
La obra literaria de José Manuel Poveda y Calderín (1888-1926), una de las figuras más destacadas de la renovación poética cubana de comienzos del siglo XX, continuó despertando el interés de escritores y críticos después de su temprana muerte en Manzanillo. Entre los testimonios dedicados a su memoria figura “La obra lírica de Poveda. Semblanza del poeta”, un extenso artículo de J. Jerez Villarreal, publicado en el Diario de la Marina el 1 de enero de 1928, cuando se aproximaba el segundo aniversario de su fallecimiento.
Jerez Villarreal, que había compartido con Poveda las inquietudes literarias de su generación, ofrece una evocación personal del poeta y de su participación en el movimiento de renovación estética desarrollado en el oriente cubano. Recuerda las actividades alrededor de las publicaciones El Pensil y Renacimiento, examina las influencias del parnasianismo y el simbolismo francés y destaca la posición de Poveda entre los representantes del modernismo, junto a Regino E. Boti y Agustín Acosta.
El artículo contiene, además, referencias de interés para la historia literaria cubana, particularmente sobre los ensayos que Poveda publicó en La Independencia, de Santiago de Cuba, en 1911, sus traducciones y sus estudios dedicados a escritores extranjeros. Las apreciaciones de Jerez Villarreal, marcadas por la admiración personal y las concepciones estéticas de su época, permiten acercarse tanto a la personalidad del poeta como al ambiente intelectual en que desarrolló su obra.
La publicación de 1928 presenta también una selección de seis poemas de José Manuel Poveda, reunidos bajo el encabezamiento “Versos”: “El grito abuelo”, “La senda sola”, “Canto de la noche”, “El tumulto”, “Sol de los humildes” y “Elegía del buen desastre”. Estas composiciones, acompañadas por un retrato prismático del poeta firmado por Castagno, completan el homenaje literario que ofreció el periódico.
El documento se incorpora a los materiales sobre Poveda publicados anteriormente en CubaMemorias, entre ellos “Los Juegos Florales en Oriente” (1914), escrito por el propio poeta; “Un artista malogrado”, de Joaquín Navarro Riera (Ducazcal); el estudio de Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro, publicado en la revista Social en marzo de 1926, y la conferencia “Poveda y el modernismo en Cuba”, de Rafael Esténger.
La reproducción de esta semblanza y de los poemas que la acompañan contribuye a reunir distintos testimonios de la recepción crítica de Poveda y a preservar documentos relacionados con su trayectoria literaria.
Se reproduce a continuación el artículo de Jerez Villarreal, respetando la redacción y las particularidades del texto original.
J. Jerez Villarreal — “La obra lírica de Poveda. Semblanza del poeta”
Diario de la Marina, Año XCVI, 1 de enero de 1928
Al escribir estas breves palabras justicieras, nos creemos autorizados, tanto porque fuimos de los pocos entrañables del Poeta, como porque él, de suyo tan sobrio en las manifestaciones afectivas —escribió un valioso ensayo contra los efusivos— y tan parco en el elogio, nos tuvo siempre entre sus paredes, admirándonos por el carácter y las obras, declarando en el liminar con que honra un libro nuestro: “Somos de la misma escuela; ni él me precede a mí, ni yo le precede a él”.
José Manuel Poveda y Calderín, nació en Santiago de Cuba, hará unos cuarenta años; murió en la ciudad de Manzanillo, el día tres de enero de 1926.
Para explicarse con certeza algunas de las capitales modalidades de su arte, aquellas que le fijan el sello inconfundible, la personalidad sui generis, conviene hacer resaltar un detalle importante y que nos ayudará a penetrar las que en otro caso parecerían obscuras peculiaridades: Poveda era un mestizo; de la genealogía africana le llegaba el hondo lirismo, el gusto suntuario y sensual, el sentimiento decorativo, la plasticidad del ritmo que alienta en toda su poesía y aquel misterio y perfume de selva milenaria que Ricardo Rojas apuntaba en los poemas de Darío, otro mestizo inmortal.
