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Francisco Llés: La muerte de un poeta en Matanzas

13/07/2026 Por Almar Deja un comentario

Composición sobre Francisco Llés con el edificio de América y Río, en Matanzas, donde murió en 1921.
Composición gráfica con el edificio situado en la esquina de América y Río, en Matanzas, donde murió el poeta Francisco Llés el 1.º de enero de 1921, sobre una vista de la bahía y la ciudad.

El 1.º de enero de 1921, después de un almuerzo entre amigos dedicado en parte a recitar y comentar trabajos literarios, Francisco Llés y Berdalles recorrió varias calles de Matanzas junto con su hermano Fernando. El paseo terminó en una mueblería situada en América y Tello Lamar —actual esquina de América y Río—, donde el poeta recibió el disparo que le causó la muerte. Tenía treinta y dos años.

La historia, sin embargo, no puede limitarse al expediente judicial. Francisco Llés fue maestro, escritor y poeta; enseñó en los campos matanceros, ayudó a familias enfermas durante la epidemia de influenza y compartió con su hermano Fernando una intensa labor literaria. Este artículo reconstruye su vida, su último recorrido y las interpretaciones enfrentadas de aquel suceso.

El siguiente recorrido, filmado por Odlanyer Hernández de Lara, permite seguir las calles transitadas por Francisco y Fernando Llés durante la tarde del 1.º de enero de 1921. Parte de Santa Teresa y Narváez, continúa hasta la antigua mueblería de América y Tello Lamar —actual esquina de América y Río— y reproduce después el trayecto hasta la calle del Medio y el regreso al lugar del enfrentamiento.

El edificio que aparece al final del recorrido ocupaba la esquina de América y Tello Lamar, actualmente América y Río. Según la documentación judicial, Francisco Llés recibió el disparo mortal dentro de la mueblería instalada en sus bajos, no en la vía pública.

Francisco Llés : maestro, escritor y poeta

Francisco Llés y Berdalles nació el 13 de junio de 1888 en Monte Alto, en el barrio matancero de Macagua (Los Arabos). Cuando apenas contaba un año, viajó con su familia a Asturias, adonde su padre había regresado gravemente enfermo y donde falleció poco después. Francisco pasó allí sus primeros años de infancia, hasta que volvió a Cuba en 1894.

Su formación transcurrió entre Sumidero y la ciudad de Matanzas. Estudió en el Colegio de Enseñanza Superior dirigido por el pedagogo Claudio Dumás y Franco y más tarde ingresó en el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, donde obtuvo resultados sobresalientes. Durante los estudios de Retórica y Poética comenzó a revelar una especial facilidad para expresar mediante versos sus emociones y su visión del mundo. Uno de sus profesores, Miguel Garmendía, advirtió aquellas aptitudes y lo alentó a continuar por el camino de la literatura.

En 1908 publicó algunos de sus primeros poemas en la revista matancera El Estudiante. En aquellas páginas coincidió con jóvenes autores que participarían activamente en la vida cultural cubana, entre ellos Agustín Acosta, Miguel Macau, Carlos Prats y Joaquín Cataneo. Con el tiempo, sus colaboraciones aparecieron también en publicaciones como Letras, El Fígaro, Bohemia, Orto, Alma Latina y Social.

La vocación literaria de Francisco estuvo estrechamente ligada a su hermano Fernando Llés. Ambos escribieron y publicaron en colaboración tres libros de versos: Crepúsculos, aparecido en 1909; Sol de invierno, en 1911; y Limoneros en flor, en 1912. Al morir Francisco, los hermanos preparaban un nuevo volumen titulado A orillas del Pireo, inspirado en asuntos de la antigua Grecia. Francisco dejó además una novela concluida y numerosos poemas dispersos en periódicos y revistas.

Fernando reconocería más tarde que su propio nombre había alcanzado una mayor visibilidad en los medios literarios, en parte por sus relaciones con redactores y publicaciones. Sin embargo, consideraba a Francisco superior como poeta, especialmente por la sinceridad emocional de sus versos. En ellos aparecen con frecuencia el camino, el paso del tiempo, el cansancio, la compasión, la búsqueda de paz y el deseo imposible de volver atrás.

