
Recuerdos del Tiempo Viejo por Juan Vivó a Eduardo Alonso (Amadís). Allá por el año de 1885, se trasladó al teatro de “Albisu”, la compañía que durante mucho tiempo ocupó el de “Cervantes”, en la que figuraban verdaderos artistas, muchos de ellos veteranos, como Alejandro Castro, Manuel Areu, Sierra, Ballós, Ricardo Areu, Luis Robillot y algunos más.
Otros principiantes, como el tenor Ricardo Pastor, que alcanzó sus primeros triunfos en aquel célebre teatro, al que doy ese calificativo porque su fama era mundial.
La empresa, formada por Serafín León, Juan Azcue, García Mon, e interesados en ella Luis Robillot y Modesto Julián, creyó necesario ampliar la compañía con algunos elementos indispensables en un teatro de la importancia de “Albisu”, por lo que aumentaron los coros, reforzaron la orquesta y contrataron algunos artistas, entre ellos el malogrado Angel Massanet.
Figuraban en el personal artístico, además de los nombrados, las tiples Fernanda Rusquella, Carolina Campini, Julia Aced, la Guevara, la Duato, Charo y Mercedes Vivero, Francisca Carmona, Amalia Rodríguez, la “Chata”, y Luisa Ibáñez.
Los tenores cómicos Eduardo Bachiller y Manolo Rodríguez; los barítonos Sapera, Pardiñas y Felipe Abella; los tenores Beltrán y Vigil; la característica Enriqueta Imperial, Etelvina Rodríguez, Fernando Gutiérrez y Matilde Sapera, y el maestro director Manuel Mauri.
La esperanza de la empresa, esperanza que jamás fué defraudada, era la Rusquella; pertenecía esta artista al género dramático, no poseyendo gran repertorio de zarzuela, pero admirablemente preparada para adquirirlo, disfrutando de una gran reputación y simpatía entre las sociedades regionales, en cuyos centros había trabajado.
Además, se sabía que numerosa parte de la sociedad, deseaba verla; es claro, eso no podía ser en un teatro de la fama de Cervantes, fama injusta, pues aunque en él se cultivaba un género alegre, impropio de un lunes o jueves color de lila, y se bailaba hasta el can-can, fué siempre ante el arte y ante el gusto, mucho más moral que algunos de los que existen en la actualidad.
Allí se estrenaron las mejores revistas políticas del género español, admirablemente escritas y plagadas de chistes de buena calidad.

Se montaron con todo lujo obras como “La Gran Vía”, “Agua, Azucarillos y Aguardiente”, “Luis el Tumbón”, “El Certamen Nacional”, caballo de batalla de Amalia Rodriguez; “El Milagro de la Virgen”, filigrana musical que dominaba Vigil; “La tela de Araña”, “Ya somos tres”, “Torear por lo fino”, obra con que debutó la Rusquella;
“Toros de Puntas”, cuyo alcalde caracterizaba Robillot de una manera admirable; “Los Estanqueros Aéreos”, original de los hermanos Areu, y en la que trabajaron el espada Luis Mazzantini y el picador Badila, “La salsa de Aniceta”, que con “Los Sobrinos del Capitán Grant”, fueron las obras mejor interpretadas por Alejandro Castro, y “El Amor libre”, el libreto más desvergonzado y mejor eserito que conozco.
La compañía constituía una sola familia, llegando a tal grado la confraternidad con el público, que una “morcilla” de Alejandro Castro o una salida de Robillot, como aquella de:
—¡Qué par de dies, le ha dado Dios al bárbaro de Robillot!
fueron siempre premiadas con el aplauso.
El cambio de teatro produjo más impresión a los “dilettanti” que a los artistas, porque se quedaba fuera el cuerpo de baile, el que según decía Robillot, no necesitaba.
Se pusieron en juego las influencias de los “amigos de la casa”, logrando Eduardo Cadrana, que contrataran algunas de las principales, pues como él decía: “Todos les bailes son de origen popular; desde el suave “minué”, hasta el desenfrenado “can-can”; desde la “gavota”, puesta en moda en la corte de Francia por la desventurada María Antonieta, hasta el alegre y bullicioso “bolero español”.
Por fin, llegó la noche del estreno. Todo el público de “Cervantes” estaba en Albisu preparada a aplaudir, reforzado por un numeroso conjunto social de señoras, que ansiaban conocer la labor de una compañía, en la que a pesar de su fama figuraban dos “mascotas”: Luisa Ibáñez y la Rusquella.