Nos inclinamos a creer que Los Raros del ilustre apolonida nicaragüense, incensando las figuras máximas de Lecomte de Lisle, de Paul Verlaine, de Albert Samain, Jules Laforgue, Rachilde, Anatolio France, etc., constituyeron la fuente primera donde bebió la inquietud espiritual, el ansia nunca satisfecha de lejanías y ascensiones, el liróforo de Oriente… Después, Stephane Mallarme, Jean Moreas, D’Annunzio, de quien virtió al castellano una de sus más fuertes tragedias; del Imagnífico, como él llamaba al orfebre italo, fué idólatra: dictó una conferencia maciza y acuciosa, estudiando la psiquis de las mujeres en la producción danunziana; Gustavo, Khan Eugenio de Castro el lusitano, Walt Whitman y Oscar Wilde, cuyas orientaciones estéticas preconizó, le llevaron a inscribirse en aquel enérgico movimiento de renovación y de combate, siendo uno de los más recios paladines del Modernismo, tipificando con exactitud la triple complejidad de las ideas y las varias tendencias artísticas de esta escuela.
Frío, impasible y marmóreo, con la tersura ideal de la piedra penthélica, prestigiaba sus creaciones con el culto del color y la forma como un parnasiano; el lenguaje sibilino, cargado de enigmas y ocultismos herméticos, fiel al amor de los símiles y las visiones, como un simbolista junto a las extrañas delicuescencias de un decadente.
Regino E. Boti, en un sustancioso estudio, recientemente publicado en Orto, la benemérita revista de Juan Francisco Sariol, y bajo el título de “Notas acerca de José Manuel Poveda, su tiempo, su vida y su obra”, recuerda la época mejor y más brillante del escritor y el poeta; eran los días del combatiente inspirado, del gran renovador de los viejos cánones literarios: dirigidos por él, un grupo de muchachos entusiastas, desde las columnas de El Pensil primero, de Renacimiento después, rendimos nuestra contribución de fe y esfuerzo en la generosa tarea de imponer las corrientes de Arte que privaban por aquel entonces; puede asegurarse, sin temor a ser desmentidos, que fuimos nosotros los que iniciamos el modernismo en Cuba, poniendo en el surco, junto con las exaltaciones e inexperiencias juveniles, la parte más bella de nuestros anhelos de superación.
Es de rigor declarar aquí, que cuantos actuamos de veras en aquella justa de grata memoria, librada en Oriente a fin de introducir el nuevo espíritu en la literatura vernácula, no obstante la excepcional y absorbente influencia del joven Maestro, no borramos ni confundimos los perfiles originales; cada uno de nosotros mantuvo e hizo gala de ideas y estilo autóctonos; no hubo por parte de nadie servil acatamiento a los Modos de Regino ni de José Manuel; todos convergimos hacia un vértice soñado, reconociendo el genio preclaro de los hermanos mayores en la comunión de idénticos credos artísticos, pero conservando los rasgos propios, como lo prueban los diversos trabajos que sirvieron de vehículo a los empeños tesoneros con que pretendimos debelar el monstruo de la incomprensión. Aun viven, por citar tres, Armando Leiva, esclarecido cronista, Héctor Poveda, prosador y poeta de estro original, Luis Felipe Rodríguez, sabroso costumbrista…
Poveda fué un aristócrata mental, un apasionado cultivador de las más elevadas formas del verso, no superado en Cuba, hasta ahora, por ningún porta-lira de nuestro tiempo; como prosista, pocos le igualan en el dominio absoluto de los secretos resortes de la lengua; ensayista formidable, de cultura superba, docto en propia y extranjeras literaturas, logró irradiar bajo los cielos de patrias lejanas, las luces potentes de indiscutibles talentos.
En 1911, y esta es una fase no estudiada por los escasos y mal documentados espigadores de su Obra, publicó, en el diario La Independencia, de Santiago de Cuba, una serie de ensayos analizando la labor de los más empinados creadores de belleza escrita en América; con la compilación de estos notables estudios pudiera formarse un nutrido volumen, acaso tan interesante y definitivo como el de Versos Precursores, sobre el que se finca la fama continental alcanzada por el autor.