Pero Francisco Llés no fue solamente un escritor. Su hermano lo recordaba como un hombre de extraordinaria bondad y de una sensibilidad particularmente intensa hacia los humildes.

Entre 1913 y 1919 ejerció como maestro ambulante en el barrio de Sumidero. Su trabajo lo obligaba a recorrer los campos para llevar la enseñanza a niños que vivían lejos de las escuelas y que difícilmente habrían podido recibir una educación regular. Según Fernando, Francisco convirtió prácticamente cada hogar campesino en un aula: donde encontraba a un niño dispuesto a aprender, procuraba establecer una pequeña escuela.

Durante la epidemia de influenza de 1918, muchas familias rurales quedaron aisladas, enfermas y sin recursos. Francisco recorrió aquellos caminos llevando alimentos, medicinas y consuelo. En las alforjas de su cabalgadura transportaba cuanto podía reunir para auxiliar a los enfermos. La evocación de Fernando, escrita desde el afecto fraternal, presenta a un hombre que entendía el magisterio como algo más amplio que la simple instrucción: enseñar, acompañar y ayudar formaban parte de una misma obligación moral.

Francisco llegó también a matricularse en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana. Aunque no completó aquellos estudios, el interés por la medicina parece coherente con esa voluntad de servicio que su hermano destacó al recordar su vida.

En los últimos meses de 1920 trabajaba como maestro nocturno de adultos en el barrio matancero de Pueblo Nuevo. La escuela había sido cerrada anteriormente en varias ocasiones por falta de asistencia, pero Francisco consiguió atraer a un número considerable de alumnos. El dato revela su capacidad para comunicarse con trabajadores y personas que, después de una jornada laboral, acudían por la noche a aprender.

Para Francisco Llés, la enseñanza y la literatura no fueron actividades separadas. Ambas surgían de una misma preocupación por el ser humano. En los campos enseñó a leer y escribir; en las revistas y los libros buscó expresar mediante la poesía las inquietudes, los dolores y las esperanzas de su tiempo.

Cuando murió, el 1.º de enero de 1921, tenía treinta y dos años. Su desaparición interrumpió una obra que todavía se encontraba en pleno desarrollo, pero dejó tras de sí la memoria de un maestro entregado a sus alumnos, de un escritor activo en la prensa cubana y de un poeta cuya sensibilidad continúa perceptible en los versos que han llegado hasta nosotros.

Los hermanos Llés y la literatura

La relación entre Francisco y Fernando Llés estuvo marcada por una estrecha colaboración intelectual. No fueron solamente hermanos: compartieron lecturas, proyectos editoriales, inquietudes culturales y buena parte de su producción poética. Durante los primeros años del siglo XX, ambos participaron activamente en el ambiente literario matancero y dieron a conocer sus versos tanto en libros como en periódicos y revistas.

En 1909 publicaron Crepúsculos, su primer volumen conjunto. Dos años después apareció Sol de invierno y, en 1912, Limoneros en flor. Los títulos revelan algunos de los motivos recurrentes de aquella poesía: la luz y la sombra, el paso del tiempo, la naturaleza, la melancolía y la contemplación de la existencia.

La escritura conjunta hizo que durante años los nombres de Francisco y Fernando aparecieran asociados. Sin embargo, cada uno conservó una sensibilidad propia. Fernando, que tuvo una presencia más visible en revistas y círculos intelectuales, reconocería posteriormente que aquella diferencia de notoriedad no reflejaba necesariamente el valor literario de ambos. En su opinión, Francisco poseía una inspiración más espontánea y una mayor sinceridad emocional.

Al producirse la muerte de Francisco, los hermanos preparaban un nuevo libro titulado A orillas del Pireo, inspirado en asuntos de la antigua Grecia. El proyecto quedó interrumpido, como también otros trabajos que Francisco conservaba entre sus papeles. Fernando mencionó una extensa novela terminada, además de numerosos versos todavía inéditos o dispersos en publicaciones periódicas.

