
Martí y el caudillismo militar por Salvador Massip. Palabras pronunciadas por Salvador Massip en la cena martiana que por iniciativa de la Hermandad de los Jóvenes Cubanos se celebró en Artemisa el 27 de Enero de 1938.
La mitología de los griegos en una de sus fábulas nos habla del gigante Anteo, hijo de Poseidón y de la Tierra, que cuando parecía estar agotado y casi vencido en la Juerha contra sus enemigos se asentaba firmemente en el suelo y cobraba nuevas fuerzas para continuar la batalla.
Era que el gigante, hijo de la Tierra, recibía de su madre las energías que le eran precisas para seguir combatiendo y para vencer al fin a sus adversarios.
La fábula de Anteo tiene un hermoso simbolismo. En toda pugna, en toda lucha ingente, las peripecias del combate agotan las fuerzas y hacen decaer momentáneamente las energías. Físicamente, el luchador requiere descanso; moralmente, necesita renovar las fuerzas espirituales que le habrán de llevar a la victoria. La fábula de Anteo puede aplicarse perfectamente, en este momento histórico, al pueblo cubano y a nosotros, los aquí reunidos, que de ese pueblo formamos parte.
El pueblo cubano está empeñado desde hace tiempo en una lucha en la que defiende con tesón principios y normas que le son muy caros y que considera indispensables para vivir la vida de los pueblos libres. Esos principios y normas son los que de un modo general se han condensado en los términos de Libertad y de Democracia.
En esa lucha ingente el pueblo cubano combate contra fuerzas materiales aparentemente invencibles, que lo desalientan y le hacen dudar de su capacidad para obtener la victoria. Pero así como Anteo buscaba el contacto con su madre la Tierra para renovar sus energías, asimismo, esta reunión, en cena martiana, de un grupo de cubanos de buena voluntad, no es otra cosa que un alto para buscar en Martí guía, aliento, inspiración y orientación para continuar con nuevos bríos la pugna tenaz en la que todos estamos comprometidos.
Los intelectuales que en este acto hacemos uso de la palabra no seríamos conscientes de nuestra responsabilidad social si no señaláramos de modo concreto, terminante e inequívoco cuales son los antagonistas con los cuales lucha en este momento histórico el pueblo cubano en defensa de la Libertad y de la Democracia; y esas fuerzas, amigos y compañeros, son el conservatismo, el fascismo, el imperialismo y el militarismo.
A través de la obra escrita de Martí encontrará quien la busque inspiración para combatir ese conjunto de fuerzas retardatarias; pero si quisiéramos un documento apropiado no tendríamos más que leer la carta que el 20 de octubre de 1884 dirige en New York al general Máximo Gómez.
En fecha tan temprana respecto de la guerra de independencia Martí tiene ya una concepción clara de la República cubana que se propone crear, de aquella República que “desde sus raíces se ha de constituir con formas viables y de sí propia nacidas, de modo que un Gobierno sin realidad ni sanción no lo conduzca a las parcialidades o a la tiranía”…
Carta reveladora, como dice Roig de Leuchsenring, de cómo desde sus primeros trabajos en pro de la emancipación de su patria no hay ni improvisaciones, ni ligerezas, ni precipitaciones, sino que su obra libertadora es, desde sus comienzos, resultado de un plan y de un programa, concebidos y mantenidos en esa forma sólo por quien, como él, tiene una visión perfecta y clara de lo que se propone hacer y cómo y para qué se propone realizarlo. No es un agitador más, sino ya el estadista de su pueblo y de todo el Continente.
Para Martí hay una manera única de servir a la patria: desinteresadamente. Y no admite que la Revolución pueda ser considerada como propiedad exclusiva de jefe alguno, de modo que la República no resulte esclavizada por la preponderancia o la autoridad desmedida de una clase social o de una agrupación militar o civil.
En su admirable carta a Máximo Gómez dice Martí:
“Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que usted pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en la que se me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.”
Esas palabras son una condenación expresa del caudillismo, cuya aparición y arraigo inquietaba a Martí desde mucho tiempo antes de que la República se estableciera. Esa condenación es tan terminante que a pesar del inmenso amor que tiene por la independencia no quiere contribuir “ni en un ápice”, a llevar a su tierra a un régimen vergonzoso de despotismo personal como el que supondría un régimen de caudillismo militar, al que considera más vergonzoso y funesto que el despotismo político representado en 1884 por los Capitanes Generales que entonces gobernaban a Cuba.
“Un pueblo no se funda, General —dice Martí en su carta— como se manda un campamento”. Defensa elocuente del poder civil frente al poder militar. La diferenciación de funciones es bien clara: ni se puede gobernar un campamento con las normas de los hombres civiles, ni se puede gobernar a un pueblo con los métodos de los hombres militares.