Recordamos los que dedicó a Edgard Allan Poe, a Walt Whitmann, a Miguel Angel Garrido, a José María Vargas Vila… Significadas Revistas de Norte América, insertaron, traducido a la lengua de Shakespeare y Walter Scot, el que analizaba y hacía la radicación lírica del excelso poeta y escritor satánico de yankeelandia, precursor del Modernismo, colmando al pensador cubano aquellos órganos ilustrados de la robusta mentalidad norteña, con justicieros encomios por la profundidad de las sagaces observaciones y lo novedoso del estilo, que aún transportado al exótico idioma en que pontifica Rudyard Kypling el anglo indo y derrama su desconcertante humorismo de nieblas el viejo Bernard Shaw; se resentía de los módulos primordiales.
Las comparaciones, aun en la crítica sin crisis de los motivos estéticos, resultan irritantes y no pocas veces injusta y fuera de lugar. Poveda no ha tenido iguales en la lírica nueva de Cuba. Fué único; Regino E. Boti y Agustín Acosta, son sin duda, grandes poetas; Regino, en cierta manera, es un antecesor de Poveda y seguramente, el de más enjundia técnica de cuantos entre nosotros han calmado su sed en el turbio manantial de Aganipa, pero ninguno de ellos le gana en el manejo y la maestría del divino instrumento. La cultura de Poveda, le venía directamente de Francia, llegando a consubstanciarse con los moldes más exquisitos y raros de la Poesía gala, aunque sin desdeñar las normas de rancia cepa castellana y las de los otros viveros ultramarinos de literatura universal, que él estudió y conocía a fondo, jugando con sus más íntimos detalles.
Era un verdadero espíritu de selección, paradigma de enamorados de Nuestra Señora la Belleza; sus gustos quintaesenciados, lo distanciaron del trato que repudiaba, con las pautas trilladas del Verso, dirigiendo el Pegaso de los bárdicos alientos por rumbos de insospechado modernismo, molestando esta actitud a la mayoría coetánea que obligada por su estrecho horizonte mental abominaba del arte “povediano”, ya que no podía seguirlo en la curva atrevida de los seguros vuelos ascendentes hacia las altas cumbres imaginativas, que él gozaba azotar con las alas poderosas. Ni Boti ni Acosta, con ser auténticamente grandes, tienen como Poveda el dominio de la ritma y el ritmo, el oído microfónico que le permitió, en las horas de la fiebre creadora, por la sensibilidad refinada, percibir las palpitaciones recónditas del alma de la Naturaleza, externa e interna.
Se dió demasiado a la obra de arte y sufrió lo inexpresable en humana fabla, por el error de querer vivir en la vida las realidades que fueron únicamente en los orbes de su fantasía ardorosa: Una de sus lecturas favoritas, El señor de Phocas, me lo representa, en sus últimos días, renegando de las que en sus primeros años constituyeron metas de futuras culminaciones, obsedido, no del verde perverso de las pupilas alucinantes de Astarté, camino del desierto, como el personaje desorbitado de Jean Lorraine,1 sino de aquel postulado, su obsesión literaria, “la sombra y el silencio”, báculo para las incursiones del bardo por los orcos desolados de las angustias mentales.
Primero bebió el urente licor que erige la locura de los sueños; más tarde, la droga fina y mortal que le adelantaba los sordos rumores del Leteo y que añora con melancólica delicia en aquel soneto en que canta a la hoja glauca y dura de la mirra, “terebinto loco”… después se embriagó con el vino amargo, aun más espeso de sombras y silencio reales y que ya no tendría otra cura piadosa de la muerte…
Cuando una crítica serena y capaz, pasado el tiempo que aquilata y depura la obra de los hombres de pensamiento, incorpore al acervo de la cultura nacional los monumentos de su literatura, estoy seguro que más de un poema de José Manuel Poveda, pasará a la antología vernácula, señalándole maestro eminente en las serenas y difíciles disciplinas de la producción artística.
Por ahora, todo juicio acerca de la vida y de la obra del desventurado escritor, del gran poeta que él fué en el existir precario de su tierra, adolecerá, bien de los naturales apasionamientos de los que fuimos sus devotos en los sagrados ofertorios del Arte, o de falta de perspectiva entre sus juzgadores más fríos.
La Habana, diciembre de 1927.
Versos de José Manuel Poveda publicados en 1928
Nota editorial:
La página del Diario de la Marina del 1 de enero de 1928 reúne la semblanza de José Manuel Poveda escrita por J. Jerez Villarreal y una selección de seis poemas del escritor cubano, publicados bajo el encabezamiento “Versos”.