La colaboración entre ambos tenía también una dimensión cotidiana. Leían, comentaban y corregían sus composiciones, y se desenvolvían en un ambiente donde la conversación literaria formaba parte de la sociabilidad. No resulta casual que, pocas horas antes de la tragedia del 1.º de enero de 1921, Francisco y Fernando participaran en una sobremesa durante la cual se recitaron y comentaron trabajos literarios.

La muerte de Francisco rompió no solamente una relación fraternal, sino también una sociedad creativa construida durante años. Al recordarlo, Fernando escribió desde una doble pérdida: la del hermano y la del compañero con quien había compartido sus primeros libros y proyectos.

“¡Espera!”: la poesía del caminante

Entre los poemas conservados de Francisco Llés se encuentra “¡Espera!”, publicado en 1920, pocos meses antes de su muerte. La composición presenta a un caminante que escucha una voz que le pide detenerse y descansar, pero que se siente incapaz de interrumpir su marcha.

Uno de sus pasajes dice:

“Oigo tu voz, y detener quisiera,
por descansar, el paso vacilante;
y no puedo: el sediento caminante
no puede detenerse en su carrera”.

No debe interpretarse el poema como una premonición. Francisco no estaba anunciando su muerte ni describiendo anticipadamente los acontecimientos del 1.º de enero de 1921. Sin embargo, leído desde el presente y puesto en relación con su último recorrido, el texto adquiere una inevitable resonancia.

Aquella tarde, Francisco caminó con su hermano y varios amigos desde Santa Teresa y Narváez hasta las cercanías de la plaza del Mercado. Después de pasar frente a la mueblería donde se encontraba Juan Peñate, el grupo siguió por América y dobló por la calle del Medio. Avanzaron casi hasta la esquina siguiente antes de que Fernando decidiera regresar.

Fue entonces cuando Francisco desandó lo recorrido.

La imagen del caminante que no logra detenerse acompaña simbólicamente ese instante, aunque la relación haya sido establecida más de un siglo después. Su valor no está en atribuir al poeta facultades proféticas, sino en permitir que sus propias palabras intervengan en la reconstrucción de una historia que durante mucho tiempo estuvo dominada por declaraciones judiciales y noticias de sucesos.

La poesía devuelve a Francisco una voz propia. Frente al lenguaje del expediente —disparos, lesiones, responsabilidad penal y legítima defensa—, sus versos hablan de cansancio, impulso, duda y destino humano.

Las tensiones políticas en Matanzas

La tragedia del 1.º de enero de 1921 no ocurrió en un ambiente completamente ajeno a los conflictos políticos de la ciudad.

En noviembre de 1920 se había desarrollado en Matanzas un movimiento popular destinado a impedir que el Ayuntamiento aprobara determinados aumentos en las cuotas cobradas por servicios públicos. La propuesta fue interpretada por numerosos vecinos como una amenaza a sus intereses económicos y provocó una movilización en la que participaron personas de distintos sectores sociales.

La campaña consiguió que los acuerdos municipales no fueran adoptados. Sin embargo, dejó como consecuencia una fuerte tirantez entre algunos concejales del Ayuntamiento y los principales promotores de la protesta.

Entre los dirigentes de aquel movimiento figuraba Juan Peñate y Muñoz, conocido por el sobrenombre de Caña Brava. La sentencia lo presenta como una de las personas que encabezaron la campaña contra las medidas municipales.

Fernando Llés y Berdalles aparece identificado en la documentación judicial como concejal del Ayuntamiento de Matanzas. Esa condición permite comprender por qué el encuentro entre los hermanos Llés y Peñate estuvo cargado de significados políticos, incluso antes de que se produjera una discusión abierta.

La prensa introdujo, además, cierta confusión sobre la representación municipal de la familia. Una nota publicada en Diario de la Marina describió a Francisco Llés como “poeta” y “concejal liguista”, mientras la sentencia señala expresamente a Fernando como concejal. La discrepancia no permite afirmar con seguridad que Francisco ocupara también ese cargo. Puede tratarse de una información adicional no recogida en la sentencia o de una confusión periodística entre los hermanos.