En la misma carta dice Martí:
“Cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, sino la intención, bruscamenta expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fé y de guerra que levante el espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra ¿qué garántías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, van a ser mejor respetadas mañana?”
He ahí, manifestada una vez más la inquietud de Martí por la suerte que puedan correr en Cuba las libertades públicas, que él precia en tan alta estima y dignidad.
Y yo me digo: Si Martí, en 1884, mostraba esa preocupación tan grande por la suerte que pudieran correr las libertades públicas ¿cómo no vamos a mostrar esa preocupación nosotros, que en él nos inspiramos y que nos llamamos sus hijos espirituales? Y como él me pregunto: “¿Qué garantías puede haber para las libertades públicas…?” Nunca estuvo más justificada la inquietud de Martí, y, nunca, puede estar más justificada la nuestra…
“¿Qué somos, General —pregunta Martí a Máximo Gómez en su carta—. ¿Dos servidores heróicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar a la guerra a un pueblo para enseñorearse después de él?”.
Al hacer esa interrogación ¿Qué somos? Martí se refería a él, que representaba la autoridad militar. Quiére Martí que no sean “los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón” se conviertan en los Señores de ese mismo pueblo. “Caudillos afortunados” contra los cuales, nosotros, que nos inspiramos en Martí, tenemos también que condenar y anatemizar.
La condenación expresa y terminante del caudillismo militar la hace Martí en las siguientes líneas de su carta:
“Domine usted, General, esa pena, como dominé yo el sábado el asombro y disgusto con que oí un inoportuno arranque de usted y una curiosa conversación que provocó a propósito de él el General Maceo, en la que quiso, ¡locura mayor! darme entender que debiamos considerar la guerra de Cuba como una propiedad exclusiva de usted, en la que nadie puede poner pensamiento ni obra sin cometer profanación, y la cual ha de dejarse, si se la quiere ayudar, servil y ciegamente en sus manos.
No; ¡no, por Dios! ¿Pretender sofocar el pensamiento, aun antes de verse, como se verán ustedes mañana, al frente de un pueblo entusiasmado y agradecido, con todos los arreos de la victoria? La patria no es de nadie; y si es de alguien será, y esto es sólo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia.”
Y como si no fuera bastante agrega en el párrafo siguiente de su hermosísima carta que está dispuesto a ir a una guerra emprendida en obediencia a los mandatos del país; pero no a una guerra que sea “una aventura personal, emprendida hábilmente en una hora oportuna, en que los propósitos particulares de los caudillos pueden confundirse con las ideas gloriosas que los hacen posibles;
A una campaña emprendida como una empresa privada, sin mostrar más respeto al espíritu patriótico que la permite, que aquel indispensable, aunque muy sumiso a veces, que la astucia aconseja, para atraerse las personas o los elementos que puedan ser de utilidad en un sentido u otro; a una carrera de armas por más que fuese brillante y grandiosa; y haya de ser coronada por el éxito, y sea personalmente honrado el que la capitanee;
— A una campaña que no dé desde su primer acto vivo, desde sus primeros movimientos de preparación muestra de que se la intenta como un servicio al país, y no como una invasión despótica; — A una tentativa armada que no vaya pública, declarada, sincera y únicamente movida, del propósito de poner a su remate en manos del país, agradecido de antemano a sus servidores, las libertades públicas…”
En “manos del país” quiere decir sencillamente “en manos de los hombres civiles”. Esta doctrina de Martí resume en unas cuantas palabras su concepto sobre las relaciones entre los poderes del Estado. El poder civil debe ser supremo; el poder militar, subordinado.
A otra cosa —dice Martí en la misma carta— “no prestaré jamás mi apoyo, valga mi apoyo lo que valga”. Y a otra cosa, podemos y debemos decir nosotros, siguiendo su ejemplo, no prestaremos jamás nuestro apoyo, valga nuestro apoyo lo que valga.
Amigos y compañeros: como el gigante Anteo, que se acercaba a la Tierra para renovar su vigor, así nos acercamos nosotros esta noche a Martí para renovar el nuestro. Lo hacemos de todo corazón en esta Noche-buena simbólica, en la que se conmemora el aniversario de su natalicio, como que se trata de cobrar nuevas esperanzas para seguir luchando por lo que debe ser para todos nosotros lo primero: la Patria.
Bibliografía y notas
- Massip, Salvador. “Martí y el caudillismo militar”. Semanario Mediodía. Núm. 54, 7 de febrero de 1938, pp. 10, 18.
- García Vergara, M. “Arribada Recordable”. El Fígaro Periódico Artístico y Literario, Año XXXVII, núm. 1 y 8, 1920, p. 81.
Deja una respuesta