Dos de estas composiciones cuentan con otros testimonios impresos documentados en CubaMemorias. “El grito abuelo” apareció en la revista Social de marzo de 1926, junto con “La Pipitaña” y “El noble cinismo”, mientras que “El sol de los humildes” fue reproducido posteriormente en el Diario de la Marina del 20 de julio de 1930.
Los seis poemas se presentan aquí en el orden de la edición de 1928, conservando las particularidades ortográficas y de puntuación del impreso. Las distintas publicaciones constituyen testimonios que permiten estudiar la circulación de estas composiciones y, mediante su cotejo, identificar posibles variantes textuales.
EL GRITO ABUELO
La ancestral tajona
propaga el pánico,
verbo que denota,
tambor vesánico;
..alza la tocata de siniestro encanto,
y al golpear rabioso de la pedicabra,
grita un monorritmo de fiebre y de espanto;
su única palabra.
Verbo del tumulto,
lóbrega diatriba,
del remoto insulto
sílaba exclusiva.
De los tiempos vino y a los tiempos vuela;
de puños salvajes a manos espurias,
carcajada en hipos, risa que se hiela,
cánticos de injurias.
.. La tajona inulta
propaga el pánico;
voz de turbamulta
clamor vesánico.
Canto de la sombra, grito de la tierra,
que provoca el vértigo de la sobredanza,
redobla, convoca trastorna y aterra,
sobrepticio signo, hé! que nos alcanza
distante e ignoto,
y de entonces yerra y aterra y soterra
seco, solo, mudo, negro, roto
grito de la tierra
lóbrega diatriba
del dolor remoto
sílaba exclusiva.
LA SENDA SOLA
La senda obscura estaba siniestramente sola,
profundamente obscura y sola,
y el bóreas murmuraba su ronca queja sola
sobre la senda obscura y sola.
Temblé de torva angustia. ¡Oh grito—dije—oh grito
tan repetido y tan profundo!
¡Cómo, fanfarria fuerte, tu rebaño infinito
no ha conseguido ser fecundo!
¡Vida excelsa; radiosa floración del futuro;
triunfos del alma visionaria!
Pesadamente el viento va ritmando su obscuro
son de sonata funeraria.
Y nadie al fin transita la senda obscura y sola,
profundamente obscura y sola;
propaga aislado el bóreas su ronca queja sola
sobre la senda obscura y sola.
¡No importa!—digo—vive, vibra aún el Pasado;
resta el pámpano antiguo y la roja pasión;
le bastan los recuerdos al hombre que ha llorado!
Y volví las miradas hacia mi corazón.
Temblé de torva angustia. Al hurgar en mí mismo
sentí clamar en mi alma la lóbrega canción,
y vi la senda sola, desierta y en mutismo
perderse interminablemente en mi corazón.
CANTO DE LA NOCHE
Noche, madre frumen-
ticia; no obstante el futuro y el pasado,
omnipotente ahora por la energía del numen
creo que te he engendrado.
Solitaria y pasiva, todo aeda anteriormente,
dándote el canto, el sér te dió,
mas nada importan los recuerdos si en la hora presente
lo más maravilloso de ti soy yo.
Tú lo sabes sin duda, que al verme cruzar
lleno de gritos y de fecundaciones en ti,
pensaste admirada, oyéndome en todo cantar,
que la sombra, el misterio y las estrellas te provenían de mí.
Hija, comprendiste
que sin expresión nada por sí existe,
que sin el poema no hay risa ni llanto,
que el alma de la vida es el canto;
y temerosa de perder lo que tienes
vientre prolífico que odia la infecundidad,
te has deslizado como una esclava y vienes
a colocarte debajo de mí con ansiedad.
Noche, sobre tus ancas
ha rugido un espasmo ancestral;
se han acoplado las potencias francas
de tu bien y mi mal.
Y tus ojos abiertos en un pasmo
de asombro, hubieran ardido de terror,
a no ser porque en la hora misma del espasmo
te hallaste sola con tu ardor.
—¿Era un hombre quizás—
pensante con miedo del incesto—o sombra o lumbre,
cielo o viento, mar o cumbre
nada más?