Lo que sí está documentado es que Fernando formaba parte del Ayuntamiento y que Peñate había intervenido activamente en una movilización contraria a determinadas medidas municipales. Las palabras intercambiadas en la calle América fueron interpretadas dentro de ese clima previo de rivalidad.

El almuerzo en Santa Teresa y Narváez

El 1.º de enero de 1921, con motivo de la festividad del nuevo año, Félix L. Campuzano reunió a siete u ocho amigos en una habitación situada en la esquina de Santa Teresa y Narváez.

Entre los asistentes se encontraban Francisco Llés, su hermano Fernando, Ramón Pérez y Francisco León Ramos. El grupo permaneció allí aproximadamente tres horas.

Después del almuerzo se entretuvieron recitando y comentando trabajos literarios. El dato resulta especialmente significativo al reconstruir las últimas horas de Francisco: su último recorrido comenzó después de una reunión en la que la poesía y la literatura ocuparon parte de la conversación.

La sentencia judicial dejó constancia de que no se demostró que alguno de los participantes se hubiera excedido en las bebidas. Esa precisión tuvo importancia durante el proceso, porque la duración del almuerzo y el estado de ánimo de los comensales fueron examinados posteriormente por el Tribunal Supremo.

Cerca de las cuatro de la tarde, los amigos salieron a la calle. La documentación no determina con absoluta claridad cuál era su propósito. Podían continuar caminando para distraerse o tomar un automóvil y realizar un paseo fuera de la ciudad.

Avanzaron por Narváez en dirección a la plaza del Mercado, situada a poco más de tres cuadras. Desde allí doblaron por la calle que entonces se denominaba 24 de Febrero —identificada en el recorrido actual con Dos de Mayo— y continuaron hasta Cuba.

Nada hacía prever todavía que aquella caminata acabaría convirtiéndose en el último recorrido de Francisco Llés.

El último recorrido

El itinerario descrito en la sentencia puede reconstruirse hoy siguiendo varias calles del centro histórico de Matanzas.

El siguiente mapa reconstruye el recorrido realizado por Francisco y Fernando Llés durante la tarde del 1.º de enero de 1921. La ruta parte de Santa Teresa y Narváez, pasa por la mueblería de América y Tello Lamar —actual América y Río—, continúa hasta la calle del Medio y muestra el regreso de los hermanos al lugar donde ocurrió el enfrentamiento.

El grupo salió de la esquina de Santa Teresa y Narváez y avanzó por Narváez en dirección a la plaza del Mercado. Después dobló por la vía que la documentación denomina 24 de Febrero (Dos de Mayo) y continuó hasta la calle Cuba.

Desde Cuba, bordeando el área del antiguo edificio del Mercado, doblaron a la derecha por América. En la esquina de América y Tello Lamar —actualmente identificada como América y Río— se encontraba la mueblería de Juan Valdés. Juan Peñate residía con su familia en los altos del mismo inmueble.

Los amigos pasaron frente al establecimiento y continuaron hasta América y Medio. Allí doblaron a la derecha y avanzaron por Medio casi hasta la siguiente esquina, correspondiente a Dos de Mayo.

En ese punto Fernando decidió regresar para pedir explicaciones a Peñate. Francisco volvió con él.

Los hermanos desanduvieron la calle del Medio, llegaron nuevamente a América y recorrieron en sentido contrario el tramo que los separaba de la mueblería.

El recorrido completo puede resumirse así:

Santa Teresa y Narváez → Narváez → 24 de Febrero —antigua Dos de Mayo— → Cuba → América → América y Río —antigua Tello Lamar— → América y Medio → Medio, casi hasta Dos de Mayo → regreso por Medio y América hasta la mueblería.

El video realizado por Odlanyer Hernández de Lara permite recorrer actualmente esas mismas calles y observar el edificio donde se produjo el desenlace. Aunque la ciudad ha cambiado, la disposición del itinerario ayuda a comprender la proximidad entre el lugar del almuerzo, el primer encuentro con Peñate y el punto donde los hermanos decidieron regresar.

“Adiós, correligionarios”

La mueblería ocupaba la planta baja de una casa de dos pisos situada en América y Tello Lamar. Peñate vivía con su familia en los altos.

