• Saltar a la navegación principal
  • Saltar al contenido principal
  • Saltar a la barra lateral principal
  • Saltar al pie de página
  • PORTADA
  • CONTACTO

CubaMemorias

Archivo histórico digital sobre Cuba

  • Pinar del Río
    • Mariel
    • Pinar del Río
  • Habana
    • Aguacate
    • Batabanó
    • Bauta (Hoyo Colorado)
    • Caimito
    • Guanabacoa
    • Güines
    • Jaruco
    • Madruga
    • Nueva Paz
    • San Nicolás
    • Santa Cruz del Norte
  • Matanzas
    • Alacranes – Alfonso XII
    • Agramonte – Cuevitas
    • Arcos de Canasí
    • Bolondrón
    • Cárdenas
    • Carlos Rojas – Cimarrones
    • Coliseo
    • Colón – Nueva Bermeja
    • Jagüey Grande
    • Jovellanos – Bemba
    • Juan Gualberto Gómez – Sabanilla
    • Limonar – Guamacaro
    • Los Arabos – Macagua
    • Manguito – Palmillas
    • Martí – Hato Nuevo
    • Máximo Gómez – Recreo
    • Pedro Betancourt
    • Perico – Cervantes
    • San José de los Ramos – Cunagua
    • San Miguel de los Baños
    • Santa Ana de Cidra
    • Unión de Reyes
    • Varadero
  • Las Villas
    • Caibarién
    • Cienfuegos
    • Cruces
    • Ranchuelo
    • Remedios
    • Sagua la Grande
    • Sancti Spíritus
    • Santa Clara – Villa Clara
    • Trinidad
  • Camagüey
    • Nuevitas
  • Oriente
    • Baracoa
    • Campechuela
    • Holguín
    • Manzanillo

La niña Cecilia y el misterio de los “brujos caníbales”

01/06/2024 Por Almar Deja un comentario

Panteón de la niña Cecilia Dalcourt en el cementerio de San Carlos, Matanzas.
Panteón de la niña Cecilia Dalcourt en el cementerio de San Carlos, Matanzas.

La Niña Cecilia y el misterio de los Brujos Caníbales de Matanzas. Sucedió en Cuba el siglo pasado un terrible acontecimiento que desde 1919 aún sigue envuelto en el misterio. En la ciudad de Matanzas involucró una niña llamada Cecilia y un grupo de personas acusadas de haberla sacrificado en un ritual de brujería.

En el mundo de aquellos días acababa de finalizar la Primera Guerra Mundial y en la Isla donde era presidente Mario García Menocal eran perseguidas las religiones afrocubanas. La prensa se encargaba de publicar cualquier hecho relativo a estos temas y así se creó un estado de crispación nacional en el que cualquiera podía convertirse en brujo por una simple sospecha.

Ya existían casos presentados por la prensa y las autoridades como crímenes rituales o ejemplos de “canibalismo curandero”, entre ellos el de la niña Zoila1, ocurrido en 1904. A ese clima de temor y sospecha contribuyeron también obras como Hampa afro-cubana. Los negros brujos (Apuntes para un estudio de etnología criminal)2, publicada por Fernando Ortiz en 1906, y La policía y sus misterios en Cuba, de Rafael Roche y Monteagudo, aparecida en 1908 y en la cual se dedicaba amplio espacio a la llamada “brujería”.

El caso de estafa para que el embrujado Mamerto Ramos regresase a su madre era conocido, se vendía promocionándose con: “Los brujos asustan a las familias y nosotros a los colegas, vendiendo vajillas” y hasta estrenaban en el Teatro Alhambra3 el sainete “Brujos y Santeros”.

El recuerdo del llamado “martirio de la niña Justina”, divulgado por la prensa desde 1918, permanecía aún fresco. En aquel clima de temor y prejuicio, los practicantes de religiones afrocubanas podían ser señalados de antemano como sospechosos ante un crimen o una desaparición. En ese contexto comenzó el caso el 22 de junio de 1919, fecha en que desapareció la niña Cecilia Dalcourt. Faltaban dos días para la festividad de san Juan Bautista, celebrada el 24 de junio.

