
Poveda y el modernismo en Cuba. Conferencia pronunciada por el Doctor Rafael Esténger, la noche del 30 de mayo de 1926, en Santiago de Cuba.
En torno de José Manuel Poveda, con oportunidad de su muerte, reina un injusto olvido, y hasta dijera más: un desleal silencio. La prensa de La Habana le consagró superficiales comentarios; la de Santiago limitó la noticia al laconismo de un breve telegrama.
Quizás fuera mejor que no hurgaran en el análisis de su obra los críticos al uso, que aún rezan pueriles alabanzas cuando aparece una novela vulgar o algún poeta dulzón consuma ingenuo recital de sus lamentos.
No fué poeta de muchedumbres José Manuel Poveda, ni descendió jamás de su afectada vulgofobia. Fué aristócrata en la selección paciente de su vocabulario, en la extraña complejidad de sus motivos, y esa espiritual aristocracia tiene al cabo sus vengadores terribles en reporteros sin cultura que fungen de improvisados dispensadores de la gloria.
Venimos, pues, a conmemorar un verdadero artista, cuya exégesis reclama la comprensión dilecta del cenáculo. Venimos a revisar nuestros valores literarios y a consignar el puesto que corresponde a Poveda en la evolución poética de Cuba. Lejos de un largo estudio, será una síntesis muy breve nuestra conferencia.
Ante todo, señores, una mirada de conjunto hacía el pasado. ¿Fué otra cosa nuestra poesía, en la casi totalidad del siglo XIX, que un arma de combate? De precioso y bien labrado metal en ocasiones; pero arma siempre, con sus leyendas hidalgas en la hoja.
La literatura no es fuente, sino espejo, de la época. Los días aquellos, precursores de nuestra emancipación política, reclamaban cantos de libertad, gritos de odio, voces de esperanzas, que en Heredia fueron declamaciones jacobinas, interpretación revolucionaria de los motivos históricos en Luaces, idealidad abstracta del progreso humano en la retórica de la Avellaneda, vacilación angustiosa o franca rebeldía en la compleja mentalidad de Plácido, y melancolía profética en el idílico José Jacinto Milánés.
No faltaron poetas de exquisito sentido literario, como el propio Luaces y como Zenea, que pagaran lamentable tributo al criollismo aplebeyado y oficiaran en la liturgia siboneya. ¡Dejemos que ese vulgófilo Nápoles Fajardo y ese inconsulto Fornaris reciban toda la gloriola vernacular de sus escuelas!
La política era entonces, en uno u otro concepto más o menos literario, la Castalia tradicional de todos nuestros poetas. No hubo en nuestra Isla, de Heredia a José Martí, por lo menos acreedor a ser considerado como tal, un solo poeta que no sintiera la dolorosa inquietud nacionalista.
Y al fin, en las postrimerías del siglo, llega Julián del Casal. En la almena más alta de su alta torre de marfil, como una excepcional aparición, enastó la bandera del arte por el arte. Su escudo heráldico tenía divisas en francés y no por cierto de Béranger.
En su obra existe alguno que otro soneto — ¡oh, la influencia mambisa de Enrique Hernández Miyares! — donde soslaya temas de noble patriotismo. Son acordes dispersos e inormónicos en la baudeleriana sinfonía de su obra.
Casal ha sido el primer poeta en Cuba que sintiera la exclusiva preocupación de la belleza. Vulgar error es creer que todos los poetas tengan noción de tal elevado ministerio. Poesía que combate, o poesía que tiene como primordial elemento la emoción, abunda con más frecuencia que la ungida por los supremos deliquios de la forma.
Desde tal punto de vista, la herencia de Casal en Cuba tiene su más cercano continuador en Federico Uhrbach; pero en Poveda tiene, además de la obsesión predominante del estilo, mayor ansia de novedad y mayor empeño de autonomía espiritual.
En Poveda las exageraciones modernistas y las virulencias divulgadoras, lejos de constituir un defecto, acaso fueron su máxima virtud, o por lo menos su cualidad más eficaz y útil. Después de la tregua del modernismo en Cuba, después que callaron las voces de Julián del Casal y de José Martí, era preciso continuar la tarea revolucionaria que ellos iniciaron, y la reacción necesitaba — como es ley natural en todas las reacciones del pensamiento y de la acción — que se acometiera con la agresividad depuradora del exceso.