La sala lucía deslumbradora. Todos los “amigos de la casa”, como llamaba Robillot a los asiduos concurrentes a bastidores, habian contribuído a aquel éxito, pues las localidades fueron enviadas por ellos a las principales familias,
Esos, a quienes Luis Robillot calificaba de “amigos de la casa”, pagaban siempre su entrada, distribuían las localidades de los beneficios, y derrochaban el dinero, como quizás no se haya derrochado en ningún escenario del mundo, en obsequios, en cenas, en joyas y en flores.
Una ligera relación de sus nombres, de aquellos que fueron mis queridos amigos, dará una idea aproximada de lo que fué hasta estallar la revolución de 1895, el veterano y célebre escenario de “Albisu”.
Allí llevaron vida familiar con los artistas, hombres como el Marqués de Sandoval, Luis Felipe Jurado, Venancio, Aldama, Eduardo Cadrana, el Marqués de Argudín, Gustavo Bock, Miguel Figueroa, Agustín Laguardia, Fidel A. de Santoseilde, Enrique Solano, Luis G. Corujedo, Faustino Diez Gaviño, el general Arderius, Manolo Bustillo, Sebastián Ulacia, Lachambre, Matico Padilla y otros muchos, la mayoría de los cuales ha rendido tributo a la tierra.
La noche del “debut”, se percibía, a través de la “tela”, ese alegre bullicio denunciador de los públicos numerosos y que tan agradable resulta a los oídos de los empresarios y artistas.
Sonó la tercera campanada. El apuntador, Juan García, fué a ocupar su lugar en la concha; el traspunte, un tal Ramos, despejó el escenario, y libreto en mano se dirigió al telón, dando en él los golpes que le anunciaban al distinguido maestro director, el hoy decano de los mismos, Modesto Julián, que podía empezar.
La orquesta preludió los primeros compases de “La Gran Vía”; el telón empezó a subir lentamente pescando plantado en medio del escenario a Juan Valladares, uno de los “amigos de la casa”, quien, a pesar de ser un poco cojo, salió disparado como una flecha hacia el primer bastidor.
Había que oírlo. Era uno de los andaluces más graciosos que han venido a Cuba. ¡Pero, Juan! ¿qué es eso? le dijo Robillot, medio enfadado.
—¡No me hables, Luis! ¡Qué ovación! ¡Estoy deslumbrado! exclamó Juan, poniéndose las manos en la cabeza.
—¡Ya lo creo! —repuso Luis, muerto de risa. —¡Como que resulta que el primero que ha debutado, eres tú!
Desde aquella noche, el éxito que fué colosal, grandioso, quedó asegurado para varias temporadas, que duraron trece años, y en las que figuraron artistas de tanto mérito, como Rosa Fuertes, Concha Martínez, Dolores López, Esperanza Pastor, la Peralta, Enriqueta Alemany, Carmen Latorre, Cecilia Delgado, Soledad Alvarez, Miguel Villarreal, Julio Ruiz, Dorinda Rodríguez y Mateu.
Fernanda, como cariñosamente se ha llamado siempre a la Rusquella, era una mujer de grandes recursos artísticos; bella, culta y poseedora de dotes espirituales que la hacían irresistible. Nada quebrantó jamás su amor filial, siendo inútiles los halagos, obsequios y recursos que muchos de sus admiradores emplearon para doblegar su virtud.
Su trato era muy peligroso, porque se pasaba fácilmente de la estimación al amor. Todos sus actos fueron siempre nobles, humanos, caritativos, y hasta el mismo Robillot, hombre brusco, la respetaba, vióndose constantemente rodeada de una atmósfera de cariño no sólo entre los “dilettanti”, sino entre sus compañeros, los artistas.
Durante los trece años que trabajó en “Albisu” supo mantener muy alta su reputación, no teniendo más que dos motivos de disgusto: las crónicas sangrientas de Varona Murias y la tenaz persecución con cuartetos, odas y redondillas de un tal Riera, enamorado senil, a quien tengo la seguridad que ella no ha olvidado.
De sus facultades como cantante, tenían el registro central algo voluminoso, el grave un poco débil y el agudo muy desigual, defectos que Modesto Julián, con la batuta disimulaba, no siendo, por lo tanto, una verdadera tiple.
De haber continuado en la carrera dramática, hubiera llegado a ser una actriz notabilísima, pues en la expresión, en los ademanes, en los ojos y en otros muchísimos pormenores, se descubrían sus estudios y su talento.
