
José Manuel Poveda por Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro. Nació en Santiago de Cuba, en 1888. En aquella ciudad hizo sus primeros estudios y publicó sus primeros versos. En 1910, vino a la Habana, y al fundarse Heraldo de Cuba, ingresó en su cuerpo de redactores, pasando, poco después, a la revista El Fígaro, de cuya redacción fué jefe.
Durante largo tiempo el poeta llevó en nuestra capital la dificultosa vida de un profesional de la literatura. En 1917 publicó su libro Versos Precursores. Graduado más tarde de doctor en derecho civil en la Universidad de la Habana, se trasladó de nuevo a su provincia natal, dedicándose al ejercicio de su profesión, al parecer alejado del cultivo de las letras.
Las preferencias estéticas de este poeta, señaladas suficientemente en el largo prefacio a su único libro de poemas, y las diversas y por desgracia escasas notas críticas que publicara sobre poetas dilectos —entre ellos nuestro infortunado compatriota Augusto de Armas, de quien tradujera delicadamente algunas de sus composiciones,— nos indican cuál es el camino recorrido por él, antes de llegar a producirse como lo hizo.
La poesía de Poveda viene directamente del simbolismo francés. El lenguaje, de una elegancia rara y melancólica, es análogo a aquel en que se produjeran Henri de Regnier o Stuart Merrill si escribiesen en español. Sus procedimientos son los mismos que los de los poetas afiliados a dicha escuela:
Individualismo hasta el exceso; abandono total de las formas de expresión consagradas; ningún interés ante los fenómenos sociales, marcada tendencia hacia lo raro y quintaesenciado. Creyendo, con Gustave Kahn otro de los autores que más han influido en la estética de Poveda—, que cada poeta debía hacerse su técnica, buscó “su ritmo propio e individual, en lugar de endosarse un uniforme cortado de antemano, que le redujera a no ser sino el discípulo de tal glorioso predecesor”.
Utilizó, al efecto, junto con los procedimientos anteriormente indicados, el verso librismo francés, adaptado a las inclinaciones de su espíritu. Al lado de las influencias señaladas, meramente formales, se podría señalar en Poveda otra más profunda: la de Jules Laforgue.
En este parece inspirada buena parte de su poesía: en La senda sola y Luna de arrabal, es visible la garra de león de aquel espíritu.
Distinguen la labor de Poveda de la realizada por la mayor parte de los poetas hispanoamericanos, además de las características que acabamos de señalar, la manera propia y personalísima como trata sus temas: La pipitaña, por ejemplo. El pesimismo de su espíritu, que lo conduce al examen de todo lo humano y todo lo divino, lo lleva a conclusiones como la que expresa en El noble cinismo, y si trata de interrogar al alma de las cosas, forzándolas a que libren el secreto de su expresión, llega a identificarse con la cosa interrogada, trasmitiendo directamente la sensación buscada: El grito abuelo.
El tres de enero último (1926) murió en Manzanillo, donde ejercía de abogado, José Manuel Poveda, uno de nuestros escritores más cultos y de más sólido y brillante talento, poeta exquisito que tiene un valor representativo en nuestra lírica contemporánea.
Como homenaje a su memoria insertamos aquí varias de sus más selectas y características composiciones, y el juicio que sobre su obra hacen José Antonio Fernández de Castro y Félix Lizaso en su obra inédita La Poesía Moderna en Cuba.
La Pipitaña
Marsyas estaba loco de harmonía, y absorto sobre el rústico junquillo, halló interlocutor en cada brillo, y una contestación en cada umbría.
Al músico rural le parecía que en medio de la noche milagrosa, al canto de sí mismo, cada cosa en cantos peculiares respondía,
Volvió en sí con el alba, y excitado tembló al pensar que hubiera divulgado las confidencias de su vida extraña;
mas le calmó el saber que en la vacía tierra, su canto heroico solo había podido comprender la pipitaña.
El Grito Abuelo
La ancestral tajona
propaga el pánico,
verbo que detona,
tambor vesánico;
alza la tocata de siniestro encanto,
y al golpear rabioso de la pedicabra,
grita un monorritmo de fiebre y de espanto:
su única palabra.
Verbo del tumulto,
lóbrega diatriba,
del remoto insulto
sílaba exclusiva.
De los tiempos vino y a los tiempos vuela:
de puños salvajes a manos espurias,
carcajada en hipos, risa que se hiela,
cánticos de injurias.
La tajona inulta
propaga el pánico;
voz de turbamulta
clamor vesánico,
Canto de la sombra, grito de la tierra,
que provoca el vértigo de la sobredanza,
redobla, convocá, trastorna y aterra,
subreptacio signo, hé! que nos alcanza
distante e ignoto,
y de entonces yerra y aterra y soterra
seco, solo, mudo, vano, negro, roto,
grito de la tierra,
lóbrega diatriba,
del dolor remoto
sílaba exclusiva.
El Noble Cinismo
Hermano: ya conoces bien el cieno
de que estás hecho. Subitáneamente
sorprendiste en tu ideal un fondo obsceno,
y en él atenta y muda una serpiente.
Propósito bien írrito ser bueno
si un corazón secreto es el Pecado,
y si ese corazón palpita lleno
de impulsos de que otro te ha colmado.
Proclama tu verdad, hermano mío,
y exhibe tus vergüenzas con el frío
orgullo del que es fuerte y es leal;
orgullo del que sabe al fin que el mismo
designio es una cumbre y un abismo,
y Mal y Bien igual Necesidad.
El Sol de los Humildes un poema de José Manuel Poveda
Todo el barrio pobre el meandro de callejas, charcas y tablados, de repente se ha bañado en el cobre
del poniente.
Fulge como una prenda falsa el barrio bajo, y son de óxido verde los polveros que, al volver del trabajo, alza el tropel de obreros.
El sol alarga este ocaso, contento al ver las gentes, los perros y los chicos, saludarlo con cariño al paso, y no con el desdén glacial de los suburbios ricos…
Y así el sátiro en celo del sol, no ve pasar una chiquilla sin que, haciendo de jovial abuelo le abrase a besos la mejilla.
Y así a todos en el barrio deja un mimo: a las moscas de estiércol, en la escama, al pantano, sobre el verde limo, a la freídora en la sartén que se inflama, al vertedero, en los retales inmundos; y acaba culebreando alegre el sol en los negros torsos de los vagabundos que juegan al “base ball”.
Penetra en la cantina buen bebedor, cuando en los vasos arde la cerveza, y se inclina, sobre nosotros, a beber la tarde.
Pero entonces comprende que se ha retrasado, y en la especie de fuga que emprende se sube al tejado.
Un minuto, y adviene la hora de esplín, la oración misteriosa y sin brillo, y el nocturno, medroso violín del grillo.
Bibliografía y notas
- “José Manuel Poveda. Por Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro.” Revista Social. Marzo 1926, p. 47.
- Poveda, José Manuel. “El Sol de los Humildes.” Diario de La Marina. Año XCVIII, 20 de julio de 1930, p. 34.
- Ducazcal. “Un artista malogrado. José Manuel Poveda y Calderín.” Revista El Fígaro. Año XLIII, núm. 2, 10 de enero de 1926.
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