Tras la obra de sus iniciadores, fuera de Cuba el modernismo continuó sus etapas evolutivas, intensificando el movimiento de renovación, que iniciaron, en torno de 1888, Nájera, Casal, Martí, Silva y Darío. Pero en Cuba estaba el modernismo, más que paralizado, en deplorable retroceso.
Entre nosotros se ahogaban las nuevas tendencias literarias bajo la incomprensión espesa de vulgos y letrados. El choteo — esa implacable institución oficial — formaba una compacía, inaccesible y pavorosa muralla en tomo de cualquier nueva realización de arte.
El valbuenismo vergonzante — que tuvo en Bobadilla su más conspicuo alabardero — retardó entre nosotros la plena consagración del modernismo. En Cuba ser modernista era una tacha. Plebeyas ironías de Robreño, fatuas disquisiciones de catedráticos indoctos, orfandad absoluta de la crítica y hostilidad implacable del ambiente, falsearon en la imaginación de todos el concepto cabal del modernismo.
Era preciso iniciar en Cuba una campaña audaz, enérgica y heroica. Era preciso galvanizar entre nosotros la mentalidad fosilizada de literatos y lectores. De ahí los artículos de Poveda, vibrantes como latigazos, en que exponía las nuevas orientaciones literarias con manifiesta agresividad al medio que lo rodeaba.
La campaña era recia; pero al fin el modernismo se abría paso. Menudeaban injurias y vituperios en la liza; pero la curiosidad prendía en los más indiferentes, y nosotros, hasta entonces petrificados en la contemplación ardiente de Núñez de Arce y Campoamor, comenzamos a leer los versos de Silva y de Darío.
Tres libros determinan, como piedras de gloria, ese tan batallado despertar entre nosotros a la renovación en la literatura.
Primero es Regino Boti con Arabescos mentales: maravillosos aciertos descriptivos y algunos innovaciones métricas que en aquel tiempo enardecían al virulento Bobadilla. Le sigue Agustín Acosta con Ala: su modernismo de entonces tiene cercanos modelos en las Prosas profanas de Darío. Y al fin llega Poveda con sus Versos precursores: más novedoso que sus compañeros, provoca un verdadero escándalo con su libro.
Necesitaron esas obras — que a pesar de su relativa novedad en el mundo literario de América eran audaces innovadoras en el ambiente nacional — la voluntad de un polemista que las defendiera. Cada uno de sus autores se creyó en el deber ineludible de explicar sus métodos de composición y sus normas estéticas.
En sus respectivos prólogos lo hicieron Poveda y Regino Boti; Acosta se limitó a publicar un “prólogo que no aparece en el libro”, según él mismo lo intitulara con éstas o semejantes palabras.
Ninguno más enérgico en la lucha, ni más audaz en el ataque, ni más heroico en la constancia que José Manuel Poveda. Sí; hay bravura y tesón en las viriles contiendas literarias. El héroe de las batallas reales se ve entre compañeros que le ayudan y consuelan, y robustece su fe con el ímpetu de los ajenos entusiasmos.
Y el que se apresta a defender un ideal de belleza, cuando aún todos sus coterráneos le incomprenden, sufre la soledad más conmovedora y terrible, porque es la soledad de quien predica en un desierto donde son ecos la burla y el escarnio.
Sentía Poveda con intensidad su alta misión de propagandista literario. Muchas veces la misión de propagandista literario trasciende a sus estrofas: ya en la estructura misma de sus versos o ya en alusiones a sus principios estéticos. Empero, siempre tuvo el buen gusto necesario para no legislar en verso, como lo hiciera Boileau.
Y vemos que lo epatante y lo original, lo postizo que no lastima la epidermis y lo profundo que emana de las raíces del alma, la pose y la sinceridad, el yo verdadero y el yo literario, como en un crisol, se amalgaman de tal suerte en la obra de Poveda que sería empeño difícil desligarlos.
No es todo alarde esa visión de pesadilla, ni es todo verdad ese egolátrico delirio. Los que le conocimos muy de cerca podemos sin vacilación atestiguarlo: el mismo José Manuel Poveda rompía a carcajadas recordando algunos autobombos. La egolatría en él tenía mucho de epatante. Pudiera decirse que formaba parte de su plan de campaña literaria.
