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En la tierra de la Tumba Francesa y el Masón en Oriente

03/06/2026 Por Almar Deja un comentario

Músicos tocando tumbas y catá en Guantánamo hacia 1938.
Las “tumbas” han iniciado el bronco son. El instrumentista que maneja el “catá” se dispone a incorporar su tiquiteante ritmo al ritmo del conjunto. Foto de Vales para Bohemia, Guantánamo, ca. 1938.

En 1938, Bohemia publicó una crónica sobre la tumba y el masón, dos expresiones musicales y danzarias conservadas por las sociedades de “franceses” del oriente cubano. Estas prácticas se relacionan con el universo cultural de la Tumba Francesa, tradición de raíz haitiana conservada en el oriente de Cuba.

En las montañas y barrios de Guantánamo sobrevivía todavía en 1938 un mundo ceremonial de raíz haitiana y franco-colonial, conservado por las sociedades de “franceses” del oriente cubano. Entre el sonido bronco de las tumbas, el repiqueteo del catá, los tchatchás y los cantos en patois, aquellas comunidades mantenían danzas, jerarquías y ritos propios, donde la memoria de los antiguos esclavos de Saint-Domingue se mezclaba con la vida rural cubana, la devoción a la Virgen de la Caridad del Cobre y el folklore afrocubano.

En la tierra de la “Tumba” y el “Masón” un artículo de L. González del Campo para la Revista Bohemia en 1938. Sobre el grueso costurón formado por los terrenos montañosos que delimitan el extremo sur de la provincia de Oriente, en el tramo comprendido entre Guantánamo y Santiago de Cuba, habita una población de origen haitiano que si ciertamente, con el andar de los años se ha ido identificando con los empeños e ideales de los cubanos —hasta el punto de haber participado brava y decididamente en nuestra gesta libertadora— conserva determinadas características particulares que la individualizan y distinguen del resto de la población de Oriente y de Cuba.

Diseminados por el lomerío cubierto por los bosques y las plantaciones, en el limpio de la parcela de tierra propia, adquirida mediante el sacrificio de los abuelos o los padres libertos, se alzan los bohíos de los “franceses” tan sólo accesibles mediante estrechos y tortuosos senderos que, como serpientes gigantescas, van entresacándose en los flancos de la montaña hasta coronarla y morir en la puerta de choza.

De la laboriosidad de estos hombres ofrecen prueba rotunda las ricas plantaciones de cacao y de café, disimuladas entre el boscaje añoso, los platanales de los Quemados y Farallones en las lomas de Yateras, que producen racimos que un hombre forzudo no puede transportar, los frutales de la Ensenada y Jarahueca.

De su valor temerario, de su agresividad extraordinaria, son testimonio indelebles las cicatrices rubricadas en sus cuerpos de ébano, en sus caras de bronce, por los filados machetes de los hombres de las “guerrillas”. Del concurso por ellos prestado a la causa de nuestra Independencia, son testigos veraces los propios orientales, que en más de una ocasión nos han hablado del terror que inspiraban en la zona esos negros de Guantánamo y Yateras que venían con Antonio Maceo.

“Yo los he visto —me informaba un veterano de la Independencia— desnudos de la cintura arriba, descalzos o calzados con “alfalacas” de cuero curado, cargar, machete en ristre, con fiereza inaudita, sin importarles las descargas del enemigo ni los que cayeran a su lado.

Y en medio del combate todavía, cuando aún era difícil precisar quiénes resultarían victoriosos y quiénes saldrían vivos de la enconada refriega, los he visto avanzar como sombras diabólicas hasta la arboleda de la casa de la finca en que los españoles se hacían fuertes, apoderándose, con rapidez indescriptible y a despecho de las abejas alborotadas por los disparos de fusilería, de sendas colmenas del numeroso apiario, a falta de mejor botín. Los he visto correr, con los troncos ahuecados al hombro, para detenerse a varios kilómetros de distancia, donde la tropa acampó, dándose allí un espléndido banquete de boniatos mal asado con miel de abejas”.