La familia Dalcourt vivía en la calle de Contreras 132, esquina a Dos de Mayo. Al atardecer del domingo el padre Casimiro Dalcourt, un sencillo zapatero, llevaba a la menor Inés Heredia de regreso a su casa sita en Daoiz entre Compostela y América después de haber pasado el día en compañía de sus hijas. Era el veintidós de junio el día de San Paulino y el santo del padre de Inés así que Casimiro tuvo que quedarse allí, hasta las diez de la noche.

Su esposa, ido aquel, fue con los niños a casa de su madre, lugar que estaba en el número 47 de la calle del Río, cerca de la esquina de Ayuntamiento. Allí llegó Casimiro después de las diez de la noche y despertando a los pequeños salió acompañado de dos. Uno de ellos era Sixa, mote cariñoso con el que designaban a la niña Cecilia. Ya en la calle entabló una vecina conversación con él y Sixa cansada se recostó a un balconcillo, después desapareció para siempre.

Guillermina la esposa y madre, confirmó que Cecilia no había regresado a casa de la abuela. El garajista de al lado la vió pasar y también otra vecina. Llegado a la esquina de Río y Ayuntamiento oyó un grito ahogado en la distancia y la llamó. Corrieron  Casimiro y el dependiente del garaje por la pequeña pendiente que baja hasta el río San Juan y la actual calle de Narváez que es donde termina la de Ayuntamiento.

Otros se unieron y la buscaron por la calle del Medio, la Plaza de Armas, la de la Vigía. Sin embargo, la búsqueda fue en vano. Cecilia había desaparecido.

Al día siguiente se avisó a ejército y policía desatándose una cacería de brujos y morenos. La creencia popular y parecer de las autoridades apuntaban a que Cecilia había sido raptada con el fin de sacrificarla a un orisha africano. Bien arraigada estaba la idea de que los restos humanos eran utilizados para la confección de filtros y mejunjes de hechicería así como que la ingestión de ciertas partes garantizaba salud y hasta curaba la esterilidad.

Desde el lunes veintitrés de junio la policía y el ejército desplegaron sus fuerzas y llevaron a cabo una serie de registros y encarcelamientos de cualquiera que estuviera involucrado con creencias africanas. Los primeros detenidos fueron por un comentario, Ricardo Villegas limpiabotas en los portales del Ayuntamiento y su amigo Benito empleado de esa misma institución y conocido por Chacho. Ricardo Villegas unos días después aparecerá supuestamente suicidado en el castillo de San Severino.

A raíz de una denuncia, también fueron detenidos José Claro Reyes, señalado como autor principal; su madre, Facunda Reyes; María de la Cruz Rodríguez, conocida como “la Conga”; un vecino llamado Marcos Rodríguez Cárdenas, alias “Pasa Majá”; Francisco Pereira, alias “Parra”, y Luis Gálvez, quien fue capturado en el tren que lo conducía desde Bolondrón hasta Matanzas.

Octavio Antolín Reyes, sobrino de José Claro, declaró haber presenciado lo que fue presentado como un asesinato ritual. Como era menor de edad, su testimonio debe examinarse con cautela, atendiendo tanto a su edad como a las circunstancias en que fue obtenido.

Debieron de ser días de terror en la ciudad pues cualquiera por el color de su piel se convertía en sospechoso de ser brujo y ladrón de niños. En el caserío de Bellamar dijeron que uno de ellos intentó llevarse al menor José Domínguez y al ser descubierto huyó. Más tarde fue detenido un sospechoso que tuvo la mala suerte de pasar por aquel lugar y apedreado por una turba enardecida casi muere.

En una calle de Versalles reportó un periodista que otro moreno intentó raptar una niña y que disparando su revólver al aire la madre impidió que se la llevara. Uno que limpiaba cubiertos en el Hotel Sevilla dijo que el hijo del dueño del hotel había sido designado por los brujos para ser sacrificado. Un clima de alteración pública se había apoderado de las calles y pocas pruebas hacían falta para convertir a cualquiera en criminal.

