
El 24 de febrero de 1920, en pleno aniversario del inicio de la Guerra de Independencia, fue inaugurada la Biblioteca Municipal de La Habana. Instalada en la calle Zenea número 225, la nueva institución nació con el propósito de acercar la lectura y la cultura a todos los sectores de la ciudad, especialmente a las clases populares y obreras.
Bajo la dirección del escritor y periodista Arturo R. de Carricarte, la biblioteca fue presentada como una obra de utilidad pública y como expresión del ideal republicano de educación, progreso y mejoramiento social.
Con gran lucimiento se efectuó, el 24 de febrero de 1920, a las diez de la mañana, el acto de inauguración de la Biblioteca Municipal, creada recientemente por el Ayuntamiento a iniciativa del alcalde de la ciudad, doctor Varona Suárez.
Dicha biblioteca fue instalada en la casa de Zenea número 225, edificio de moderna construcción adaptado a las necesidades de esta clase de obras. Ocupa toda la planta baja el salón de lectura; en el primer piso se instalaron el despacho del director, las oficinas, el almacén de libros y periódicos, y la estufa de desinfección.
Cuenta la biblioteca con ocho mil volúmenes y manuscritos, en su mayoría en castellano, además de gran número de revistas y periódicos, muchos de ellos empastados. En los amplios estantes se ven obras de literatura cubana y obras especiales para la clase obrera.
La instalación se hizo al estilo europeo, sencilla y elegantemente.

La dirección de la Biblioteca fue confiada al brillante literato y periodista señor Arturo R. de Carricarte, persona de gran cultura e ilustración, y peritísimo en asuntos bibliográficos.
Como secretario de la Dirección actuaba el joven Gonzalo G. de Mello, y como auxiliares ocho señoritas alumnas de la Academia de Manrique de Lara.
En la ceremonia de inauguración pronunció el popular alcalde, doctor Varona Suárez, el elocuentísimo discurso que insertamos a continuación:
Discurso del doctor Varona Suárez en la inauguración de la Biblioteca Municipal de la Habana el 24 de febrero de 1920
Señores:
Damos cima en estos momentos a una obra que, habiendo sido uno de los puntos cardinales del programa que ofrecí al vecindario de La Habana antes de mi elección para el cargo de alcalde de esta ciudad, ha sido después uno de los empeños que más principalmente ha merecido mi atención, y será siempre una de las más legítimas satisfacciones de mi vida pública: la creación de una Biblioteca de carácter exclusivamente municipal.
He vivido durante mucho tiempo enamorado del proyecto de dotar al pueblo de La Habana de una Biblioteca pública establecida y mantenida por el Tesoro Local. Creo que no hay buena administración pública donde la cultura popular es insuficiente, y no hay, a juicio mío, solución mejor para levantar el nivel cultural de los pueblos que estimular la lectura y difundir y vulgarizar todos los elementos que contribuyan a aquel fin, mediante la creación de Bibliotecas accesibles a todas las clases sociales y adaptables a todas las inteligencias, a todos los gustos y a todas las orientaciones individuales.
La función tutelar del Estado, la Provincia y el Municipio parece incompleta allí donde falta este precioso factor de adelanto público.
No se concibe que el poder central o el gobierno local acudan a proteger y mejorar los intereses generales con medidas de seguridad, policía, ornato, sanidad, beneficencia y hasta instrucción pública, y olviden que a todas esas medidas —y principalmente a esta última, porque en sus características y en sus finalidades cabe precisamente— hay que agregar la que pone al alcance del obrero, del empleado, del estudiante y de todo aquel, en fin, que produce para la sociedad y en provecho de la sociedad persigue su propio mejoramiento, los medios necesarios para aumentar el caudal de sus conocimientos y servir, con una suficiente preparación intelectual, las necesidades del país en que vive y de la humanidad y la civilización en general.
No basta que se creen escuelas para niños, ni que se haga compatible con todas las fortunas el estudio de la segunda enseñanza y de las profesiones liberales; los poderes públicos deben ir más allá: procurar que los artesanos, los hombres que desempeñan oficios manuales y, de un modo más extenso aún, todos aquellos que por razón de la clase de actividad que desarrollan parecen más alejados del estudio, sientan amor por él, vean en los libros los mejores amigos del espíritu humano y se emancipen, con su propio perseverante esfuerzo, de los prejuicios que acompañan fatal e inevitablemente a la ignorancia.
Esa es la importancia que tienen las Bibliotecas públicas y esas las ventajas que su creación viene proporcionando desde tiempos remotos; y de ahí que deban constituir un servicio público que es necesario atender en consonancia con las exigencias de la época y las modalidades intelectuales de carácter local.
Como a mí no me agrada vestirme con galas ajenas, cumplo un deber de justicia consignando en estos momentos que en la Biblioteca Municipal de La Habana tiene una participación grande, casi única, el señor Arturo de Carricarte, periodista cultísimo y crítico de notoria erudición, a quien el país debe ya no pocos considerables beneficios.
A él se debe el éxito que la Biblioteca ha alcanzado cuando aún no ha sido puesta al servicio público. Cuanto hay aquí de ventajoso y conveniente, obra es de su reconocida experiencia, de su delicado espíritu, de su exquisito método y de su amor sin tacha y sin límite a la nacionalidad cubana. Sean para él mis gracias, los aplausos de todos los presentes y las glorias —que han de ser muchas— que esta Biblioteca pueda conquistar.
Abierta queda, pues, mediante esta sencilla ceremonia, la Biblioteca que el Municipio de La Habana ha fundado y se propone mantener con prestigio siempre creciente. Y como se inaugura, por feliz coincidencia, en la fecha inmortal que señala la gloriosa y triunfante protesta de Baire, hagamos votos por que los beneficios intelectuales que de ella esperamos contribuyan a afianzar, sobre bases de orden, progreso, libertad y cultura, la República que soñaron los visionarios del 68 y del 95. He dicho.
Entre los asistentes al acto se encontraban el secretario de Instrucción Pública, doctor Aróstegui; el gobernador, señor Barreras; los doctores Antonio Sánchez de Bustamante, Alfredo Zayas, Maza y Artola, José A. López del Valle, José M. Carbonell y Gonzalo Pumariega; los concejales José Castillo y Lorenzo Fernández Hermo; el secretario de la Administración Municipal, señor Lucio Carmona; Andrés Solano; Saturnino Escoto Carrión; el tesorero del Municipio, señor Domingo Espino, y muchas personas más cuyos nombres no recordamos.
Todos los concurrentes fueron espléndidamente obsequiados con dulces, sándwiches y ponche. La Banda Municipal amenizó la fiesta de inauguración, tocando escogidas piezas de su repertorio.
La Biblioteca Municipal, que indudablemente venía a llenar una sentida necesidad y sería de gran provecho para la clase obrera, estaría abierta al público todos los días desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche.
En las mesas de lectura había capacidad para más de 120 personas, y el sistema de alumbrado resultaba excelente y adecuado.
Nuestra felicitación al doctor Varona Suárez, al director de la Biblioteca, señor Arturo R. de Carricarte, y a sus colaboradores por esta positiva obra en pro de la cultura nacional.
La Biblioteca Municipal desde El Fígaro

