En la iglesia de Santa Clara. Fiesta por la prosperidad moral y material de Cuba”. La Habana, 12 de octubre de 1930, p. 6.
- Diario de la Marina. “Normal Catequista”. La Habana, enero de 1958, p. 10.
- Diario de la Marina. “Urbi et Orbi”. La Habana, diciembre de 1959, p. 8.
Documentación oficial
- Diario de Sesiones del Senado de la República de Cuba. Vol. XLVII, núm. 24, sesión del 19 de marzo de 1923, pp. 366-367.
Estudios y testimonios posteriores
- Castañeda, Tiburcio. “El pasado y el presente del edificio que fué templo del silencio y hoy es fragua de la más intensa actividad”. Boletín de Obras Públicas, vol. V, núm. 2, junio-julio de 1928, pp. 3-11.
- Guerra Senette, Felicia. “El Manuscrito de la Abadesa. Historia de la desaparición de la comunidad de clarisas cubanas, escrita por su última Abadesa, la Reverenda Madre Clara de Jesús Gómez”. En La Clausura femenina en España e Hispanoamérica: Historia y tradición viva. San Lorenzo del Escorial, 2020, pp. 787-820. Consultar PDF.
- Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo (AICS). “La cooperación internacional convierte el más grande y antiguo convento de La Habana en un centro de formación regional en los oficios de la restauración”. La Habana, 2 de mayo de 2025. En línea.
- Arquidiócesis de San Cristóbal de La Habana. Directorio de parroquias.
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