Como aquel 1.º de enero era un día festivo, las puertas que daban a Tello Lamar y la situada exactamente en la esquina estaban cerradas. Permanecía abierta solamente una entrada sobre la calle América.

Peñate se encontraba sentado junto a esa puerta cuando el grupo pasó frente al establecimiento.

Félix Campuzano lo saludó:

—Adiós.

Peñate respondió:

—Adiós, correligionarios.

Después se volvió hacia Carlos Valdés, que estaba en el interior de la mueblería, y preguntó en voz alta:

—¿Quiénes son esos?

Valdés respondió que eran Félix Campuzano, Ramón Pérez y el concejal Fernando Llés.

Fernando creyó advertir en la pregunta un tono y un gesto despectivos. Se detuvo algunos pasos más adelante y manifestó que estaba dispuesto a regresar para pedirle explicaciones.

Campuzano y Ramón Pérez lograron disuadirlo inicialmente. El grupo siguió hasta la calle del Medio y dobló hacia la derecha.

Durante el proceso, la acusación sostuvo que la expresión de Peñate había tenido un carácter provocativo. El Tribunal Supremo, sin embargo, concluyó que “Adiós, correligionarios” y “¿quiénes son esos?” no podían considerarse por sí mismas una provocación suficiente que justificara la conducta posterior de los hermanos.

La valoración jurídica no elimina el hecho de que Fernando interpretó las palabras como una ofensa. En un ambiente de rivalidad política, una frase aparentemente breve podía adquirir un significado que iba más allá de su contenido literal.

La decisión de regresar

El grupo avanzó por la calle del Medio y no había llegado todavía a la esquina siguiente cuando Fernando cambió de opinión.

Decidió regresar para pedir explicaciones a Juan Peñate.

Francisco volvió con él.

La sentencia señala que Francisco pretendía adelantarse para impedir que Fernando entrara en la mueblería. Ese detalle sugiere que, al menos en un primer momento, trató de controlar la situación y evitar que su hermano penetrara en el establecimiento.

Sin embargo, la misma resolución judicial afirma que, mientras regresaban, Francisco dijo en tono violento:

—Esto lo arreglo yo.

La frase fue utilizada más tarde para caracterizar la actitud de los hermanos como agresiva. Debe tenerse en cuenta, no obstante, que el expediente reproduce una reconstrucción judicial basada en testimonios y valoraciones realizadas después de los hechos.

Fernando ofreció posteriormente una interpretación diferente. Según su recuerdo, Francisco intervino para protegerlo y murió cuando trataba de desarmar a Peñate para impedir que lo asesinara.

Las dos versiones coinciden en algo esencial: Francisco regresó porque Fernando había decidido volver. No siguió el camino con los demás ni permitió que su hermano afrontara solo la situación.

Más allá de la discusión jurídica sobre sus intenciones, aquella decisión tuvo un sentido profundamente fraternal. El vínculo que los había unido en la literatura y en la vida cotidiana determinó también los últimos minutos de Francisco.

El enfrentamiento dentro de la mueblería

Los hermanos entraron en la mueblería por la única puerta que permanecía abierta sobre la calle América.

En el interior había una vidriera semejante a un mostrador que comenzaba cerca de la entrada y se extendía hacia el centro del salón. El establecimiento estaba lleno de muebles, dispuestos de tal manera que dejaban libre solamente un paso irregular.

Según la descripción judicial, el espacio tenía la forma aproximada de un martillo. Hacia las habitaciones interiores, el corredor se estrechaba hasta alcanzar apenas un metro de ancho.

Además de Carlos Valdés, se encontraban allí José F. Pimentel y Francisco Blanco, quienes practicaban un balance de la casa.

Al ver entrar a los hermanos, Juan Peñate tomó de una caja de hierro situada junto a un escritorio un revólver Colt calibre .38. El arma estaba relacionada con un nombramiento que poseía como policía de la Secretaría de Gobernación, aunque la sentencia aclaró que no constaba que desempeñara efectivamente ese cargo.

Peñate exclamó:

—A mí no me matan.

Después retrocedió hacia el estrecho pasillo interior.