—Queja prohibida que exhalan los suburbios,
viento de cloaca que trae verdades podridas,
tumultuarios disturbios
de protestas, de persecuciones y de heridas;
voces del agua de los canales,
secreta aventura que cruza entre la sombra,
procesión de ignorados males
que por miedo a que vuelvan el rostro, nadie nombra;
egoismo de la callejuela,
ansiedad del café nocturno,
en que el puñal se esconde y el oprobio vela
con frío aspecto taciturno;
violas que tocan agitadas
en el fondo de los burdeles
para excitar las pasiones extenuadas
y provocar las caricias crueles;
tráfago de las tabernas,
turbulencia de las drogas insanas,
del alcohol lamido en las piernas
y en el vientre de las cortesanas;
voluptuosidad de la sangre vertida,
clamor de víctimas que gimen,
el amor que sanciona el crimen,
la muerte que fecunda la vida;
alarma de las puertas
que en la alta noche son franqueadas
por la ignominia, con inciertas
pisadas;
quejas de las vírgenes desnudas,
en el lecho sangriento y puro,
cuando en crispaciones rudas
el presente urde el futuro;
pálidos fulgores yertos
en las alcobas anhelantes
de los sabios, los enfermos y los muertos,
lóbregamente vigilantes;
pálidas lumbres de los astros
que persiguen males y vicios
denunciando en la noche sus rastros
subrepticios...
De esa agitación infrahumana
surge mi canto;
de ese atrabiliario espanto
nace mi mañana.
Transforma la sombra en luz mi numen,
fealdad y error en bien y en justicia,
para fecundarte, madre frumen-
ticia.
Nota editorial. En el impreso de 1928, la palabra “frumenticia” aparece dividida entre dos renglones, tanto al comienzo como al final del poema. La coincidencia de la última línea con el cierre de las columnas contiguas sugiere que esta separación pudo responder a necesidades de composición tipográfica. Ante la imposibilidad de determinar si corresponde a la disposición original del poeta, se ha respetado la forma publicada en el Diario de la Marina.
EL TUMULTO
Y dijo el Caudillo austero: rampa la voz gregaria
allá en el vano obscuro, sobre la senda precaria,
con una tumultuosa ansiedad revolucionaria.
Inclinado sobre el tórax nocturno, yo lo ausculto,
y siento que en lo hondo se agita el monstruo oculto
con un temblor de amago y una voz de insulto.
Terrible baile de rencores es esta contradanza
que bailan las exacerbaciones para la venganza,
entre los sordos gritos que la Protesta lanza.
Es una remoción de bajos fondos; el guijarro
que se pone en marcha; libre ola de barro
que expele el resonante soplo de su bigarro.
Prendió al fin rojas brasas el choque de la tralla,
y con la previsora sabiduría de la hornalla,
arde y calcina, metida en sombra, la canalla.
Rebelión tiene siempre ese sabio signo
de traición, de conjura, de plan maligno,
para goriosas iides gloriosamente indigno.
Pero es lógico el salto agresor de la plebe,
es merecido el negro vino de odio que bebe;
la sangre que verterá su mano se le debe.
¿Por qué el derecho al crimen y al rencor? Yo mismo
no sé por qué ha erigido sus hombros ese abismo
ciego y mortal, de bestialidad y de heroísmo.
Ignoro por qué es justo el salto agresor de la gleba,
y es merecido todo el vino de odio que beba
y la sangre que verterá su mano se le deba.
Pero ha encontrado eco en mi alma, sin embargo,
y me ha agitado de ira loca el vino amargo,
y sobre el grito enorme he lanzado un grito largo.
Sé nuestro jefe!—dijo a coro el coro salvaje,
contorsionándose con un temblor de ultraje,
borracho de espumante dolor y de coraje.
Y yo, el aislado, firmé el sonoro pacto;
yo, el soñador, bajé al horror del acto,
y llevo hoy la jauría por el camino exacto.
Hacia dónde? Qué objeto? Qué esperanza?
La pupila es ciega, vago el paso, demente la danza.
Pero el tumulto, irrefrenable, hiere, mata y avanza.