De la exclusividad de algunas de sus costumbres —los “franceses” son como una cuña del alma del Haití esclavo y colonial, incrustada en el corazón montañoso de Oriente— dan muestra inequívocas Su lenguaje bozal y sus danzas amalgamadas de primitivismo y de cierta elegancia. Los “franceses” siguen hablando un “patois” particular, forma de degeneración idiomática que emplean para entenderse los descendientes de los esclavos de los plantadores galos que colonizaron parte de Santo Domingo.

Y cualquiera que haya recorrido, en horas de la noche, las carreteras y caminos de esta parte de Oriente, tiene que haber escuchado el rumor distante de tambores africanos, cuyo uniforme sonido, es, en cierto modo, traducido en palabras por los habitantes de la región, que para explicarlo repiten una y otra vez, con determinada inflexión de voz: “Mucho cuidao con la muerte en cuero. ¡hey! cuidao con la muerte en cuero”.

Cierto que estas palabras carecen de sentido para el lector, pero dichas con la inflexión de voz que por allá se les da, reproducen fielmente el martilleante monorritmo de aquellos tambores gigantes. Pues bien, quien quiera que haya recorrido, en horas de la noche, la carretera de Santiago a Songo, el camino de La Maya a La Ensenada o algunos de los caminos de la jurisdicción de Guantánamo y Yateras, tiene que conservar como clavado en el tímpano, el eco de aquellos tambores que reiteran una y otra vez aquel único e interminable compás:

“Mucho cuidao con la muerte en cuero ¡hey! cuidao con la muerte en cuero”. Y como complemento del extraño ritmo el ti-lín de los cencerros de los mulos de las arrias, que responden fielmente a cada pisada de bestia, mientras el conductor, estatua de granito negro embozada en oscura capa y tocada con sombrero de yarey de amplias alas, parece inmovilizada sobre el lomo del último animal…

¡Es la noche del sábado! Es noche de “tumba” y “masón”!

Por los caminos y veredas proceden de las lomas de Yateras —bordeados por los cafetos— en la penumbra del atardecer que el boscaje hace más espesa, cabalgan hombres y mujeres en cuyos rostros enjutos se discuten sitio las arrugas pronunciadas, mientras en sus cabezas, la pelambre áspera, ensortijada y nívea, pone un no sé qué de aristocrático y venerable. Son aquellos los amigos invitados a extraño aquelarre de la noche del sábado.

¡Guantánamo, cuna del “llerén” y del “afió”, eres ciudad de contrastes; eres punto en que los extremos se tocan y se confunden; eres tierra de “tumba” y de “masón”!

Mientras en la antesala de Caimaneras sienta sus reales la civilización de los hombres nórdicos que beben whiskey, mastican chicle y poseen máquinas de guerra poderosas, en los barrios periféricos, hacia los bordes de la ciudad progresista y civilizada, resuenan las “tumbas” y los “catás” y se escuchan los cantos africanos dichos en “patois”.

Y en la noche del sábado, por sobre los rumores de la ciudad que se divierte, salvando las cumbres de los más altos edificios, perforando el vacío de las desiertas calles asfaltadas, difuminándose en el ambiente, llegando hasta profanar el teclear del aristocrático piano distante, como si fueran el mundo de los fantasmas y los trasgos llamados a consejo por las brujas, se escucha el eco de los sones producidos por las manos diestras y rudas, sobre las pieles de cabras estiradas y resecas que recubren los troncos ahuecados de las “tumbas”.

¡Oh, tierra bendita donde florece el café y hay eterno resonar de “tumba” y de “tchatcha”!

Grupo reunido alrededor de la reina ceremonial en un estrado en Guantánamo hacia 1938.
La “reina”, en el estrado, rodeada por dignatarios de su corte extravagante.

Hacia un lado del reducido y mal aireado salón rectangular, un estrado se alza a poco más de un pie sobre el nivel general del piso y que está en cierto modo preservado de los contactos “plebeyos” por sólida balaustrada de cedro tallado, sirve de alojamiento a la “reina”, una morena rolliza que con expresión aristocrática y gesto displicente se mece en un sillón, rodeada por varias damiselas de su corte extravagante.

