
En 1926, el Magazine de La Lucha dedicó una nota al industrial Juan López, establecido en Camajuaní y vinculado desde joven al trabajo agrícola y mecánico. Según aquella publicación, López había llegado a Cuba a los dos años y, ya mayor, se dedicó primero a la agricultura en el barrio de San Gil, hasta que a los 22 años instaló una herraduría en Santa Fe, donde comenzó herrando caballos y adquiriendo práctica en la reparación de arados americanos, alemanes y de otras procedencias.
Convencido de que en Cuba podía fabricarse un arado capaz de superar a los extranjeros, inició sus propios estudios y ensayos. En 1922 logró construir el primer arado de su invención. Al principio, muchos dudaban de su calidad por tratarse de un implemento hecho en el país; para darlo a conocer, López llegó incluso a regalar ejemplares, mientras vivía de su trabajo personal y sostenía a su esposa y a sus cuatro hijos.
La aceptación llegó poco después. El arado comenzó a venderse con rapidez y la demanda creció hasta el punto de que la fábrica no podía cubrir todos los pedidos. En sus primeros tiempos apenas podía producir dos arados diarios; para 1926, según la misma fuente, ya podía fabricar hasta treinta al día, además de gradas, rejas y otros implementos agrícolas.
La fábrica se encontraba en Camajuaní, en Independencia esquina a Primera Oeste, y ocupaba dos naves. Quienes se interesaran por el arado podían dirigirse al propio Juan López, Apartado 79, Camajuaní. La prensa lo presentaba entonces como un hombre joven —tenía 38 años—, profundamente dedicado a su negocio, amante del país y decidido a conservar sus inventos en manos cubanas, pese a las ofertas extranjeras que, según la nota, había recibido.

Tres años después, en 1929, el Diario de la Marina volvió sobre el tema bajo el título “Industria única en la República”. La crónica confirmaba la importancia alcanzada por la fábrica de Juan López y señalaba que, entre las personas vinculadas a la agricultura, ya era conocido el arado cubano que allí se producía. El establecimiento trabajaba en dos turnos, de día y de noche, y aun así no lograba dar abasto a los pedidos procedentes de distintas partes de la República.
El texto de 1929 destacaba también algunas ventajas técnicas del arado: permitía subir o bajar el timón para profundizar más o menos el terreno; era liviano y práctico, con un peso de 48 libras sin el timón; tenía cuchilla de reja de nueve pulgadas; y podía adaptarse para servir como surcador, aporcador y limpiador. La mancera podía fabricarse en maderas como ocuje o roble.
Más allá de sus detalles técnicos, la nota subrayaba una idea central: el arado era cubano. Para Camajuaní, la fábrica de Juan López constituía un motivo legítimo de orgullo, pues la prensa la presentaba como la única fábrica de arados existente en Cuba. Su caso mostraba cómo, desde un taller local, el esfuerzo personal, la experiencia práctica y la confianza en la industria nacional podían dar origen a una producción reconocida en todo el país.
Bibliografía y notas
- “Juan López, inventor del arado”. Magazine de La Lucha: Santa Clara. 1926, p. 578
- “Industria Nacional”. La Lucha. Año XLIX, núm. 202, 21 de agosto de 1928, p. 7
- Diario de la Marina, 1929
- Camajuaní: término municipal, alcaldes y vida local
- Personalidades y negocios de Las Villas
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