Los hermanos continuaron avanzando. Peñate hizo un primer disparo mientras Carlos Valdés le gritaba:

—Peñate, no tires.

José Pimentel trató de contener a Francisco, sujetándolo por los brazos. Francisco logró desasirse y penetró en el corredor detrás de Peñate.

Lo alcanzó y sujetó el revólver. Ambos comenzaron a luchar cuerpo a cuerpo.

Peñate tropezó con un velador y cayó hacia atrás. Durante el forcejeo efectuó un segundo disparo. El proyectil alcanzó a Francisco en el tórax, perforó la primera costilla izquierda, atravesó un pulmón y varios vasos arteriales y quedó alojado en el lado izquierdo del cuerpo.

Francisco cayó poco después y murió a consecuencia de la abundante hemorragia.

En el momento en que sonaba el segundo disparo, Fernando logró esquivar a Pimentel y se abalanzó sobre Peñate. Este hizo un tercer disparo. La bala atravesó el sombrero de Fernando, entrando por la cinta y saliendo por la copa, y le produjo una herida contusa en la parte superior de la frente.

Fernando y Peñate continuaron luchando. Peñate golpeó al primero con el pomo del revólver, mientras Fernando le causó una lesión en la región superciliar y varias escoriaciones en el rostro.

Francisco no recibió el disparo en la calle ni exactamente sobre la esquina. El enfrentamiento ocurrió dentro de la mueblería, después de atravesar la entrada sobre América y avanzar hacia las habitaciones interiores.

La versión de Fernando Llés

Fernando Llés nunca aceptó que la conducta de su hermano pudiera reducirse a una agresión contra Peñate.

Al escribir sobre Francisco, sostuvo que este había perdido la vida mientras intentaba desarmar a Caña Brava para impedir que lo asesinara a él.

El testimonio de Fernando debe leerse teniendo en cuenta su condición de protagonista, hermano de la víctima y sobreviviente del enfrentamiento. No se trata de una versión neutral, pero posee un valor humano y documental incuestionable.

La sentencia confirma que Francisco sujetó el revólver y luchó con Peñate cuerpo a cuerpo. La diferencia está en la interpretación de ese acto.

Para el Tribunal Supremo, Francisco perseguía a un hombre que retrocedía y trataba de defenderse. Para Fernando, su hermano intervenía para evitar que Peñate continuara disparando y le causara la muerte.

Ambas interpretaciones se construyeron a partir de una secuencia muy breve, ocurrida en un espacio estrecho y en medio de gritos, forcejeos y disparos.

La distancia temporal impide establecer con absoluta certeza el estado de ánimo de cada participante. Por eso resulta necesario separar los hechos materiales documentados —la entrada, los disparos, el forcejeo y la sujeción del arma— de las explicaciones posteriores sobre las intenciones.

Fernando recordó a Francisco como el hermano que regresó con él y que murió tratando de protegerlo. Esa imagen quedó incorporada a la memoria familiar y literaria del poeta.

La primera condena

La causa por la muerte de Francisco Llés fue vista inicialmente por la Audiencia de Matanzas.

El tribunal consideró que Juan Peñate y Muñoz era responsable de un delito de homicidio. Reconoció, sin embargo, que había actuado bajo una situación de legítima defensa incompleta.

La parte dispositiva de la sentencia fue publicada por Diario de la Marina en abril de 1921 bajo el título “El homicidio de Francisco Llés”.

Peñate fue condenado a tres años de prisión correccional, con las accesorias de suspensión de todo cargo y del derecho de sufragio durante el tiempo de la condena. Se dispuso que se le abonara la prisión provisional ya sufrida.

También fue condenado al pago de las costas procesales y a indemnizar a los herederos de Francisco Llés y Berdalles con la suma de 1.500 pesos.

Por las lesiones causadas a Fernando Llés recibió además una multa de 31 pesos.

La sentencia fue firmada por Ramón Pagés, Mario Montero y Fernando Zayas.

La decisión de la Audiencia resulta importante porque demuestra que Peñate no fue considerado inocente desde el comienzo. El primer tribunal entendió que existía una situación defensiva, pero que esta no reunía todos los requisitos necesarios para justificar completamente el homicidio.