Hacia el extremo opuesto, a horcajadas sobre gruesos troncos revestidos por un lado con pieles de cabra sin curtir, dos hombres, con las mangas de las camisas envueltas hasta el nivel del codo, esperan impacientes la señal, para arrancar con sus golpes rotundos, ritmos desconcertantes a las “tumbas”.

Sentado frente a un tercer tronco, acaso de palmera, también ahuecado, y armada cada mano de un palo como de media vara de longitud, el que tiene a su cargo el “catá” espera ansioso el momento en que sus “palillos” golpeando despiadadamente sobre el costado del tronco inmóvil, le permitan producir las notas agudas del singular conjunto.

A la siniestra del tronco, hacia el lado opuesto del salón, doce, veinte, treinta mujeres, vistiendo largas batas de vivos colores que les cubren hasta las suelas de los zapatos, tocadas con anchos y floridos pañolones, mueven las diestras provistas de unos palos cuyo extremo superior termina en un depósito de metal de forma cilíndrica, adornado y casi totalmente envuelto por el tornasol de cien cintas de colores, produciendo un ruido como de cascabeles, mediante el entrechocar de los guijarros que contiene el artefacto con las metálicas paredes. Son las coristas provistas de sus correspondientes “tchatchas”.

En medio del grupo formado, por las muJeres del “tchatchas”, un hombre, el único que porta el sonoro juguete, es el encargado de dirigir el abigarrado conjunto, es el que, llegado el momento, en funciones de “solista o composé”, dirá o improvisará versos en “patois”, al compás de las “tumbas”, el “catá” y los “tchatchas”, versos que el nonagenario conjunto coral repetirá después.

Los hombres, con sus ropas domingueras puestas, entre las que se encuentra lo mismo el traje de factura moderna que la guayabera o la burda chamarreta de confección casera, calzan zapatos de “crujidera” o el tosco calzado de trabajo. Y muchos gastan el lujo de un cuello duro y una chillona corbata.

Una de les cosas que más poderosamente llama la atención, por lo que de contrastante tiene con nuestras costumbres, es el hecho de que cuantos ocupan aquel salón —instrumentistas, integrantes de la masa coral, bailadores— son ancianos de avanzada edad.

Entre los “franceses” los ancianos y los jóvenes no se divierten en promiscuidad. Nada de eso. El baile que se iniciará temprano y durará hasta la medía noche, es baile para los ancianos, es la “tumba”. Más tarde vendrá otro tipo de baile, baile en que las parejas se estrecharán a estilo nuestro, y que es exclusivo para la gente joven. Será entonces la hora del “masón”.

¡Es la hora de la “tumba”! ¡El baile va a comenzar!

La “reina”, como si a su jerarquía resultara ingrato descender hasta donde se mueven los plebeyos, delega sus funciones en las inmediatas en rango, inferiores, las “mayores de plaza”, que son las encargadas de iniciar el baile.

Las tumbas dejan escuchar sus rudos sones, el “catá” predomina con su ti-qui-tic-ti-qui-tac, los “tchatchas” deslíen sus metálicos sonidos.

La “mayor de plaza”, marcando pasos cortos con rápidos movimientos de los pies mientras el cuerpo erecto permanece casi inmóvil, avanza hasta donde está el “presidente” —el hombre cuya jerarquía corresponde a la de la “reina”— toma la diestra de éste, y cogidos de la mano ambos, marcando un gracioso paso como de minué, avanzan hacia el estrado, hacen una reverencia a la “reina” y volviéndose, en vuelta elegante como de baile de cuadros, avanzan de nuevo, con pasos de danza, cortos, rápidos, graciosos, hacia donde se encuentran los instrumentistas, haciéndoles otra reverencia, mientras los componentes del coro, siguiendo al “composé” repiten, al mismo tiempo que agitan desesperadamente los “tchatchas”, palabras que pronuncian de este modo:

“Muedin tan de nue tu qui soi bien fait”

Interrogado el “composé” sobre el significado de estas palabras, nos explicó que querían decir: “Todo está bien hecho, lo mismo en blanco que en negro”.

