
El impulso y creciente desarrollo observado hacia 1925 en nuestras pequeñas industrias fue una promesa halagadora; un estímulo de potencia que nos habría de conducir por seguros derroteros para acometer empresas de mayor importancia, un motivo para que en el futuro quedaran consolidadas las energías invertidas en grandes manufacturas e importantes planteles donde el incesante trabajo del hombre en consorcio con el continuo auxilio de las máquinas rinda el máximo de producción.
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