Luis Robillot, que empezó su carrera artística en “Cervantes”, bajo la sabia dirección de aquel notabilísimo autor y director de escena que se llamó Joaquín Ruiz, estaba en el apogeo de sus raras facultades, cuando la compañía se trasladó a a “Albisu”.
Nadie, como él, para juzgar por la simple lectura de una obra, el resultado de ella. En eso, ni el mismo Manuel Areu lo superaba, a pesar de sus estudios y práctica escénica.
Robillot poseía una amplia visión de la vida; una exquisita sensibilidad y un temperamento artístico de primer orden. Con esas facultades tenía que ser, como fué, un gran director de escena. Lo probó con “La Bruja” y otras obras que se han montado aquí mejor que en España.
¡Pobre Luis! Era un hombre de mucha corteza con un corazón de niño…
A Robillot no le preocupaban más que dos cosas. Una: que las obras quedaran bien. Otra: que no se hiciera ruido en el vestíbulo.
De lo primero siempre quedaba satisfecho, pero en cuanto a lo segundo, era imposible evitarlo. Fué el vestíbulo de “Albisu”, durante muehos años, el punto de reunión de la mayoría de los que se dedicaban al periodismo y a otros géneros de literatura, muchos de los cuales tenían una profesión como adorno, pues pertenecían por sus condiciones, por sus gustos y por su posición social, al grupo de “dilettanti”, entre ellos el poeta Faustino Diez Gaviño, y Francisco Chacón, que poseía cuantiosa fortuna y palco propio en dicho coliseo, cuya propiedad cayó más tarde en otras manos.
Existía entonces en todos los periódicos una sección titulada “Gacetillas”, en la que ligeramente, pero siempre con gracia y sin ninguna finalidad bastarda, se hacía crítica teatral, se sancionaba el mérito de tal o cual artista y se saboreaban las ingeniosas lucubraciones de plumas tan bien cortadas como las de Fernando Costa, Ignacio Sarachaga, autor del “Baile por fuera”, Delmonte y el culto Giralt, a quien siempre cariñosamente recuerdo.
En cuanto a la crónica teatral se refiere, existían también desde entonces, pues no fueron otra cosa, las amenas del “Conde Kostia”, las dedicadas por Varona Murias a Fernanda Rusquella y las de Pascasio Alvarez contra Charo Vivero, que como todo el mundo sabe, fueron la causa del duelo que le costó la vida a Alvarez. Por aquella época, Hermida croniqueaba en “El Español” y era ya temido. A Hermida seguíalo su primo Rafael Bárzaga, que desde El Fígaro imponía su autoridad artística.
Como decía, ese vestíbulo de Albisu, que hoy transformado luce a la generación actual como antesala de morisco palacio, será siempre para los que vivimos del recuerdo, el mismo que pisaron Miguel Figueroa, Santos Villa, Pedro Miralles, Luis Bonafoux, Juan G. de Montenegro, Juanito Ruiz, Raoul Cay, Manuel S. Pichardo, Rafael Pérez Cabello, Pancho y Julio Varona Murias…
Fernando Ormaechea, Ramón Catalá, César Cancio, Triay, Valdivia, Rafael Barzafa, Emilio Bobadilla, Alfredo Martín Morales, Hermida, Angelet, Matías Padilla y el venerable Serafín Ramírez, “alma mater” de aquellas bulliciosas reuniones que fueron la pesadilla de muchos empresarios, por las protestas del público de las butacas, al que las frecuentes discusiones que allí se suscitaban, impedían oír.
La muerte inesperada de Faustino Diez Gaviño, a consecuencia de una congestión cerebral y por último, la guerra de Independencia, dieron al traste con aquella alegría y disolvieron aquel sabrosísimo mentidero.
Hoy Albisu ha sido transformado y remozado. Ha perdido el nombre: se llama ahora “Campoamor”.1
¡Lástima, querido Alonso, que no hayas alcanzado aquella época de verdadero movimiento artístico, de puras y desinteresadas afecciones, de nobles generosidades amorosas…!
Juan Vivó. Novbre., 1915.
Bibliografía y notas
- Vivó, Juan. “Recuerdos del Tiempo Viejo”. Revista El Fígaro. Año XXXI, núm. 47, 21 de noviembre de 1915, pp. 740, 741.
- Tana Lluró (Tiple del teatro Campoamor) – Véase en Wikipedia Gaietana Lluró i Morcillo
- Personalidades y negocios de la Habana
- El teatro Campoamor se inauguró el miércoles 17 de noviembre de 1915. ↩︎
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