Pareja ejecutando un paso de yubá en una ceremonia de Tumba Francesa en Guantánamo hacia 1938.
Aquí tenemos un espléndido paso de “yubá”. Se llama así este modo de baile de una pareja.

Después, separados, los danzantes, uno avanza en un sentido mientras el otro avanza en el sentido opuesto, marcando el paso del llamado “yubá” (baile de dos) hasta que el toque particular de los instrumentos anuncia el bailador que ha sido eliminado, momento en que éste se aleja, dejando a la “mayor de plaza” bailando sola en lo que llaman un “frente”, hasta que ésta saca a otro bailador.

Si la nueva pareja de la “mayor de plaza” es tan buen bailador que conquista la admiración y el aplauso de los concurrentes, es cosa fácilmente comprensible, porque sucesivamente los componentes del coro le van atando en los brazos, en el cuello, en el pecho, sus pañuelos de colores.

Mayor de plaza en una sociedad de Tumba Francesa en Guantánamo hacia 1938.
Una “mayor de plaza”. En la sociedad hay dos. Este rango es el segundo en jerarquía después de la “soberana”. No se iniciará el baile sin que sea una “mayor de plaza” quien seleccione al bailador.

Y a mayor número de pañuelos atados, mejor calidad de bailador, dándose el caso de danzantes que se ven materialmente envueltos por los pañuelos de las admiradoras, que amorosamente le secan el sudor.

De vez en cuando, el “composé” o algunas de las componentes del coro, avanza hacia donde están los instrumentistas, agitando el “tchatcha” por encima de sus cabezas. (Esto tiene por finalidad indicarles que deben afinar sus instrumentos que están desentonando con el conjunto. Pero eso, desde luego, sólo es perceptible para quienes están acostumbrados a aquella balumba instrumental, ya que para nosotros siempre resuenan igual los tambores y el catá).

Hombres junto a una imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre en una sociedad de franceses en Guantánamo.
¿Tienen estos bailes algún abolengo místico? ¿Cuál es la razón de que en todas las sociedades de “franceses” la Virgen de la Caridad del Cobre ocupe lugar preferente? Foto de Vales para Bohemia, Guantánamo, ca. 1938.

Pretendiendo averiguar el origen y significación de aquellos bailes —que parecen tener algo de místicos, pues en casi todas aquellas “sociedades” hay una imagen de la Virgen de la Caridad— se nos habló de una interesante monografía escrita por el Dr. Regino E. Botti, que, por desgracia, no ha sido publicada aún. La versión más completa que se nos dió sobre el origen de las “tumbas”, parece bastante exacta, si se tiene en cuenta las características de los pasos del baile, pero es una versión popular que dista mucho de la realidad.

Estos bailes —nos explicaron— tienen su origen en el minué y en “los lanceros” de la Provenza francesa. Llevados a Haití por los colonos, los esclavos africanos al servicio de éstos, trataron de “copiar los bailes de sus amos”, para sustituir con ellos, por parecerles de mejor gusto, sus danzas africanas.

A fuerza de ver bailar y de imitar, lograron copiar, en cierto modo, los pasos del minué, pero como ellos no podían disponer de los pianos, arpas y violines de sus amos, no tuvieron más remedio que adaptar la danza al ritmo de los instrumentos africanos que poseían.

Al emigrar a Cuba los colonos franceses en 1792 con sus esclavos y libertos y establecerse en este tramo de la región oriental, estos últimos importaron el lenguaje, y las danzas que aún usan sus nietos y que son del conocimiento de muchas personas, que estando distantes de tener el mismo origen, informan que ellos saben “echar tumba y masón verdad”.

Sea cual fuere el origen de estos bailes, lo cierto es que se les puede identificar perfectamente con el llamado “vadou” haitiano. Este baile, de origen puramente africano, fué importado a Haití por esclavos de la tribu de los “aradas”.

Consiste en una danza de compás de 3 por 4, en que, después de varias oraciones —padres nuestros, ave marías, etc.— se bailan series de cuatro vueltas, cada una de ellas, en honor de uno de los espíritus, el primero de los cuales es “Legba”. Para saludar a “Legba” se dan dos vueltas en un movimiento intermedio entre el vals lento y el ordinario, siendo ésta la llamada danza de los hombros. Luego se pasa al “yanvalou” o tercera vuelta, que es un vals más lento, en que los hombros, la cintura y los pies, evolucionan en movimiento de conjunto.