Cierto que tenía Poveda concepto exagerado de sí mismo. La egolatría es patrimonio de los espíritus rebeldes. No es una censura señalarla; ni creo que un elogio. Revela sólo una postura espiritual, una actitud frente a la vida, y en numerosas ocasiones — como lo es en en el caso de Poveda — un venero de temas literarios, y hasta un modo de satisfacer anhelos insaciables de originalidad.
¿Y por qué no? ¡Hagamos el elogio de la vanidad y del orgullo! ¿Por qué la vanidad es el defecto que más enemigos crea y más cóleras provoca? ¿Por qué no perdonamos al pobre artista esa devota egolatría que tal vez sea la única recompensa de su esfuerzo? ¿Por qué no soportamos con indulgente piedad la ingenua satisfacción del burgués tripudo que pavonea sus manos enjoyadas?
¿Por qué a mí mismo, hasta los que me elogian con hipérboles, no me permiten el regocijo — que yo usurpo a todo trance — de hacer también la apología de un verso mío que sé oportuno y armonioso?
La modestia es virtud de los tontos, excusa de los ineptos, antifaz de los hipócritas. Un hombre en realidad modesto no sentirá el amor de su propia obra, y así no tendrá bastante fuerza y aliento para realizarlo. Por el contrario, el orgullo, aun cuando se transforme en vanidad, es siempre dinamo generador de entusiasmo y esperanza, según la fórmula de Rodó, esas dos prendas del espíritu joven.
El verdadero orgullo, que es el reconocimiento de la propia significación y estructura, tal vez no exista en absoluto; pero llamemos orgullo al aproximado conocimiento de las virtudes propias, siempre que esté regido por razonable y ponderada cordura.
No puede haber artista sin vanidad o sin orgullo, ni apóstol, ni redentor, ni mártir, ni caudillo. Solamente la mediocridad, amargada en abyecta postración ante los méritos ajenos, proclama trivialmente la necesidad de ser modestos, en tanto ve como afrenta personal cualquier altivo orgullo que descubre, o una deslumbrante vanidad que le desprecia.
“¡Sed modestos, dicen los mediocres, y no sintáis la satisfacción del vuelo!” Este astuto consejo tiene su clave en la leyenda. La Hoja Seca le dijo al águila impaciente: “No vueles a gran altura, porque el Señor castiga la soberbia”. Y el águila, pueril en sus devociones religiosas, vivió rastreando en los caminos. Un día la Hoja Seca, estremecida por un viento de tempestad, se remontó a las sienes de la montaña. Esta parábola, cuasi plagiada de un antiguo texto, sirva de exégesis ahora. “¡Sed humildes, sed mansos, sed modestos” — dice el Hábil al Obediente.
El renunciamiento es la derrota anticipada. La modestia, la que desconoce el propio mérito, o que le afea o disminuye, es el camino de la renunciación. Prefiramos la vanidad, alentadora de ilusiones, fuente de estímulos perennes, y no olvidemos que la modestia suele también servir de antifaz a los hipócritas.
Los hábiles más quieren ser elogiados por modestos que odiados por vanidosos. Pero José Manuel Poveda, que estaba muy lejos de ser un hombre hábil, arrostrando todas las pasiones y desafiando todos los rencores, jamás encubrió con falsas modestias su verdadero orgullo, y hasta su propia vanidad.
Todo sentimental es orgulloso. La igualdad es una virtud de mentalidades educadas en la certeza racional de las matemáticas. Las pasiones son exclusivas y personales: diferencian más a un hombre de otro que sus propios rasgos fisonómicos, y naturalmente le conducen a la soledad o a la tiranía.
Era Poveda un solitario. Intervino en la política, colaboró en ese deteriorador del estilo que es el periodismo, sentenció desde la silla de Juez correccional, bregó por último en su bufete de abogado; pero estas actividades son independientes de su mentalidad y de su espíritu.
¿Qué fueron, sino transacciones amargas con el imperativo inaplazable del pan de cada día? ¿Qué fueron, en realidad, sino armas en la lucha por la existencia, máscaras del idealismo autóctono, deformaciones del yo íntimo y rebelde? La soledad espiritual le distanciaba de su mundo exterior, y en esa soledad leía y releía la palabra augural de Zaratustra.