Nota editorial. En el verso “para goriosas iides gloriosamente indigno”, el impreso de 1928 presenta las formas “goriosas iides”, probablemente por “gloriosas lides”. Se conserva la lectura original.
SOL DE LOS HUMILDES
.. Todo el barrio pobre,
el meandro de callejas, charcas y tablados, de repente
se ha bañado en el cobre
del poniente.
Fulge como una prenda falsa el barrio bajo,
y son de óxido verde los polveros
que, al volver del trabajo,
alza el tropel de obreros.
El sol alarga este ocaso,
contento al ver las gentes, los perros y los chicos,
saludarle con cariño al paso,
y no con el desdén glacial de los suburbios ricos...
Y así el sátiro en celo
del sol, no ve pasar una chiquilla
sin que, haciendo de jovial abuelo
le abrase a besos la mejilla.
Y así a todos en el barrio deja un mimo;
a las moscas de estiércol, en la escama,
al pantano, sobre el verde limo,
a la freidora en la sartén que se inflama,
al vertedero, en los retales inmundos;
y acaba culebreando alegre el sol
en los negros torsos de los vagabundos
que juegan al “base ball”.
Penetra en la cantina
buen bebedor, cuando en los vasos arde
la cerveza, y se inclina,
sobre nosotros, a beber la tarde.
Pero entonces comprende
que se ha retrasado,
y en la especie de fuga que emprende
se sube al tejado.
..Un minuto, y adviene la hora de esplín,
la oración misteriosa y sin brillo,
y el nocturno, medroso violín
del grillo.
ELEGÍA DEL BUEN DESASTRE
Está bueno que el tambor redoble y el esquilón taña.
Está bueno. No huelga ante la muerte un clamor de luto.
Y a la preclara sangre vertida en la rota extraña
no hace mal que esquilones y tambores rindan tributo.
Yo no lo rindo. No ignoro cómo toda ala estoica
quiere silencio en el triunfo y soledad si está herida.
Porque no ama la apoteosis la verdadera alma heroica
y prefiere su propio llanto a cualquier llanto en la caída.
Aquí vinieron los bruscos escuadrones en tropel colérico,
ébrios de las mil victorias prósperas que el cuento narra,
con el misterio del poniente en el mirar quimérico
y el polvo y la sangre de pretéritos duelos en la garra.
Aves nobles, por todo derecho han luchado,
y por la justicia quebraron el ala negro y el pico corvo,
porque saben que es dolor el premio del pecho esforzado
que se lanza implacable contra el pecho miserable y torvo.
Sombras crispadas esperaban atentas en la espesura
mientras tanto, sin gallardías ni actitudes viriles,
con la calma de atisbo y la recelosa apostura
de las voluntades crueles y los corazones viles.
El combate fué desigual. Las gloriosas
lucharon contra el monstruo imprevisto con esfuerzo vano,
y las garras metálicas y las pupilas luminosas
se apagaron como antorchas que caen en un pantano.
La contribución de sangre fué vasta y terrible;
sañuda ,cumplidamente, se realizó la felonía,
y del empuje épico y del orgullo irreductible
sólo quedó un opaco, turbio estertor de agonía.
Los victoriosos no osaron lanzar su gozo sobre los
(tambores;
el epinicio llamó en los cobres, pero los cobres no sonaron;
y fué una fuga la marcha triunfal de los vencedores,
jadeantes con la espantosa carga de la victoria que robaron.
Ya lejos, se volvieron. Era el confín unánime
todo sombra, y el cielo todo sangriento grumo;
arrastraban los vientos un leve son exánime
y a lo lejos se alzaban vagas columnas de humo.
Trepidaron de asombro. Les pareció que el paisaje
se llenaba de hosannas y monumentos hasta el cielo
y ellos mismos sintieron tal necesidad de homenaje
que se oyó el choque de veinte mil frentes sobre el suelo.
Nota del autor
- Lorraine influyó decisivamente en el temperamento artístico de Poveda; si la memoria no me es infiel, tradujo algunos sonetos del libro L’étang Mort, del hiperestésico autor francés. ↩︎
Referencia bibliográfica:
- Jerez Villarreal, J. “La obra lírica de Poveda. Semblanza del poeta”. Diario de la Marina, Año XCVI, 1 de enero de 1928.
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