Se termina el baile con una vuelta en compás binario, propia del baile llamado “carabinier”.

El “vadou” se baila al son de tres tambores cónicos de tamaño diferente, acompañado de palmadas y de un instrumento de acero donde se marca el compás con golpes secos. A veces se acompaña la danza también con una especie de cascabeles llamados “tchatchas”.

En próxima oportunidad publicaremos otra crónica, donde explicaremos el origen puramente africano de estas danzas, que si ciertamente fueron importadas a Cuba por los esclavos de los franceses de Haití, a nuestro entender no tienen contacto alguno con las danzas de la Provenza francesa.

Si va a establecerse alguna correlación de estos bailes con bailes europeos, más cerca se les encontraría de la Grecia antigua que de la Provenza, ya que el hecho de que las danzarinas sólo mueven el cuerpo desde la cintura abajo, hace que sus bustos luzcan como los de verdaderas estatuas griegas. En esa próxima oportunidad nos referiremos a la intimidad del baile mismo y entonces nuestros lectores podrán darse cuenta de que son estas de los “franceses” verdaderas danzas rituales, que descompuestas con distintos nombres, representan los tres momentos más solemnes de su vida activa, y de la llamada “tumba”.

La primera de las danzas que integran “la tumba”, es el “canto de la tala del bosque”, en que en un “frente”, el único bailador representa al guerrero que lucha contra el enemigo que lo combate.

Esta danza particular, a la que creo que llaman “babul”, simboliza esa lucha cruenta para el establecimiento de la tribu, y el danzador entabla un verdadero duelo con el que toca el “catá”, y mientras el “catá” hace filigranas de instrumentación, el danzante con sus movimientos y gestos trata de seguirlo, resultando muchas veces que impotente el hombre para seguir los sonidos del instrumento cae desmayado por la magnitud del esfuerzo.

Un segundo baile, también simbólico, al que llaman el “crasimá”, representa “la recolección del café”. Y un tercer baile, tan rico en movilidad como los anteriores, es el simbolismo de la “recolección del algodón”. El “masón” es más bien una degeneración de estas danzas simbólicas, en que se ha incurrido para dar oportunidad de divertirse a los descendientes de estos “franceses”, que pese a su juventud, no tienen energías bastantes para seguir los fuertes bailes de sus mayores y tienen que bailar algo análogo a nuestro son.

En próxima oportunidad, lo repetimos, nos referiremos más ampliamente a este simbolismo de las tres danzas que componen “la tumba”.

Dos guantanameros ilustres, el doctor Regino Boti y Lino Dou han hecho concienzudos estudios sobre estas danzas, siendo lamentable, que ni el uno ni el otro hayan divulgado el resultado de sus investigaciones y experiencias con los “franceses”.

El Dr. Botti, por ejemplo, tiene una interesante monografía inédita sobre esta cuestión, y en reciente visita a Guantánamo, hemos tratado de estimularlo a publicarla, ya que la divulgación de estas danzas de los “franceses”, constituye un magnífico aporte a nuestro folklore, a nuestra Historia y a nuestra sociología, particularmente a esta última, ya que los “franceses”, identificados en un todo con la sociedad cubana, han conservado inalterables, sin la menor amalgama, pese a cien años de convivencia con nosotros, sus bailes y su “patois”.

Por este medio, aprovechamos la oportunidad para emplazar al Dr. Regino E. Boti a ofrecer ese magnífico aporte de que tan necesitados se encuentran cuantos investigan en estas cuestiones.

Bibliografía y notas

  • González del Campo, L. “En la tierra de la ‘Tumba’ y el ‘Masón’.” Bohemia, año 30, núm. 24, 12 de junio de 1938, pp. 24-26, 40-43, 51.

Publicado en: Música Etiquetado como: Folklore afrocubano, Franceses de Cuba, Provincia de Guantánamo, Tumba Francesa

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