En otras palabras, la Audiencia consideró que Peñate había tenido motivos para defenderse, aunque no hasta el punto de quedar exento de responsabilidad penal.

La casación y la absolución

La condena fue recurrida y el caso llegó al Tribunal Supremo.

El 8 de junio de 1922, el alto tribunal dictó la sentencia número 307. El asunto fue leído en audiencia pública el 17 de junio de ese mismo año.

El Tribunal Supremo examinó especialmente tres cuestiones: la existencia de una agresión ilegítima, la necesidad racional del medio empleado y la falta de provocación suficiente por parte de Peñate.

Según su interpretación, las palabras “Adiós, correligionarios” y “¿quiénes son esos?” no constituían una provocación capaz de justificar que los hermanos entraran de manera violenta en el establecimiento.

El tribunal consideró probado que Peñate retrocedió hacia el interior de la mueblería, que los hermanos avanzaron en su busca y que Francisco continuó persiguiéndolo incluso después del primer disparo.

También valoró que los Llés eran dos, que actuaban juntos y que Peñate tenía cincuenta y cuatro años. Aunque la sentencia reconocía que este era un hombre alto y de fuerte constitución, entendió que la superioridad numérica y la determinación de los hermanos podían hacerle temer por su integridad.

El Supremo concluyó que concurrían todos los requisitos de la legítima defensa completa.

En consecuencia, anuló la condena de la Audiencia y absolvió a Juan Peñate y Muñoz de los delitos de homicidio y lesiones, así como de la falta de daños que también había sido objeto de acusación.

La absolución definitiva no borró la primera sentencia, sino que reflejó una valoración jurídica diferente de los mismos hechos. Para la Audiencia, la defensa había sido incompleta y no eliminaba la responsabilidad por la muerte. Para el Tribunal Supremo, la conducta de Peñate estaba plenamente justificada.

La historia judicial del caso debe, por tanto, contarse en sus dos etapas: primero hubo una condena por homicidio; después, una absolución por legítima defensa.

Francisco más allá del expediente

Durante el proceso, Francisco Llés quedó identificado mediante las palabras utilizadas habitualmente en la documentación penal: occiso, víctima, fallecido o hermano del concejal.

Detrás de aquellas palabras latía una vida y esta no puede reducirse al lugar que ocupó en una causa judicial.

Francisco había sido maestro rural y nocturno. Recorrió los campos para enseñar a niños que vivían lejos de las escuelas y consiguió atraer a trabajadores adultos hacia un aula que anteriormente había carecido de alumnos.

Durante la epidemia de influenza de 1918 llevó alimentos, medicinas y consuelo a familias enfermas. Su hermano lo recordó como un hombre movido por una profunda compasión hacia los humildes.

Fue también periodista, escritor y poeta. Publicó tres libros junto con Fernando, colaboró en importantes revistas cubanas y dejó inconclusos nuevos proyectos literarios.

Su muerte, ocurrida a los treinta y dos años, interrumpió una obra que todavía estaba desarrollándose.

Las revistas de la época lamentaron la pérdida. Social lo recordó como un escritor modesto y notable. El Fígaro destacó la delicadeza de su inspiración y las expectativas que su poesía había despertado.

El 1.º de enero de 1921, Francisco desandó las calles de Matanzas para acompañar a su hermano.

Su último recorrido terminó dentro de una mueblería situada en América y Tello Lamar, actual esquina de América y Río. Aquel edificio no debe ser solamente el escenario de su muerte. También puede convertirse en el punto desde el cual recuperar su memoria.

En aquel nombre registrado en el expediente permanece el maestro que llevó la enseñanza a los campos, el hombre que asistió a los enfermos, el hermano unido a Fernando por la literatura y el poeta que escribió sobre los caminos, el cansancio, la vida y la imposibilidad de detenerse.

Más de un siglo después, la historia de Francisco Llés continúa dividida entre su poesía y la violencia, entre los recuerdos familiares y una sentencia judicial. Reconstruirla permite devolverle aquello que el expediente no podía conservar por sí solo: la dimensión completa de una vida.

A. Martínez. 13 de julio de 2026.

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