Mientras tanto, en el Castillo de San Severino, el chino Goyo, quien había denunciado a José Claro, afirmó que este había matado a la niña y que lo había obligado a participar, junto con los demás, en el consumo de su cuerpo. José Claro negó inicialmente las acusaciones y se declaró inocente, aunque su sobrino Octavio testificó en su contra.

Después circuló la versión de que José Claro había confesado el crimen, mediante un relato lleno de contradicciones que nunca quedó formalizado ante el juzgado. De lo sucedido en aquella celda solo quedaron como testigos los muros del castillo.

Las autoridades consideraban que ya disponían de sospechosos y de una confesión, pero todavía faltaba localizar el cadáver. José Claro, principal acusado y señalado en algunas informaciones como sepulturero del cementerio de San Carlos de Matanzas, indicó una zona del camposanto conocida como el Coro de los Ángeles. Según informó Diario de la Marina, el sepulturero encargado se negó a excavar y fue necesario buscar a otro. El capitán Tomás Curtis, responsable de la investigación, señaló después un segundo emplazamiento, pues en el primero no se encontró el féretro buscado.

El cuerpo irreconocible que estaba en avanzado estado de descomposición fue identificado por el padre basándose en la cicatriz de un grano que tenía la niña en el glúteo izquierdo. Basta imaginar el terrible momento que vivió aquel padre ante la vista del cadáver de quien le decían era de su hija. Ni la ropa ni los zapatos con los que desapareció correspondían a los hallados.

Llovía sobre la ciudad aquel 29 de junio de 1919, una semana exactamente había transcurrido desde la desaparición de la niña Cecilia y ese domingo habían desenterrado el féretro en la necrópolis. Había oscurecido y con velas encendidas una gran multitud recorría las calles exigiendo que se les entregasen los brujos presos.4

Querían hacer justicia por su mano y se dirigieron al Castillo de San Severino que está al fondo del Paseo de Martí en el barrio de Versalles. Extraña coincidencia que el día veintinueve de junio sea el santo de San Pedro y San Pablo. San Pedro5 en las creencias africanas sincretiza en Ogún6 el patrón de los metales y, para algunos santeros es el símbolo de la tragedia y como responsable de las matanzas se le asocia con actos violentos y derramamientos de sangre.

Sangre hubo aquella noche cuando se encontraron los restos en el cementerio y se organizó la manifestación que trató de asaltar la fortaleza de San Severino para apoderarse de los acusados. En la primera glorieta un oficial y ocho soldados intentaron contenerlos sin éxito continuando el populacho hasta las puertas mismas del castillo donde fueron recibidos a tiros.

Hubo varios heridos y resultaron muertos dos jóvenes nombrados José Guerra y Armando Arbelo. También murieron cinco de los presos quienes al ser sacados de sus celdas para ser llevados a un lugar seguro intentaron fugarse al oír los tiros contra la multitud y el ejército los baleó. Eso dijo la versión oficial.

De los militares que participaron en aquellos sucesos el oficial investigador del ejército capitán Tomás Curtis Valdés fué misteriosamente y por decreto presidencial retirado del servicio activo en septiembre de ese mismo año. El coronel Emiliano Amiel y Ginori Jefe del Cuarto Distrito Militar de Matanzas vivió por muchos años recibiendo numerosas condecoraciones7.

Algunos creyeron que fueron los brujos los culpables del sacrificio ritual y justicia fue impartida con lo que sucedió, otros que el verdadero padre de la niña, un español arrendador de la casa en que vivían y propietario de la bodega de enfrente, habría simulado la desaparición en complicidad con la familia y la niña Cecilia vivía en España8.

Rumores se propalaron sobre la implicación del alcalde liberal de Matanzas, doctor Armando Carnot. Supuestamente era simpatizante de los brujos y estos habrían salvado la vida de su hermana sacrificando la niña. Y he aquí una muestra de que el oportunismo económico o político parece con toda probabilidad servirse de cualquier suceso sin importar las consecuencias.