El 24 de febrero, solemne aniversario de la guerra de independencia, fue inaugurada la Biblioteca Municipal, nueva instalación fundada por el Ayuntamiento y cuya dirección se confió, con feliz acierto, a nuestro querido compañero, el talentoso literato señor Arturo R. de Carricarte.
La Biblioteca Municipal fue una de las pocas cosas dignas de loa que realizó nuestra administración municipal, generalmente desdeñosa de los intereses morales y materiales del pueblo. Una idea noble y levantada del señor Carricarte originó la fundación de la Biblioteca, con el objeto primordial de intensificar y extender la cultura de las clases obreras.
En aquellos momentos, empresas de esta índole, bellas y patrióticas, eran de incalculable importancia, pues los agudos conflictos sociales resultaban tanto menos violentos cuanto más instruidos fueran los elementos que los promovían.
Respondía, pues, la nueva institución a un concepto justo de la moderna democracia, y venía a ser un fanal que irradiaría sus espléndidas luces para iluminar las conciencias entonces perturbadas.
Y para que su éxito fuera cierto y brillante, el gobierno de ella quedaba en las manos hábiles de un hombre competente en estas materias, una de nuestras más estimadas personalidades literarias, ya consagrada por su talento y cultura en el mundo intelectual: Arturo R. de Carricarte. A él se debía, principalmente, la creación de la Biblioteca y, sobre todo, su oportuna y selecta organización.
Como es sabido, el señor Carricarte donó toda su valiosísima biblioteca privada —más de cuatro mil volúmenes— como primer aporte que sirvió de base a la institución creada.

El acto inaugural fue brillante y estuvo a la altura de la finalidad del nuevo centro cultural. Una concurrencia distinguida y numerosa asistió al mismo, en el cual hizo uso de la palabra el alcalde doctor Manuel Varona Suárez, pronunciando frases adecuadas a la fiesta.
La Biblioteca Municipal respondía, en su objeto y organización, a una altísima misión educadora y patriótica que, bajo tan inteligente dirección como la del señor Carricarte, se desarrollaría con éxito en beneficio de las clases populares.
Fuentes
- “Ayer quedó inaugurada la Biblioteca Municipal”. Diario de la Marina. Año LXXXVIII, núm. 56. La Habana, 25 de febrero de 1920, p. 1.
- “La Biblioteca Municipal”. Revista El Fígaro. Año XXXVII, núms. 7, 8 y 9. La Habana, 15, 22 y 29 de febrero de 1920, p. 144.
- Personalidades y negocios de la Habana
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