Esa misma actitud egolátrica es nietzschana. La influencia de Nietzsche llena casi la íntegra ideología de Poveda, y dos libros esencialmente de Nietzsche: Así hablaba Zaratustra y El origen de la tragedia. Con preferencia el primero, como no es difícil suponer. Gran parte de los Versos precursores, algunos sonetos del Joyel parnasiano y los Cantos neo-disíacos, trasparentan la garra de león de Zaratustra, a la que difícilmente escapa ningún alto poeta de estos tiempos, con mayor o menor intensidad.
Casi pudiera decirse que la filosofía de Nietzsche, como la de Novalis, es una filosofía que se sueña. Carece de método formalista, de sistema lógico, y se nos presenta de tal manera enriquecida por símbolos y apólogos, y de tal suerte apasionada, que más pertence a la literatura que a la filosofía.
De ahí la diversidad de influencias que ha ejercido y la variedad de interpretaciones que ha sufrido. Sería curioso estudiarla en sus avatares literarios, transformada al través de cada temperamento, no como la recia comprensión de una doctrina, sino como la ardiente interpretación de una obra de arte.
Cada artista conoce un Nietzsche a su manera. La voz de Zaratustra es diferente para cada oído, única y exclusiva para cada discípulo. Ha dejado Nietzsche en Poveda tres huellas esenciales : el yo egolátrico y altivo, con tendencias a lo que en D’Annunzio llamara Zaldumbide la “voluntad de dominio”, la dionisíaca interpretación de la tragedia, y no pocas remembranzas dispersas de pensamientos y hasta de expresiones.
Consúltense, para comprobar estos extremos, además de no pocas Crónicas trascendentales que publicara en el Heraldo de Cuba, las advocaciones de Clytemnestra y Casandra, la Elegía del buen desastre y el Canto de la voz creadora. Entre los sonetos del Joyel parnasiano, más hondo y claro es el recuerdo de Zaratustra en El noble cinismo y en Nietzschana.
Sería exagerado pretender que la influencia de Nietzsche no dejara espacios en Poveda a otras muchas que la completan y entrecruzan. El prólogo mismo de sus Versos precursores nos señala el camino que sus gustos y preferencias recorrieran. En torno de este aspecto, Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro han esbozado con admirable exactitud el problema. Ellos han dicho:
La poesía de Poveda viene directamente del simbolismo francés. El lenguaje, de una elegancia rara y melancólica, es análogo a aquel en que se produjeran Henri de Régnier o Stuart Merril si escribieran en español.
Sus procedimientos son los mismos que los de los poetas afiliados a dicha escuela: individualismo hasta el exceso, abandono total de las formas de expresión consagradas, ningún interés por los fenómenos sociales, marcada tendencia hacia lo raro y quintaesenciado… Al lado de las influencias señaladas, meramente formales, se podría señalar en Poveda otra más profunda: la de Jules Laforgue. En éste parece inspirada buena parte de su poesía.
Tal dicen los dos críticos amigos, y dicen bien. Acaso desde el punto de vista formal, la técnica de Poveda pudo ser anteriormente empleada por otro poeta americano: ya por Lugones, que también evidencia en su Lunario sentimental la influencia de Laforgue, o ya por el propio José Asunción Silva, cuyo nombre aparece más de una vez en el libro de Poveda, y cuyo Nocturno alarga su melancólica sombra hasta reaparecer en el Nocturno sentimental, y alguna que otra estrofa dispersa de los Versos precursores.
Todas las influencias, no obstante, adquirían en él un sello individual y autóctono. Señalar influencias no es más que historiar la evolución literaria de este poeta, y nunca determinar sumisión o calco. Sus versos tienen características que son inconfundibles: domina la nota personal sobre la abigarrada complejidad de las lecturas y las influencias.
El sentido trágico de la vida, como insinúa Enrique Serpa en breve nota, es la modalidad predominante en la emoción de Poveda, como la esencial característica de su expresión es la santa fobia de los lugares comunes. Corre a través de sus poesías un hondo aliento de terror ante lo inevitable, y ese terror se manifiesta de un modo subjetivo en las propias emociones que sugiere, hasta objetivarse en las visiones fantásticas o reales que describe.
El pasado sin reparación, la muerte sin consuelo: he ahí dos motivos desolados entre los que oscila, como un péndulo macabro, la musa de Poveda. Le atraen y complacen los dos motivos de angustia. Leed los cinco poemas de las Evocaciones, y añadid no pocos sonetos del Joyel parnasiano.