El alcalde Carnot siendo miembro de la Junta de Defensa había impedido en 1918 el aumento de los precios de la harina en Matanzas9, mientras el saco se vendía en la Habana a 40 pesos en Matanzas se cotizaba a 17 pesos y así ocurrió con la manteca y otros productos. Su repostulación en el cargo de alcalde no era del agrado de sus adversarios políticos ni tampoco de los muchos comerciantes que no pudieron enriquecerse.

Aunque el tiempo fue calmando aquellos incidentes y quedaron de culpables el suicidado y los cinco morenos muertos en el castillo de San Severino, baleados los dos jóvenes que junto a la muchedumbre marcharon hacia la fortaleza y víctima una niña enterrada que no correspondía a la desaparecida Cecilia, todavía persiste el misterio y existen los lugares que fueron teatro de aquella extraña desaparición.

Con el fin de esclarecer aquellos sucesos se decidió a mediados de la década de 1990 abrir el sepulcro en el cementerio de San Carlos, Matanzas.10 La sorpresa no sería mayor cuando al retirarse la losa de la bóveda se encontraron dos raíles de línea de ferrocarril, los que atravesados sobre una plancha de hierro impedían el acceso al sepulcro y debajo y, de manera inusual cubiertos de tierra estaban tres ataúdes.

El primero contenía el esqueleto de un infante de no más de nueve meses al fallecer, lo que no correspondía con la edad de tres años de Cecilia. Los otros dos eran los de José Guerra de veintiún años y Armando Arbelo de veintitrés11, muertos al marchar con el grupo que quiso entrar a la fortaleza para ajusticiar a los supuestos brujos. Los tres aparecen en el registro de inhumaciones enterrados el primero de julio 1919.

Tantas precauciones para impedir el acceso al interior de la bóveda podría explicarse por el simple hecho de que la construcción fue posterior al entierro pues se hizo por cuestación popular y por encima de los restos, lo que explicaría que aparecieran los féretros recubiertos de tierra y protegidos contra toda tentativa de profanación. Sería admisible también pensar que se hizo para encubrir o dificultar una investigación posterior.

La exploración realizada en la década de 1990 no encontró en la bóveda restos atribuibles a una niña de tres años, sino los de un infante mucho menor. El hallazgo profundizó las dudas sobre la identificación efectuada en 1919, aunque por sí solo no permite establecer qué ocurrió con el cadáver exhumado entonces ni si sus restos fueron trasladados posteriormente.

El misterio, por tanto, continúa sin esclarecerse. Las personas que murieron durante aquellos acontecimientos fueron víctimas de una sucesión de acusaciones sin pruebas concluyentes, de la violencia ejercida por las autoridades y del intento de una multitud de tomarse la justicia por su mano.

Una parte de la responsabilidad por el clima de agitación correspondió también a ciertos periodistas que, en busca de primicias, llenaron las páginas de los periódicos con relatos de raptos, persecuciones y supuestos crímenes rituales, señalando culpables sin pruebas suficientes. Así llegó hasta el castillo, en busca de venganza, una muchedumbre enardecida por discursos irresponsables, cuando lo único que se sabía con certeza era que una niña había desaparecido.

Transcurridos más de cien años, el caso continúa sin respuesta y Cecilia permanece ausente. De tiempo en tiempo se vuelve a hablar12 de aquellos dolorosos días y se recorren los lugares que aún permanecen en pie: el número 47 de la calle Tello Lamar —antigua calle Río—, el Castillo de San Severino y, en el cementerio de San Carlos, la bóveda construida por deseo popular.

También permanece la lección dejada por tanto dolor: antes de juzgar y condenar deben primar la prudencia, el rigor, la imparcialidad y el respeto por las pruebas, para evitar males mayores. Entre tanta tristeza, Cecilia sobrevivió en el recuerdo y en el corazón de los matanceros, quienes, al contemplar el río San Juan, esperan que algún día pueda esclarecerse el misterio de su desaparición. Repose en paz el alma de la niña ausente.

Alfredo Martínez — 1 de junio de 2024


Cómo citar este artículo: Martínez, Alfredo. “La niña Cecilia y el misterio de los ‘brujos caníbales’”. CubaMemorias.com, 1 de junio de 2024.

Bibliografía y notas

  1. “El Atentado de la niña Zoila”. Diario de la Marina. Año LXV, núm. 292, 9 diciembre 1904, p. 2. ↩︎
  2. Ortiz, Fernando. Hampa Afro-cubana. Los Negros Brujos. Madrid, Librería de Fernando Fé, 1906. ↩︎
  3. “Espectáculos”. Diario de La Marina. Año LXXXVI, núm. 274, 1 de octubre 1918, p. 6. ↩︎
  4. González, Santiago. “La Brujería en Matanzas”. Diario de la Marina. Año LXXXVII, núm. 181, 30 de junio 1919, p. 11. ↩︎
  5. Cabrera, Lydia. “Cómo se prepara un Zarabanda”. El Monte. Editorial Letras Cubanas, 1993, p. 134. ↩︎
  6. González Wippler, Migene. La Santería. La Religión. “Oggún”. Llewellyn Español, 1999, pp. 41-44. ↩︎
  7. Ubieta, Enrique. “Biografía del Coronel Emiliano Amiel Jefe del Distrito Militar de la Prov. de Matanzas”. Efemérides de la Revolución Cubana. Tomo IV, 1920, pp. 500-503. ↩︎
  8. Chávez Álvarez, Ernesto. El Crimen de la niña Cecilia. La brujería en Cuba como fenómeno social (1902-1925). Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1991, pp. 18-20. ↩︎
  9. Dollero, Adolfo. Cultura Cubana. La Provincia de Matanzas y su Evolución. Habana: Imp. Seoane y Fernández, 1919, p. 279. ↩︎
  10. Vento Canosa, Ercilio. “Consideraciones sobre el caso de la niña Cecilia”. Revista de Espeleología y Arqueología. Año 1, núm. 1, Diciembre 1997, pp. 19-25. ↩︎
  11. Aunque la inscripción sobre la bóveda del cementerio señala que José Guerra contaba veintitrés años al fallecer y Armando Arbelo veinticinco, aparecen en el registro de entierros José Guerra y Molina con veintiún años y Armando Arbelo y Romero veintitrés. ↩︎
  12. Luis Marimón & Eduardo Lolo. “Las siete muertes de la niña Cecilia”. Inédito. ↩︎
  • Desaparición de la niña Cecilia Dalcourt desde la prensa.
  • Historias y leyendas de Cuba

Publicado en: Matanzas Etiquetado como: Alfredo Martínez, Matanzas: Personalidades

Interacciones con los lectores

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Barra lateral principal

Buscar en el sitio:

Categorías

Donar

Recrear la historia y los hombres no es tarea fácil... si le gustó mi trabajo puede hacer una donación, grande o pequeña servirá para crear contenido! Gracias!

Censos de la Isla de Cuba desde la Colonia hasta el siglo XXI

Inspectores del Censo de Cuba en 1899. Agustín H. Agüero, Manuel Rasco, Sabás Meneses, Claudio Dumas, Juan Bautista Jiménez y Pedro Pequeño.

División política y administrativa de la Isla de Cuba

Mapa de la Isla de Cuba y tierras circunvecinas según las divisiones de los naturales. José María de la Torre y de la Torre, Habana 1841. B.N.F

Presidentes de la Isla de Cuba

Vista del Palacio de Gobierno de los Capitanes Generales y de los Presidentes de Cuba en la Habana.

Comentarios recientes

  • Lourdes en Alacranes (Alfonso XII) en la provincia de Matanzas
  • Grethel en Listado de Archivos Parroquiales de la provincia de Matanzas
  • Almar en Miguel Mariano Gómez y su gobierno en 1936

Footer

Recursos

Política de Privacidad.

Enlaces

Negocios Habana Negocios Las Villas Negocios Matanzas Negocios Oriente

Interesantes

Historias y Leyendas Escritores y Poetas

Seguir

Facebook Youtube

Copyright © 2026 · Cubamemorias.com