De ahí que el sentido trágico de la vida, perdiéndose y reapareciendo al través de la multitud de temas del volumen, trascienda en los Versos precursores a los meros poemas descriptivos. Su mundo plástico admite dos grandes agrupaciones generales: la descripción cuasi zolesca de la monotonía cotidiana y el abstracto simbolismo de sus panoramas ilusorios. Caracterizan la primera agrupación poemas como El regreso, El sol de los humildes y Luna de arrabal, y la segunda halla abundantes representaciones como en la Noche actual de Walpurgis, El baile extraño, La elegía del buen desastre y El tumulto.
Mejor que la primera, la segunda agrupación brinda en vesánicos paisajes todo el mundo interior de este poeta, quizás con más diafanidad que sus propias confesiones. En todas estas visiones de pasadilla prevalecen el tumulto, la confusión, el desorden. Se dijera que los sordos anhelos y las ocultas pasiones del poeta, enardecidos por el abuso suicida de los alcaloides y la ponzoña ideal de las lecturas corrosivas, quieren hacerse tangibles, reales, palpitantes, y cobran la existencia casi corpórea de los símbolos.
¿Qué otra cosa es la Noche actual de Walpurgis, y hasta El tumulto mismo, por ejemplo? La última estrofa de su Walpurgis, como descifrando gráficamente el simbolismo, nos da la razón en tal aserto:
Walpurgis! Una plaza interior. Soledad. Ansia mortal que pasa. Fiebre de eternidad.
Respecto a la concepción de la métrica, nada podemos añadir a lo que el mismo Poveda expone en el Prefacio de su libro. Arguye que el número, ritmo o medida es la razón vital del verso. Divide los versos en dos clases: de número invariable y de número irregular, sin admitir el metro libre sin base rítmica que lo avalore y rija. ¡Y pensar que tales conceptos llenaron de sorpresa y espanto a los vecinos letrados de Santiago, y aun a casi todos los literatos cubanos! De más estaría decir que no era José Manuel Poveda, en cuanto a metros y combinaciones estróficas atañe, ningún iniciador de nuevos rumbos.
En todo el Continente los poetas de la generación anterior, antes de que Poveda los utilizara, habían empleado también esa forma de metro libre con base rítmica invariable. Bastaría citar dos ejemplos insignes: el Nocturno de Silva, que está integrado, sobre una base silábica, por versos que oscilan entre cuatro y veinticuatro sílabas, y la Marcha triunfal de Rubén Darío, que está construida por unidades trisilábicas, oscilantes entre versos de tres a veintiuna sílabas. No obstante, sería pueril limitarnos a señalar tales ejemplos. Consúltense con preferencia las Odas seculares, el Lunario sentimental y las Montañas del Oro, de Lugones; la Castalia Bárbara, de Ricardo Jaimes Freyre, y algunos poemas de Chocano, por citar no más que algunos ejemplos ilustres.
De los procedimientos íntimos que Poveda empleaba en su composición, de la que pudiéramos llamar — con jerga de pintores — su cocina de estilo, bien puedo esclarecer algunos pormenores. Cayó en mis manos una libreta con numerosos originales suyos, entre los que había algunos versos inéditos, y una lista de palabras extraída con paciencia de los vocabularios más complejos. Le devolví a Poveda la libreta, que me reclamó con empeño, y ahora me es imposible consultarla; pero es lo cierto que en ella se trasparentaba el modo de escribir sus versos, la forma de trasladarlos al papel, de corregir las frases nacidas al ímpetu espontáneo del momento creador.
Aquellas palabras de selección, cuyo significado ni él mismo recordaba en ocasiones, las incrustaba luego en sus poesías. Difícil era encontrar un poema que hubiese sido escrito una sola vez en el cuaderno: de casi todos, de la Noche actual de Walpurgis y El baile extraño, por ejemplo, había dos o tres variantes modificadas, reconstruidas, anotadas, llenas de innumerables flechas y de nerviosas tachaduras.
Lento en el producir, como todo poeta esencialmente preocupado de la novedad personalísima, y con frecuencia rebuscada, muchas veces le oí confesar la paciente y trabajosa elaboración de sus poemas. Señalar el método de composición de un literato quizás no tenga otro interés que el meramente biográfico. No hay leyes fijas que le determinen y precisen, aunque es verdad que la premura es casi siempre revelación tácita de inconsciencia, y el trabajado decir no siempre oculta las dificultades encontradas. Y hay en José Manuel Poveda, dicho sea de paso, conciencia artística, dominio técnico, seguridad erudita; pero su verso trasparenta las dificultades vencidas y el esfuerzo realizado.
No es la gracia, esa ocultadora sutil de todo esfuerzo, virtud frecuente en las estrofas de Poveda. La fuerza predomina, la emoción trasciende como de golpe: brutal y fiera en ocasiones, y cuando pretende reír con la ternura resignada de quién ha sufrido mucho, en vez de retornar al barrio obscuro y viejo con una amable y dulce melancolía, se llama diablo genuino, atrabiliario y sin decoro, para llorar amarguísimamente contra el lecho vacío de la amada.
Su obra no es solamente benemérita por bella, sino también por útil. Las nuevas generaciones le admiramos como un artista conocedor de su secreto, como un espíritu libertador de nuestras formas rutinarias, y lo que es más aun: como personalísimo creador de complicada y sugerente belleza.
Yo puedo considerarme portavoz de la nueva generación lírica de Cuba. Sé que mis contemporáneos, con las naturales discrepancias de apreciaciones pormenorizadas, firmarían conmigo esta conferencia. No he venido a tributar una loa, ni a formular un panegírico entusiasta, sino a emitir apreciaciones personales y sinceras. No he venido a distraer vuestra atención con parrafadas sonoras de tribuno, sino a testimoniar, en nombre de mis contemporáneos, y llamo mis contemporáneos a los poetas de mi generación, que Poveda tiene para nosotros una elevada significación en la historia poética de Cuba.
Nada he dicho apenas de su vida. Nada interesa a la posteridad el barro transitorio. Baste evocar su obra literaria, que ha sido noble y fecunda, renovadora y bella. Descanse el buen amigo, para el que fué la vida una pesadilla vesánica, y viva entre nosotros la prolongada supervivencia a que le da sobrado derecho su único libro de poemas.
Su muerte literaria, que se anticipó unos diez años a su muerte física, ofrece la desconsoladora tristeza de quien deja trunco el primordial empeño de su vida. Vivió de juez y de abogado en Manzanillo, después de haber sido uno de los espíritus más independientes y arbitrarios. Perdió la fe, y la pérdida de la fe no es otra cosa que la muerte moral; pero quizás su retraimiento literario se deba también a prematuro agotamiento. La vida no perdona los derroches.
Son tristes y dolorosos los últimos años de Poveda. Son el retorno de Don Quijote a la discreta cordura; pero la ironía de Don Miguel de Cervantes Saavedra, con ser amarga, era piadosa. Mieles de santa compasión beatifican las hieles de su obra; pero no fué su piedad más oportuna que al darle muerte a Don Quijote tan luego como le diera la razón. El soñador que vuelve a la realidad no tiene otro remedio que morirse.
Si Don Quijote hubiera sobrevivido a sus quimeras, la enjuta carne — ya simbólica — habría adquirido lozanas morbideces. La paz de aldea, sin atormentadores ensueños que la inquieten, restaura en breves plazos la salud; no menos que la del cuerpo la del alma. Y el avellanado y mohino caballero habría visto acombarse el flaco vientre, nutrido por los jugosos caldos familiares. Hubiera esperado así la muerte, con una sonrisa de plena satisfacción al ver que no faltaban garbanzos al puchero, ni a los años restantes, aunque exiguas, consoladoras rentas.
El bueno de Cervantes no quiso que otro Avellaneda narrara esas intimidades del hidalgo vuelto a la cordura. No lo quiso, y no lo permitió. Era demasiado piadosa su ironía.
¡Y la realidad nos ofrece un José Manuel Poveda, después de haber errado en los paraísos artificiales más absurdos y haber vivido la bohemia más atormentada, que se refugia en su bufete de abogado, usa gafas de carey, tiene sus primeros ahorros en el banco, una mujer y un hijo!
Bibliografía y notas
- Estenger, Rafael. “Poveda y el modernismo en Cuba”. Cuba Contemporánea. Año XIV, Tomo XLI, Núm. 163, Julio 1926, pp. 244-255
- La imagen de la conferencia es una recreación visual histórica y digital: CubaMemorias.com, basada en un retrato fotográfico de Rafael Esténger.
- Escritores y poetas de Cuba
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